221pipas, la monografía

Holmes y el champagne, sólo en la pantalla

En su trabajo Drinking in Victorian and Edwardian Britain: beyond the spectre of the drunkhard, la historiadora británica Thora Hands asegura lo siguiente: "a los victorianos les gustaba beber y vivían en una sociedad orientada al consumo de alcohol (...) La bebida continuaba desde el amanecer hasta altas horas de la madrugada". Y así era, en efecto, según se puede confirmar a través de un somero análisis documental. Las evidencias son muchas y aparecen en innumerables testimonios, registros oficiales y literatura de la época. Al igual que fumar, el acto de beber atravesaba todas las realidades humanas imaginables: lo hacían tanto ricos como pobres, sociables o solitarios, jóvenes o viejos, sanos o enfermos. Cualquier diferencia cultural o económica se ponía de manifiesto a través del origen o la calidad de las bebidas, pero no en el ferviente y horizontal entusiasmo por el alcohol. Desde ya que lo dicho no ocurría sólo en el Reino Unido sino también -con distintos matices- en el resto del mundo occidental. Por aquellos tiempos, el trago estaba estrechamente vinculado al contacto social y servía además como "remedio casero" a falta aún de medicamentos confiables y efectivos.

Dicha realidad se encuentra muy bien plasmada en el canon holmesiano, ya que las 60 historias escritas por Doyle rebosan de citas sobre consumos bebestibles. Hay referencias que incluyen productos típicos de Inglaterra (gin, cerveza), espirituosas (brandy, whisky, ron, licores) y vinos de los más variados estilos. En este último caso se alude frecuentemente a tipos franceses definidos como clarete (tinto genérico de Burdeos), Beaune y Montrachet (tinto y blanco de Borgoña), junto con otros especímenes europeos del estilo Chianti (Italia),Tokay (Hungría), Jerez (España) y Oporto (Portugal). Semejante diversidad no hace más que reflejar el vasto mercado británico de ultramar basado en la dinámica política comercial, el poderío marítimo y los extensos dominios coloniales generados durante los sglos XVIII y XIX, que convirtieron a Londres en el centro mercantil del planeta. Sin embargo, al leer los textos canónicos completos brilla por su ausencia un célebre ejemplar que estaba en pleno auge hacia las postrimerías decimonónicas. Muy llamativamente, no hay mención alguna del Champagne, la bebida por excelencia de las clases acomodadas y quizás el ícono principal de la Belle Époque.

¿Debemos concluir entonces que Holmes y Watson no tomaban champagne? Esa parece ser la deducción lógica si nos ajustamos a los textos primarios, pero como sabemos la saga sherlockiana abarca tres siglos y todo tipo de soportes. Tal cual lo sucedido con tantas historias de la literatura universal, la llegada del cine y la televisión obró verdaderos milagros argumentales que modificaron imágenes, hábitos y personalidades de los personajes, situándolos incluso en lugares y épocas ajenos a sus entornos. Si queremos ver a nuestro héroe, su compañero y demás caracteres haciéndole los honores al vino espumoso más afamado del mundo sólo es necesario recurrir a las pantallas (grande y chica). Van dos casos emblemáticos cuyas imágenes plasmamos arriba y debajo de este párrafo: en el excelente serial de los años ochenta protagonizado por Jeremy Brett hay varias escenas que involucran burbujas, incluyendo no sólo al detective y el doctor sino también a la mismísima Sra. Hudson. Por su parte, en el filme Sherlock Holmes and the Silk Stocking (2004) vemos a los héroes junto con Mary Morstan cenando en el elegante restaurante Holborn y brindando con sendas copas de champagne.

Aunque existen muchos otros segmentos remarcables, lo visto es suficiente para entender que un personaje tan exitoso va mucho más allá del costumbrismo temporal. Hay un Holmes original que todos los entusiastas adoramos (el de Doyle), si bien su versatilidad histórica es tanta como su grandeza literaria. Ayer pudo tomar brandy, hoy champagne y mañana quizás algún líquido vegano, pero en su esencia estará siempre el mismo espíritu inquieto, observador y sagaz.

Cocinando con Stanley: mi chutney favorito (degustación)

En el mundo de los aficionados a Sherlock Holmes, la palabra canon engloba exclusivamente al selecto grupo de 60 historias originales (4 novelas y 56 relatos) escritas por Arthur Conan Doyle. Todo lo que vino después en materia de literatura, teatro, radio, cine, televisión, historietas y video juegos puede ser más o menos fiel a esa base canónica, pero no es parte de ella. Para quien ha leído el canon completo no resulta complicado establecer el grado de fidelidad de cualquier derivación posterior inspirada en el detective, independientemente de los debates lógicos que conlleva entre los fanáticos. Tal cual señalamos en la entrada anterior, el filme Sherlock Holmes, Juego de Sombras (2011) presenta alguna semejanza con el relato El problema final sin ser fiel -ni mucho menos- en los detalles. No obstante hay unas contadas analogías entre la película y la trama primigenia, sobre todo el enfrentamiento final de Holmes y Moriarty en las cataratas de Reichembach. Por supuesto, el cine lo recreó en una versión muy libre que incluye elementos como una cumbre de paz europea, un gran baile y un partido de ajedrez que jamás existieron en el papel, lo cual no deja de ser algo lógico: las artes modernas buscan el entretenimiento visual y no otra cosa.

Una escena previa a los sucesos finales muestra la rutina del desayuno en cierto aposento ubicado entre las montañas de Suiza. Allí se encuentra todo el séquito del protagonista compuesto por el infaltable Watson, la líder gitana Simza y Mycroft Holmes, asistido a su vez por su secretario privado Carruthers y el fiel sirviente Stanley, que es otra vez quien nos interesa en esta entrada. Pongamos el acento en un cuadro específico: Holmes le habla al viejo criado (que no escucha porque está sordo) y dice lo siguiente mientras huele el contenido de cierto recipiente: ¿es éste mi chutney favorito? A diferencia de la entrada anterior, donde nos sorprendía la ingesta de riñones por la mañana, esta segunda referencia no tiene nada de curiosa. El chutney es una de las tantas influencias culinarias de la India colonial en la gastronomía británica y constituye uno de los aderezos más antiguos y populares. Consiste básicamente en la reducción azucarada de frutas condimentada con picantes y especias. Las variantes son casi infinitas: existen chutneys de manzana, pera, durazno, frutilla, mango, uva, tomate y un largo etcétera.

Para remedar esta perlita cinematográfica sherlockiana preparé el prototipo de manzana en base a un puñado de ingredientes bien simples: dos manzanas (verdes o rojas, no hay problema), una cebolla, gajo de naranja, gajo de limón, 150 cc de vinagre de manzana, sal, azúcar (1/2 taza), pimienta y pizca de ají molido. Primero se blanquea brevemente la cebolla picada en sartén con manteca, tras lo cual se agrega la manzana cortada en trozos ungidos previamente con el jugo de limón para que no se oxiden. Inmediatamente se incorporan el azúcar y el vinagre, se añade pizca de sal, el jugo de naranja y las especias en cantidad a gusto según el picor deseado. La cocción a fuego medio dura alrededor de veinte minutos, pero la idea es que los líquidos se vayan reduciendo hasta formar una especie de mermelada de color dorado oscuro. El chutney terminado se puede conservar en frasco o consumir inmediatemente, como lo hice yo acompañando una presa de pollo y un pedazo de queso brie brevemente grillado sobre el mismo fondo que quedaba en la sartén. Una ensalada de tomate y cebolla aportó frescor a esta comida típicamente inglesa, aunque fue para la noche y no como desayuno.

Puede decirse que la escena de marras -si bien no canónica- tiene una sólida base en las costumbres de la Inglaterra victoriana. Y aún hoy es un aderezo agridulce muy utilizado en todo el mundo por su económica sencillez. Bravo entonces por el veterano y leal Stanley.

Cocinando con Stanley: el riñón endiablado (degustación)

Sherlock Holmes, Juego de Sombras es una película de 2011 protagonizada por Robert Downey Jr y Jude Law. Al igual que la antecesora Sherlock Holmes (2009) fue encarada con vistas a un resonante éxito comercial, lo cual sin dudas logró: su costo y su recaudación fueron de 125 y 544 millones de dólares respectivamente. Pero entre ambas producciones existe un rasgo diferenciador que cualquier aficionado sherlockiano entenderá: mientras la primera no tiene relación alguna con los relatos del canon, la segunda presenta cierta familiaridad con El problema final, la célebre historia publicada en 1893 donde acontece una imprecisa “muerte” de Sherlock Holmes. Aunque distante, esa semejanza también se detecta en varios escenarios y personajes que efectivamente fueron plasmados por Arthur Conan Doyle: las cataratas suizas de Reichenbach, el coronel Moran, el pérfido profesor Moriarty y el estrambótico Mycroft Holmes, hermano del detective. Se produce así una extraña pero efectiva mixtura argumental entre situaciones canónicas ortodoxas y pormenores creados específicamente para el cine que acaban conformando un trabajo muy profesional, bien pensado e impecablemente filmado. En otras palabras, el resultado no está nada mal.

Durante una de las muchas peripecias que nos depara la trama podemos observar a Mary Morstan, la flamante esposa del doctor Watson, viviendo temporalmente en la casona -más bien un castillo- de Mycroft Holmes. No se debe pensar mal: las circunstancias del caso ponen en peligro su vida y dicho retiro resulta imprescindible a modo de protección mientras su esposo y el detective viajan al continente. Así, luego de lo que parece ser una primera noche en su alojamiento provisorio, la señora Morstan es invitada a desayunar por Mycroft con la siguiente sugerencia gastronómica: Stanley prepara un delicioso riñón endiablado (devilled kidney en inglés). Aclarando ante todo que en la misma escena aparece vagamente el susodicho sirviente viejo y tembloroso, las preguntas que nos surgen aquí se dirigen hacia esa vianda tan singular. ¿Es posible que los ingleses victorianos desayunaran riñones? ¿Y qué es concretamente el riñon endiablado? El primer interrogante tiene un sí como respuesta contundente, puesto que los riñones -especialmente de cordero- fueron muy comunes como desayuno durante el siglo XIX, no sólo en Reino Unido sino también en Francia. Para responder el segundo opté por preparar el plato recurriendo a las recetas fácilmente asequibles en la web, porque se trata de un manjar aún vigente, aunque ya no para las mañanas sino más bien para los mediodías y las noches.

Mi versión personal no difiere demasiado del promedio. Comprado el riñon (de vaca en este caso) procedí a limpiarlo según los estándares regulares: hay que quitarle la película que lo recubre, cortarlo primero en rodajas y después en trozos más pequeños (evitando el centro nervioso) que se colocan en un bol y se cubren con agua y generoso chorro de vinagre. Sacados de su baño tras dos horas se los escurre y a partir de allí comienza la receta en sí misma. Primero hay que salarlos y rebozarlos en harina mezclada con una abundante carga de pimenta negra -el término “endiablado” viene del picor que ésta produce-. Luego se los fríe en sartén con manteca derretida por un tiempo no mayor a tres minutos, ya que de lo contrario se vuelven gomosos. Si los trozos fueron cortados como describimos antes, es suficiente para cocinarlos. Retirados del fuego, se prepara en la misma sartén (junto a todo el fondo de cocción que quede) una salsa muy rápida con base de mostaza, chorro de jerez dulce y toque de aceto balsámico. Tras pocos segundos para ligar los ingredientes ya podemos servir los riñones; se añade la salsa, se espolvorea todo con perejil y se vuelca un hilo de aceite de oliva por encima. Muchos proponen servir los riñones sobre tostadas, pero personalmente preferí colocarlas a un costado para poder saborear a pleno el arcaico manjar.

Debo decir que me gustó mucho: su textura es delicada y su sabor suave, bien contrapuesto a la “mala fama” que pesa sobre los riñones, si bien eso suele estar vinculado con un lavado defectuoso o directamente inexistente. Por lo demás, me alegro de haber disfrutado semejante vianda típica de las mesas matinales victorianas, aquellas mismas que aún hoy dan lugar a momentos holmesianos de la pantalla grande.

Las pipas de Rathbone y Bruce

Basil Rathbone y Nigel Bruce fueron dos actores británicos encargados de representar a Sherlock Holmes y John Watson durante una serie de catorce películas para cine, e hicieron lo propio en las audiciones tituladas The new Adventures of Sherlock Holmes para la radio estadounidense NBC Network. No obstante numerosas iniciativas preexistentes desde los años veinte, dicha saga (extendida desde 1939 hasta 1946) se considera el primer éxito internacional holmesiano verdaderamente masivo, cuyo suceso perduró por varias décadas mediante la emisión de los filmes en TV. Frente a un mundo de posguerra que se inclinaba de modo lento pero inexorable hacia los medios visuales en detrimento de la palabra escrita, las películas de Rathbone y Bruce tuvieron un carácter sherlockiano iniciático para varias generaciones. Como ocurre con muchas joyas cinematográficas y radiales, en las décadas siguientes las cintas sufrieron todos los vaivenes y descuidos que llevan al deterioro, pero finalmente lograron ser restauradas gracias a la Warner Bros y el aporte de un fan multimillonario. (1) (2)

Rathbone respondía muy bien a las descripciones físicas apuntadas por Conan Doyle en el canon escrito, del mismo modo que ocurrió posteriormente con otras figuras como Jeremy Brett o Peter Cushing. Bruce, en cambio, resultaba bastante pasado en años y kilos, aunque su papel invariablemente distraído, torpe y bonachón (muy alejado del Watson original) supo ganar el cariño de millones de seguidores. Los argumentos también diferían de la ortodoxia canónica, que fue mayormente respetada en las primeras entregas El sabueso de los Baskerville y Las aventuras de Sherlock Holmes. A partir de entonces, tras profundos cambios en la realización -con menos presupuesto, entre otras cosas- las tramas se alejaron por completo del período victoriano para situarse en la década de 1940. Podemos ver así a Holmes desbaratando planes nazis durante la Segunda Guerra Mundial o conduciendo modernos automóviles, si bien el espíritu esencial del personaje basado en la observación, el análisis y la deducción no se alteró jamás. Seguramente por eso, a pesar de sus evidentes discrepancias cronológicas, la saga goza hoy de un sólido respeto entre los aficionados.



Como en toda representación de nuestro héroe que se precie, las pipas abundan a lo largo de los catorce filmes. Un dato interesante es que ambos protagonistas eran fumadores regulares en la vida real; Rathbone lo hacía en pipa sólo ocasionalmente y Bruce todo el tiempo, al punto de existir numerosas fotografías de este último disfrutando su cachimba en circunstancias personales. Dentro del set los diferenciaba cierta particularidad bien notoria: Holmes hacia uso excluyente de pipas curvas con formato inequívoco (tanto que ese  modelo se conoce hoy como pipa Sherlock Holmes Rathbone) mientras Watson era usuario de pipas rectas con leves variaciones de formato. Esto también demuestra que los detalles victorianos no interesaban aquí, ya que en ningún momento se observan especímenes de arcilla o la portentosa cherrywood tan reproducida por otras realizaciones. Como contrapartida, quizás ninguna serie de televisión o saga cinematográfica haya hecho semejante hincapié en la cuestión que nos ocupa, dado que las pipas aparecen profusamente no sólo en la pantalla sino también en cada una de las fotos, afiches y tomas publicitarias efectuadas durante sus tiempos de éxito.

¿Podemos decir entonces que las actuaciones de Rathbone y Bruce poseen sello distintivo e identidad propia? Sin dudas que sí, lo que les ha valido legiones de fanáticos y detractores por igual, pero ni unos ni otros osan omitir la importancia que tuvieron en su época. Y verlas hoy constituye un interesante ejercicio que nos enseña momentos fundamentales del acontecer holmesiano en la cultura popular del siglo XX.

Notas:

(1) Quien no fue otro que Hugh Hefner, el célebre magnate de Playboy.

(2) Todas las películas y programas de radio son accesibles en youtube y diversas plataformas virtuales.

Un licoroso legendario sobre la mesa (degustación)

Gran Bretaña fue crucial para la formación del vino licoroso con mayor celebridad mundial: el Oporto. De hecho (al igual que el Jerez) se lo considera lisa y llanamente un "invento" británico relacionado con la antigua necesidad de fortificar los envíos vinícolas agregándoles alcohol. De ese modo se evitaban la oxidación, el avinagramiento y otros defectos tan comunes al término de los ajetreados periplos navales. Casi sin quererlo, dicho sistema acabó por generar un estilo de tinto poderoso, corpulento y dulce que hizo furor entre las clases acomodadas del Reino Unido. No pasó mucho tiempo para que los negociantes e importadores ingleses afincados en Portugal comenzaran a comprar tierras cultivables sobre los márgenes del río Douro mientras emplazaban bodegas elaboradoras en la ciudad portuaria que da nombre al vino en cuestión, especialmente en un suburbio llamado Vila Nova de Gaia. Esa influencia llegó a ser muy grande (a comienzos del siglo XIX el 60% del negocio estaba en manos de empresas británicas) y aún perdura en marcas con larga tradición como Graham's, Cockburns, Burmester, Sandeman, Taylor's y Offley, por citar algunos ejemplos.

Semejante éxito de consumo durante los tiempos victorianos quedó perfectamente registrado en algunas historias canónicas originales. Por ejemplo, un Oporto resulta servido promediando los aconteceres de La Gloria Scott para matizar cierta reunión entre Holmes, Víctor Trevor y su padre, como así también al momento de la sobremesa integrada por el detective junto a Watson y Athelney Jones en El signo de los cuatro. El afamado elixir lusitano sirve asimismo para avalar un punto muchas veces sugerido pero nunca revelado por completo: sin ser técnicamente un experto (como ocurre con el tabaco), Holmes parece contar con sólidos conocimientos sobre vinos en cuanto a orígenes, tipos y calidades, aportando incluso detalles sobre alguna cosecha en particular. Esa certeza casi se obtiene en El hombre que gateaba, relato que presenta una de las típicas estadías del protagonista y su compañero en pequeños pueblos de campiña, en este caso como huéspedes de la posada The Chequers, en Camford. (1) Holmes -que ya la había vistado- afirma que allí el Oporto suele estar "por encima de la mediocridad", lo que confirma posteriormente probando una botella del famoso vintage

Por supuesto que no podía dejar de volcar aquí los resultados obtenidos al degustar un producto tan típico de Inglaterra en el siglo XIX, a pesar de conocerlo ya bastante bien. El final de un asado con amigos me sirvió para actualizar mis impresiones, esta vez con un Graham's de la categoría Tawny, lo que implica un envejecimiento en roble que otorga suavidad y agradable terminación. Lo bueno del Oporto genuino es que más allá de sus jerarquías y diferencias de precio conserva siempre cierta identidad reconocible, profunda, difícil de olvidar, y creo que eso también trasciende el paso del tiempo. Así, más allá de lo mucho que que ha cambiado la industria del vino en cuanto a modalidades productivas y recursos tecnológicos, me quedó la percepción de haber probado algo con suficiente familiaridad histórica para equipararlo a aquellos especímenes de los tiempos holmesianos. En definitiva, sus virtudes siguen siendo las mismas, sobre todo la capacidad para colmar el paladar con rasgos frutados, alicorados, espirituosos y disfrutables hasta la última copa.

Como conclusión podemos decir que no por nada fue un vino tan apreciado en el entonces núcleo económico y político del mundo. Bondades para ello no le faltan, aún probándolo tanto tiempo después de sus épocas doradas.

Notas:

(1) Camford es, al igual que Oxbridge, una locación imaginaria que surge trastocando las sílabas de las ciudades universitarias Cambridge y Oxford.  Ambas fueron usadas de manera recurrente por varios autores de habla inglesa.

Restaurantes londinenses a la medida de Sherlock Holmes

En sintonía con la condición andariega del trabajo detectivesco, el dúo estelar de la saga que nos ocupa visita de todo tipo de comercios gastronómicos durante el desarrollo de sus historias. Como nación receptora de miles de viajeros, Inglaterra ya contaba entonces con una extensa industria que incluía establecimientos rústicos para el despacho de bebidas (cervecerías, tabernas, tiendas de gin), así como bares, restaurantes y hoteles en un amplio abanico de categorías. Aquellos bares y restaurantes mencionados en el canon holmesiano original se concentran dentro de la ciudad de Londres, donde además de los clásicos hay un par de sitios pertenecientes a la colectividad italiana. Nada para extrañarse: Gran Bretaña -al igual que muchos países del mundo- recibió una gran oleada migratoria desde la península a fines del siglo XIX. En ese orden de cosas, tanto el detective como su compañero parecen tener buen juicio para elegir lugares donde almorzar y cenar si nos atenemos a los vestigios históricos del mundo real, ya que el autor también echó mano frecuente de nombres, marcas y locaciones imaginarias o apócrifas.

El más renombrado y antiguo entre los emprendimientos que nos ocupan es Simspon's, abierto en 1828 como club para caballeros hasta mutar en el restaurante formal de la era victoriana tardía. Muy apreciado por Holmes, está incluido en los casos El detective moribundo y El cliente ilustre. Algunos estudiosos sherlockianos aseguran que a él asistía el mismo Doyle, al igual que figuras literarias de la talla de Charles Dickens o George Bernard Shaw. Luego tenemos el opulento restaurante Holborn, legendario punto del buen comer sito en Kingsway 129 hasta su demolición ocurrida en 1955. Para 1880 un anuncio lo equiparaba con los principales establecimientos parisinos pero al mismo tiempo se distanciaba de ellos, asegurando que allí reinaban "la tranquilidad y el orden esenciales para la costumbre inglesa". Cuenta con sendas menciones en Estudio en Escarlata y en Los tres gabletes, aunque se lo puede apreciar bastante más en el cine y la TV, sobre todo durante la ocasión en que Watson presenta formalmente a su futura esposa Mary Morstan ante el detective. (1) Debajo de este párrafo hay dos imágenes de sendos filmes que explotaron el momento de marras: Sherlock Holmes y el caso de la media de seda (2004) y Sherlock Holmes (2009).

No podemos dejar de mencionar el Criterion Bar, citado por Watson al comienzo de Estudio en Escarlata y todo un clásico de la gran urbe. Desde su apertura en 1873 fue siempre un lugar de reunión para aristócratas y personajes que buscaban mostrarse vinculados con la alta sociedad. Allí se podía beber junto a la barra y sentarse a almorzar o cenar en sus fastuosas mesas. Aún existe, tras muchas administraciones y cambios, con el nombre de Savini Criterion. Pero no todo pertenece a la cultura británica. Bien lejos de lo que podría suponerse, la epopeya detectivesca incluye dos especímenes de la gastronomía italiana. Uno es el resutaurante Marcini, apuntado en la última oración de El sabueso de los Baskerville. Aunque no hay registros de tal establecimiento en el pasado londinense, la denominación pone de manifiesto su ascendencia italiana. El restaurante Goldini, por su parte, también parece haber sido creado por la imaginación de Doyle, pero en este caso el autor hace algunos comentarios que denotan cierto chauvinismo inglés propio de la época: lo llama garish, es decir "llamativo" o "chillón".

Con todo y así las cosas, dos ingleses de pura cepa como Holmes y Watson no dudaron en cenar allí durante la trama de Los Planos del Bruce Partington. ¿Acaso algún humano puede despreciar un plato de apetitosa pasta?

Notas:

(1) Pura invención de la pantalla. Aunque el enlace matrimonial de Watson y Morstan fue efectivamente pensado y escrito por Doyle, dicha cena de presentación ante Holmes no existe en el canon literario.

Arcadia, el tabaco ficticio y a la vez real del doctor Watson (degustación)

La historia El jorobado presenta algunos párrafos alusivos a la nueva vida conyugal de Watson, alejado temporalmente de Baker Street. Allí se lo describe disfrutando su pipa nocturna cuando recibe la inesperada visita del viejo compañero de aventuras. Éste no necesita demasiadas pistas para deducir con exactitud qué fuma su anfitrión: por cierta ceniza “esponjosa” advierte la presencia del tabaco Arcadia. (1) Lo bueno de la cita es que el producto tuvo existencia real bajo otro nombre y su inclusión en la literatura de Doyle cuenta con curiosos antecedentes, cuyo detalle puede ser ubicado en la monografía de 221pipas. Resumidamente, el imaginario Arcadia era sinónimo del auténtico Craven Mixture fabricado en Inglaterra hasta bien entrada la década de 1990. Iniciado el siglo XXI fue lanzada por única vez una edición especial a modo de revival que se agotó rápidamente, pero aún así lograron probarla suficientes aficionados como para encontrar aún hoy reseñas válidas sobre sus características. O sea que podemos entender cómo era en términos de sabor.

Un rótulo marcario famoso durante mucho tiempo como Craven deja indicios añejos, y así sabemos también que hacia 1900 estaba compuesto por un equilibrado blend del tipo llamado “oriental”, lo que en la jerga tabacalera equivale a conjugar tabacos Virginia y Latakia, este último proveniente de Siria, Chipre o los Balcanes según época y disponibilidad. Ahora bien, si Craven Mixture ya no se produce, ¿qué alternativa puede actuar como reemplazo en una degustación alegórica? Hay muchas, pero me incliné por el tabaco irlandés Peterson Wild Atlantic. Según el propio fabricante, esta mezcla ofrece virginias anaranjados, finas hojas orientales y un Latakia superior de los Balcanes. La rica y generosa cantidad de Latakia le da su carácter inglés y una típica nota a humo. En otras palabras, todo lo que parecen haber sido tanto el prototipo literario referido por Doyle como su alter ego del mundo tangible.

Probado en pipa recta de brezo resultó sencillo de encender y con buena combustión a lo largo de toda la fumada (muchos tabacos tienden a apagarse una y otra vez). En cuanto a sus componentes, el afamado Virginia de USA brinda sabor y cuerpo, mientras el Latakia (cuya elaboración incluye ahumado con leña) le da un toque especial tan fácil de detectar como difícil de definir: algo balsámico, tal vez con cierto dejo de cuero y resinas. Digamos que se trata de un prototipo ideal para quien busca buen balance de sensaciones: tiene cuerpo pero no es fuerte, es aromático sin llegar a los perfumes exacerbados, no es dulce pero brinda una frescura especial que hace muy placentero saborearlo de principio a fin. Debo admitir que la elección no fue casual; tenía muy buenas referencias previas gracias a sitios y foros de aficionados que lo ponderan sin excepción, en especial el imprescindible www.tobaccoreviews.com

Se puede resumir entonces que en El Jorobado Watson fuma un producto de sólido renombre con rasgos elegantes, aromáticos, complejos y refinados que le hacen honor. Lógicamente, los registros del pasado indican que nunca fue barato: se ubicaba en el rango de precio acorde a la excelente fama que logró portar por más de cien años.

Arcadia en la ficción, Craven en la realidad. Bien por el doctor.

Notas:

(1) Arcadia representa toda una evolución para los gustos de Watson, ya que en la primera historia del canon (Estudio en Escarlata) asegura fumar tabaco Del Barco, un rústico espécimen elaborado a bordo por los marineros de la época (ver monografía). Pronto vamos a degustar el émulo moderno de ese consumo típico en los buques británicos durante los siglos XVIII y XIX.