221pipas, la monografía

Watson, Stamford y los cocktails de Leo Engel en el American Bar del Criterion (degustación)

Estaba de pie en el Criterion Bar cuando alguien me tocó el hombro y, al volverme, reconocí al joven Stamford, que había sido mi asistente en Barts. (1) Para cualquier sherlockiano ilustrado, esta frase plasmada en Estudio en Escarlata simboliza como pocas el inicio de los sucesos que darían lugar al primer encuentro entre el doctor Watson y Sherlock Holmes, quienes estaban destinados a formar el dúo protagónico de la saga detectivesca más célebre que haya existido. No obstante, aquí nos interesan especialmente ciertos detalles relativos al lugar y las circunstancias del suceso. Ya hemos analizado alguna vez los antecedentes del Criterion, un restaurant emblemático de Londres, pero hoy vamos a hacer foco en su anexo, el American Bar, que funcionó entre 1880 y 1884, reconocido por muchos (como el propio Doyle) bajo la denominación simplificada de Criterion Bar. Veremos asimismo una coincidencia cronológica que permite inferir con bastante grado de certeza el tipo de bebidas que se ofrecían al momento de aquella histórica ocasión, a la vez de preparar y probar algunas de ellas.


Leo Engel (1844-1893) fue un bartender de origen alemán que trabajó muchos años en Nueva York y es considerado uno de los pioneros en materia de coctelería. En 1878, ya instalado en Londres, publicó su manual de cocktails caracterizados por la impronta norteamericana. La segunda edición del año 1881 (2) (3) deja claro un dato fundamental: para ese entonces el American Bar estaba gerenciado por Engel, precisamente cuando la mayoría de los cronólogos holmesianos ubican la trama de Estudio en Escarlata. Dicho de otra manera, las preparaciones presentadas en American & Other Drinks son las mismas disponibles allí el día que Watson estaba parado en la barra (quiméricamente hablando) bebiendo un trago. ¿Qué podemos hacer mejor que experimentar algunas de aquellas recetas fundacionales? El catálogo de posibilidades es amplio (más de 300) y se encuentra prolijamente separado por tipos según la nomenclatura técnica de la especialidad: punchs, egg nogs, juleps, smashes, cobblers, cocktails y un largo etcétera,. De todos ellos elegí tres por su sencillez en cuanto a ingredientes y preparación: el Alabazam, el Gin Punch y el Jersey Cocktail.


El Alabazam contiene 1 toque de bitter Angostura, 2 cucharaditas de curazao triple sec, 1 cucharadita de azúcar, 1 cucharadita de jugo de limón y 1/2 copa de brandy. Se mezcla bien, se agrega hielo y se sirve. Resulta muy rico, algo así como un brandy refrescado y afrutado con el toque cítrico del limón. El Gin Punch (Ponche de Gin) se prepara con 1 cucharadita de jugo dulce de frutillas (fresas) (4), 1 cucharada de azúcar, 1 copa de agua, 1 y 1/2 copa de gin, el jugo de 1/2 limón y 2 rodajas de naranja (una trozada dentro del trago y otra para decorar). Se agrega hielo, se mezcla y se sirve con sorbete agregando alguna baya de estación. Otro ejemplar sabroso, con el gin redimensionado por la fruta y los cítricos. Para el Jersey Cocktail se necesitan 1 cucharadita de azúcar, 2 toques de bitter Angostura y sidra dulce hasta llenar el recipiente. Se mezcla bien y se decora con láminas de cáscara de limón. Aunque no deja de ser una fórmula extremadamente sencilla, vale la pena apreciar el buen resultado que ofrece la interacción entre sidra y bitter.


Tres cocktails preparados según las instrucciones textuales del American & Other Drinks con su estilo innovador del Nuevo Mundo, quizás sorprendente y novedoso para los británicos victorianos que asistían al Criterion hace más de ciento cuarenta años. Y también, por qué no, para Watson y Stamford.

Notas:

(1) Barts es el apelativo cariñoso y abreviado de St Bartholomew's Hospital.
(2) Algunos ubican dicha impresión en 1882, pero las fuentes más confiables (como la casa de remates Toovey's de Washington) la sitúan entre 1880 y 1881.
(3) De acceso libre en el sitio https://euvs-vintage-cocktail-books.cld.bz
(4) Que se obtiene luego de una o dos horas macerando frutillas trozadas con azúcar.

Bulldog: ¿la pipa de Watson?

Aunque las alusiones al respecto son bastante difusas, los textos de Arthur Conan Doyle parecen dejar claro que Watson fumaba mucho menos que Sherlock Holmes. Eso podría explicar la ausencia total de referencias básicas o descripciones visuales sobre las pipas pertenecientes al buen doctor. Los únicos elementos que puede brindar alguna luz son los dibujos estampados en las ediciones originales del Strand Magazine, Collier's y demás medios gráficos de la época, realizados por talentosos artistas como Sidney Paget, Frederic Dorr Steele, George Hutchinson y Gastón Simoes Da Fonseca, entre otros. En ellos se observan ejemplares que no difieren demasiado de los que utiliza Holmes, es decir, modelos de tamaño estándar y formatos rectos, sobrios, nada parecidos a los prototipos televisivos y cinematográficos que llegaron a a instalar la falsa idea del detective portador de pipas llamativas con dimensiones holgadas y curvas voluptuosas. Una única excepción canónica a dicha regla sería la pintoresca cherrywood mencionada en el relato Copper Beeches.


En cuanto a Watson, esa misma sencillez fue la mejor manera de resolver el enigma de sus cachimbas, tanto para los viejos dibujantes como por las numerosas representaciones posteriores. La lógica parece indiciar una actitud resumida en el siguiente silogismo: todo el mundo se fija en la pipa de Holmes. A nadie le interesa la de Watson. Ergo, no vale la pena complicarse demasiado. De ese modo parecen haberlo entendido los realizadores posteriores, que pusieron en boca del doctor especímenes invariablemente simples, clásicos y muy formales, de esos que pueden obtenerse sin problemas en el comercio más cercano. Aún así, una serie de reiteraciones y coincidencias entre la pantalla y el mismísimo Doyle permiten vislumbrar la existencia de cierto formato específico a tener en cuenta. Se trata de la pipa llamada bulldog en la jerga de los fabricantes y artesanos, típica por su cazoleta más bien ovoide en la parte inferior y cónica sobre el borde superior que presenta ligeras variantes de acuerdo a tamaños e inclinaciones del tubo y las boquillas.


El Watson que inicia la serie es nada menos que Nigel Bruce, proverbial compañero de Basil Rathbone en las catorce películas filmadas desde 1939 hasta 1946, cuyo transcurso permite verlo ocasionalmente con un típico representante del formato que nos ocupa. Años después, el buen actor André Morell luce una estilizada squat bulldog en la legendaria versión de El sabueso de los Baskerville (1959). Lo interesante aquí es la prolongada visualización del prototipo en varias escenas (cuatro para ser exactos) que involucran a Baker Street y al castillo de la familia Baskerville. Sin embargo, ningún intérprete del personaje resulta ser tan fiel a la misma pipa durante tanto tiempo como Nigel Stock, quien prácticamente no fuma otro modelo que bulldog a lo largo de los 29 capítulos de la serie realizada por la BBC durante las temporadas 1965 y 1968, primero con Douglas Wilmer y luego con Peter Cushing en el papel estelar. Como dato adicional, Stock es el único Watson televisivo que ostenta la rara condición de haber aparecido tanto en color como en blanco y negro.


Pero, ¿qué tiene que ver Conan Doyle? Pues bien, un registro fotográfico inequívoco permite comprobar que el creador de Sherlock Holmes también poseía una bulldog. Después de todo, muchos consideran que su verdadero alter ego en la saga sherlockiana era el doctor y no el detective. La lógica parece corroborarlo: ambos eran médicos, escritores y fumadores regulares.

Otra vuelta sobre las arvejas estudiantiles (degustación)

Durante una prolongada entrevista periodística, el escritor británico John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973), más conocido como J.R.R Tolkien, se sinceró notablemente respecto a sus gustos personales en materia de gastronomía, bebidas y tabaco. Además de su conocida predilección por la cerveza y la pipa, hizo el siguiente aserto: me gusta la comida casera sencilla sin refrigerar. En esa época, tales apetencias bien podrían haber sido aplicadas a cualquier súbdito del Reino Unido, especialmente a los habitantes ubicados en aldeas, pueblos y pequeñas ciudades inglesas, galesas, escocesas e irlandesas. Desde tiempos remotos, dichas regiones aprendieron a confeccionar sus platos en base a la acotada gama de productos accesibles dentro de una isla poco favorecida por el clima y el suelo, aunque la expansión colonial de los siglos XVIII y XIX propició la llegada de nuevos ingredientes (vegetales, especias, aceites) que agregaron un poco de variedad y colorido.


En una entrada subida hace tiempo cocinamos y probamos cierta vianda que ilustra muy bien esa simpleza culinaria bajo la forma de arvejas rancheras, preparadas como emulación de la referencia existente en el relato Los tres estudiantes. Repasando su trama, Holmes y Watson deben pasar varios días en una ciudad universitaria para resolver el misterio basado en tres alumnos del colegio St. Luke, una importante beca de estudios y un manuscrito con las respuestas del examen final, aparentemente copiadas de manera furtiva por alguno de los escolares. El texto original de la historia -publicada por el Strand Magazine en junio de 1904- no termina de aclarar exactamente dónde se hospeda el dueto estelar, pero las mayores chances parecen indicar una posada de visitantes dispuesta dentro del mismo establecimiento. Entre los pormenores del caso aparece la siguiente frase de Holmes, que concentra nuestro interés: querido amigo, son casi las nueve y la casera parloteba de arvejas a las siete y media.


En esta ocasión me decidí a cocinar una preparación tan simple como la presentada anteriormente, pero con la ventaja de ser un plato histórico y extremadamente tradicional de Gran Bretaña: la pea soup, es decir sopa de guisantes (arvejas). A tal punto llega ese carácter típico que los londinenses de antaño decidieron utilizar el término pea soup como analogía para designar a la espesa bruma contaminada de su ciudad (1). Los ingredientes necesarios son cebolla, zanahoria, arvejas, caldo de verduras, crema de leche, sal, pimienta y curry. Primero se blanquean las cebollas en cacerola o sartén con aceite o manteca y luego se agregan las zanahorias cortadas en cubitos. Pasados cinco minutos se incorporan el caldo y las arvejas, tras lo cual se salpimenta y se añade un toque de curry. Luego de 25 minutos va el toque de crema, lo suficientemente sutil como para espesar el líquido sin excesos, mezclando bien. Al cabo de dos minutos más se saca del fuego, se aplasta con pisa papas y se sirve, con la opción de agregar elementos varios para decorar y saborizar (2).


Holmes, Watson y una sopa de arvejas en cierta casa de visitas universitaria: postales de época para dos personajes literarios en sus proverbiales aventuras detectivescas.

Notas:

(1) El alto contenido de azufre en la atmósfera (debido a la combustión masiva de carbón mineral en industrias, comercios y hogares) le daba una coloración de tono amarillo verdoso.


(2) Mi versión es rústica, tal vez adecuada si se quiere recrear la culinaria casera del siglo XIX. Hoy es posible obtener una textura mucho más refinada y uniforme recurriendo al mixer u otros implementos similares. La siguiente foto es del mismo plato preparado por un amigo (notoriamente mejor cocinero que yo) al modo del siglo XXI, incluyendo pequeños trozos de tocino, croutones de pan y cobertura verde tipo ciboulette.

La aventura del humo acre

Espero que no haya aprendido a despreciar mi pipa y mi lamentable tabaco. Así define Sherlock Holmes su modesta picadura en el relato La piedra Mazarino mientras dialoga con Watson. ¿Por qué razón utiliza un apelativo casi lastimoso para referirse al producto que consume tan profusamente? En la monografía Un estudio en Tabaco intentamos esclarecer esa y otras cuestiones vinculadas al humo tabaquístico del gran detective mediante un cruzamiento de citas ficcionales y elementos históricos bien documentados. Incluso se incorpora cierta hipótesis respecto a las razones por las cuales Arthur Conan Doyle eligió el tabaco shag (y no otro) como favorito de su personaje estelar. Todo eso sin perder el hilo temporal que conduce la investigación a través de antiguas referencias bibliográficas plasmadas desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta finales del XIX. Semejante periplo transcurre también  entre pormenores referidos al período en que la denominación shag escondía un trasfondo de adulteraciones, contrabando y evasión fiscal.


Una de las acepciones del término shag es "pelusa", claramente indicativa del corte formado por hebras extremadamente angostas, aunque el significado original del vocablo fue modificándose a lo largo del tiempo según se presentaban distintas coyunturas en la industria tabacalera británica. De manera lenta pero sostenida, aquel producto con apariencia casi capilar pasó a ser el más simple, fuerte y barato del mercado sin importar el aspecto de su confección (ya no era necesariamente finito), convirtiéndose en un comodín de las clases trabajadoras por su precio accesible y su carácter rústico. De hecho, los registros de la época indican que el shag representaba por sí solo más de la mitad del mercado tabacalero del Reino Unido. Muchas veces, lamentablemente, esa masividad lo hizo un vehículo ideal para los negocios turbios: como señalamos antes, no faltaron en su evolución histórica épocas de ingresos clandestinos, fraudes impositivos y adición de componentes ilegales para ganar peso y bajar costos, algunos de naturaleza tan burda como la arena o la papa molida.


La composición de materias primas y variedades involucradas en la mezcla durante las últimas décadas decimonónicas es otro punto abordado en el estudio. No debemos olvidar que Gran Bretaña era entonces la mayor potencia económica y mercantil del mundo con acceso a una extraordinaria multiplicidad de procedencias tabacaleras. De esa manera es posible encontrar datos sobre orígenes tan diversos como pueden serlo distintas regiones de América del Norte, América del Sur, África y Asia. Sin embargo, los documentos del pasado no alcanzan para tener una visión completa del tema. Sondear los aromas y sabores de la pipa holmesiana implica además algunos ensayos sensoriales a fin de encontrar posibles semejanzas con los tabacos de nuestro tiempo, tarea ya realizada en 221pipas y vuelta a reseñar en la monografía con el fin de ofrecer algún punto de vista más integral y definitivo. 


Así como miles de aficionados buscan satisfacer su interés visitando distintos sitios de Londres, desde aquí nos hemos propuesto acercarnos al detective victoriano por medio de sus artículos de consumo predilectos, como el tabaco, tantas veces delineado por la pluma de Watson en base a su fortaleza y acritud. En definitiva, ¿cómo era el shag de Sherlock Holmes? En Un estudio en Tabaco sugerimos algunas respuestas.

En busca del tabaco "shag" - Versión VI (degustación)

Los experimentos de aproximación sensorial al viejo tabaco shag fueron presentados en cinco versiones que subrayaron atributos de semejanza tales como antigüedad, ascendencia, composición, baratura, sencillez y fortaleza, aunque siempre enfocándonos en una o dos características por vez, ya que resulta difícil encontrar todo eso simultáneamente. Parece necesario probar varias marcas por separado y luego recurrir a la imaginación o la subjetividad para tener una idea de lo que fumaban, hace más de cien años, Sherlock Holmes en la ficción y millones de británicos en el mundo tangible. Aún así, rematando la entrada anterior nos preguntábamos si existiría algún ejemplar con la totalidad de cualidades integradas en un único "prototipo perfecto", una especie de combo ideal y definitivo. La respuesta llegó a través de un proverbial producto de origen francés (aunque ya no se fabrica allí), cuyo pasado incluye el interesante antecedente de haber sido el tabaco oficial provisto a la milicia en el transcurso de numerosas guerras.


La marca Scaferlati Caporal representa como pocas aquella preferencia de las clases bajas europeas (obreros, campesinos, soldados) por el tabaco natural oscuro, sencillo y poco trabajado, de escasa complejidad aromática pero con sabores y humos bien intensos. Semejante definición parece tomada textualmente de las descripciones que hace el Dr. Watson, aunque no es la única coincidencia que podemos hallar. A su carácter económico, rudimentario y potente se suma una mezcla compuesta por tabacos Virginia, Kentucky y Paraguay capaz de otorgar esa condición heterogénea que parece haber sido una constante histórica. Cierto estudio sobre el Caporal llevado a cabo por aficionados italianos (1) logró determinar varias fórmulas añejas con la participación de materias primas francesas, norteamericanas, sudamericanas, africanas y asiáticas en diferentes períodos desde 1820 hasta 2003. Como comprobamos en la monografía Un estudio en tabaco, el popurrí  de procedencias (siempre con predominio de USA) también era típico del shag durante los tiempos fundacionales del canon holmesiano, cuando Doyle delineó las costumbres tabaquísticas del personaje.


La reconocida casa danesa Mac Baren fabrica el Scaferlati Caporal de nuestros días manteniendo el espíritu implícito en las recetas ancestrales. A la vista se ve como una mixtura de hebras angostas e irregulares con colores que oscilan entre el dorado, el rojizo y el negro. El aroma en crudo recuerda vivamente a los cigarrillos negros franceses de antaño, combinando cierto tono ahumado con algo de terroso. No presenta problemas de encendido (su humedad es más bien baja) y necesita sólo un par de minutos para mostrar su franqueza de tabaco tan simple y espontáneo como corpulento y picante. Este último matiz se incrementa a medida que aumenta el calor de la combustión hasta llegar a un punto de fogosidad equiparable al adjetivo acre (áspero) tan utilizado en los relatos que nos convocan. Como suma de estímulos, tiene el volumen del Virginia, la fuerza tostada del Kentucky y el toque herbáceo del Paraguay. De acuerdo con los resultados obtenidos hasta ahora, no hay nada más parecido a lo que describen los documentos del siglo XIX y las propias alusiones canónicas.


Así cerramos nuestra búsqueda del tabaco shag, con la convicción de haber llegado bastante cerca de aquello que Sherlock Holmes quemaba en su pipa mientras barruntaba los casos en el célebre domicilio de la calle Baker.

Notas:

En busca del tabaco "shag" - Versión V (degustación)

Para mediados del siglo XIX, más del veinte por ciento del tabaco norteamericano provenía del estado de Kentucky, desde donde era transportado en grandes cantidades al puerto de Nueva Orleans para su envío al exterior. Considerando que Gran Bretaña era el principal mercado de la abundante producción tabacalera estadounidense, no debe extrañar que el tipo así llamado fuera (junto con Virginia) un componente muy común entre las mezclas disponibles en el Reino Unido. Pero la denominación Kentucky no es solamente geográfica, sino que alude además a cierto proceso típico de esa región llamado fire cured, que consiste en secar las hojas cosechadas mediante calor y humo del leña. Ello le otorga al producto final colores bien oscuros junto a una personalidad ahumada y mineral con elevado nivel de potencia. Tales cualidades se encuentran presentes en muchas picaduras para pipa y en algunos cigarros puros, como el célebre toscano italiano.


Los documentos antiguos no dejan dudas sobre la presencia de Kentucky en la fórmula shag de manufactura británica que se fumaba algunas décadas después (1), mientras eran publicadas las primeras obras del canon holmesiano y cobraban entidad los hábitos de su protagonista. Ahora bien, si queremos ser todavía más rigurosos, la data del pasado es contundente respecto a tres condiciones básicas que tenía aquel tabaco de Sherlock Holmes, sintetizadas con la sigla SFB: simple, fuerte y barato. Parafraseando al detective, nos movemos en aguas profundas, ya que la identidad del shag serpentea entre distintos vectores que involucran no sólo aroma y sabor, sino también origen, aspecto visual, mezcla y precio, todo ello dentro de una industria cambiante a lo largo de la centuria decimonovena. En principio, la participación mayoritaria de Kentucky y la pertenencia al segmento más económico parecen ser buenos puntos para abordar, mejor aún si se conjugan en un mismo prototipo. Hacia allí nos dirigimos, entonces, sin más demora.


La marca Forte constituye una tradición en el universo de los tabacos italianos. Muchas reseñas de consumidores regulares citan su humo evocador de efluvios característicos que retrotraen los sentidos a épocas pasadas, o sea que hablamos de un rótulo histórico. Está elaborado con tabacos Kentucky y Burley, lo que implica un blend adecuado al perfil que pretendemos reproducir. Y para completar el cuadro de semejanzas, es decididamente barato. Con sólo abrir el paquete ya se perciben los aromas de tipo ahumado (maderas tostadas) y terroso (hongos silvestres), que una vez en combustión se traducen en trazos torrefactos bien intensos, punzantes, casi agresivos. No es injusto evaluarlo como un tabaco rudimentario, nada sofisticado y muy fuerte, pero eso no es un problema sino todo lo contrario: gracias a las atinadas descripciones de Watson, sabemos que el detective prefería los especímenes de shag ubicados en el extremo superior de la fortaleza y el contenido nicotínico. De esa manera, el Forte parece evocar algo muy cercano al legendario "perfume" que saturaba las habitaciones de Baker Street 221b.


Sin embargo, aún hay un borde sensorial que nos falta añadir. Entre 1880 y 1900 el shag contenía pequeñas proporciones de algunos tabacos sudamericanos, africanos o asiáticos del Lejano Oriente. Las versiones I y II de esta serie transitaron por ese camino, pero en forma de componentes aislados. ¿Existe hoy alguna variante comercial que combine todo lo necesario en un mismo producto? Lo comprobaremos muy pronto, en la próxima y última entrada de nuestra búsqueda.

Notas:

(1) Las referencias al respecto son tantas y tan explícitas que resultan incontrovertibles, como ocurre con decenas de menciones en el informe Report of the Select Committee on Tobacco Trade, de 1844, entre otros testimonios documentales.


En busca del tabaco "shag" - Versión IV (degustación)

Durante los primeros tiempos de este blog publicamos una serie de entradas consecutivas tituladas En busca del tabaco shag. En ellas intentamos reproducir, apelando a marcas de nuestros días, los aromas y sabores del viejo producto que fumaban millones de británicos victorianos y que Arthur Conan Doyle decidió poner en la pipa de Sherlock Holmes. Ahora bien, desde aquellos posteos hasta hoy hubo un período de sondeos e investigaciones que lograron ampliar la perspectiva del tema y dieron lugar a la monografía Un Estudio en Tabaco. Por lo tanto, aunque los primeros intentos fueron válidos como aproximaciones al modelo histórico que nos proponemos reproducir, esta nueva nitidez me hizo direccionar la búsqueda hacia nuevos rumbos. Comenzamos así otra terna de catas con el propósito de revelar la gran incógnita tabaquística sherlockiana conjugando elementos reales y ficticios en tiempos diferentes: un personaje literario que fumaba en pipa, un artículo masivo del período victoriano y tres rótulos elaborados por la industria tabacalera del siglo XXI.


La revisión documental permite comprender los cambios que sufrió el significado de la palabra shag en la jerga tabacalera de habla inglesa. Para 1800 era un apelativo evocador de filamentos tan angostos que semejaban "pelusa" (de allí el nombre), pero varias décadas después hacía referencia al producto más barato, áspero y rudimentario del mercado, cortado de manera totalmente irregular. Esta última semblanza es la que mejor coincide con la publicación de las primeras novelas y relatos canónicos (1887-1891) y se ve confirmada por las propias reseñas de Watson cuando habla del tabaco oscuro y fuerte que consumía el detective, entre otros adjetivos del mismo tenor. Como señalamos, ya entonces había dejado de ser visualmente "peluche" y se veía más bien como una serie de tiras y fragmentos cortados toscamente, aunque la gran cantidad de fábricas existentes no permite descartar la posibilidad de que al menos una lo procesara distinto en vista del creciente consumo de cigarrillos de papel. Al filo del siglo XX, un shag de corte pequeño y delgado permitía el uso con doble propósito: para pipa o para liar, lo cual se volvería muy común luego de la Primera Guerra Mundial (1).


El Cheetah Kentucky es un típico espécimen para armar cigarrillos elaborado en Alemania con las variedades Virginia, Burley y Kentucky. Dicha mezcla añade una perspectiva renovada y permite ajustar el enfoque poniendo énfasis en el último componente, que no había sido probado durante las catas anteriores no obstante su frecuente mención en testimonios decimonónicos. Las fotos adjuntas muestran un aspecto casi capilar equiparable con aquella referencia de "pelusa", bien diferente a cualquier picadura para pipa confeccionada como tal. Luego del encendido y tras unos minutos aparece el borde aromático ahumado seguido por un sabor corpulento, con nervio, incluso algo mordaz hacia el final de la fumada. Sin dudas se trata de un ejemplar caracterizado por la fortaleza y el picor, lo cual suena muy familiar para todos aquellos holmesianos que hayan leído las historias originales. Entre muchos otros detalles descriptivos sobre los hábitos de Holmes, el de su tabaco vehemente resulta ser una constante que adorna la ambientación victoriana de los relatos.


Podemos decir que nos acercamos un poco más al modelo de tabaco shag que consumían los británicos hace más de ciento veinte años. Y en esa misma dirección nos seguiremos moviendo, muy pronto.

Notas:

(1) Reforzado, seguramente, por los hábitos adquiridos en la dura vida de trincheras. Muchos testimonios visuales del conflicto muestran a miles de soldados fumando profusamente tanto cigarrillos como pipas. Los propios ejércitos suministraban el tabaco -que por entonces era un artículo de primera necesidad- y no hace falta ser demasiado perspicaz para inferir que dicha provisión correspondía a un único tipo simple, económico y práctico, apto para cualquier modalidad de consumo.