221pipas, la monografía

A la carta en el Criterion (degustación)

El almuerzo del Holborn señalado en la entrada anterior no es, de hecho, la primera referencia sobre sitios gastronómicos londinenses que podemos encontrar en las páginas del canon. Unas pocas líneas antes, a comienzos de Estudio en Escarlata, el buen doctor describe el encuentro con su antiguo asistente médico del siguiente modo: estaba de pie en el Criterion Bar (1) cuando alguien me tocó el hombro, y al darme vuelta reconocí al joven Stamford... Dicha cita será única dentro de las sesenta novelas y relatos originales, pero la importancia histórica del comercio en cuestión no pasa desapercibida entre los estudiosos, especialmente por el hito trascendental que implican los instantes previos a la presentación formal de Watson y Holmes en Baker Street 221B, algunos párrafos después. Tan es así que el lugar presenta hoy numerosas placas conmemorativas dispuestas en las paredes del local por diferentes asociaciones sherlockianas de todo el mundo, así como medallas, grabados y demás ornamentos alusivos.


Durante un siglo y medio, el Criterion ha hecho las veces de bar y restaurante en la céntrica ubicación de Piccadilly 224. Abrió sus puertas en 1874 y prontó se alzó como sitio elegido por lo más selecto del espectro social. Debido a la generosa capacidad de sus salones, muchas organizaciones ligadas al ámbito cultural, económico y político celebraban allí almuerzos, cenas o reuniones adornadas por el té y los aperitivos. Algunos eventos documentados destacan la presencia de figuras como H.G.Wells, Winston Churchill, Edgard Wallace, G.K. Chesterton y Bertrand Russell, entre otros. A comienzos de la década de 1990 el Criterion inció un período marcado por diferentes administraciones, reformas, cierres y reaperturas que han ido opacando su antiguo esplendor, no obstante lo cual todavía resulta factible el hallazgo de viejas cartas en registros históricos. Así sucede con una antiquísima Table d'Hote (2) casi contemporánea con aquel encuentro ficcional entre Watson y Stanford (1884-1881 respectivamente), que me permitió descubrir cierto plato de pescado bastante singular: Codfish and Egg Sauce, o sea bacalao con salsa de huevos.


Vale aclarar que la palabra inglesa codfish se aplica principalmente al bacalao y en menor medida a algunos otros ejemplares de su misma familia (gádidos), como el abadejo o el merlán, todos exclusivos del hemisferio norte. En estas latitudes sudamericanas no hay bacalao fresco (sólo seco y carísimo), mientras que llamamos abadejo a una especie familiarizada con el congrio. Así, dejando de lado las definiciones puramente científicas, encaré el cometido de recrear aquel plato mediante unos australes cachetes de abadejo (pequeñas y sabrosas piezas de las mejillas) cocinadas al horno con un simple aderezo de sal, pimienta, toque de curry, aceite de oliva y limón. La egg sauce -que se agrega al servir- tiene diversas formulaciones, entre las cuales seleccioné una bien sencilla: huevos duros picados puestos en sartén con manteca, perejil y todo el fondo líquido que queda en la asadera luego de la cocción del pescado. ¿El resultado? Un plato marino original, bastante sustancioso, con mucho sabor, adecuado para combinar con vinos rosados y tintos ligeros.


Homenajeamos así a otro arquetipo victoriano apuntado en la epopeya holmesiana, que albergó a muchos contemporáneos reales del detective imaginario.

Notas:

(1) Bebiendo una copa, sin dudas. Leo Engel, un célebre bartender de origen alemán afincado en Nueva York, llegó a Londres hacia 1880 para instalar uno de los primeros bares especializados en coctelería dentro del Criterion. También publicó un manual sobre el tema de gran éxito editorial. Más adelante voy a subir una entrada con preparación y degustación de tragos apuntados en su libro, ya que varios están bautizados con el nombre del insigne restaurante: Criterion Punch, Criterion Reviver, Criterion Flip, etcétera. Considerando la perfecta coincidencia de situación, lugar y época, cualquiera de ellos pudo haber sido el que estaba disfrutando Watson cuando se encontró con Stamford.


(2) Menú de precio fijo, casi siempre con un par de opciones para entrada, plato principal y postre.

A la carta en el Holborn (degustación)

Si atendemos la extensa lista de establecimientos gastronómicos mencionados en el canon holmesiano vemos una interesante colección de tipos, estilos y ubicaciones diferentes. Hay cervecerías, tiendas de gin, tabernas, hoteles (urbanos, suburbanos y rurales), posadas, bares y restaurantes. De estos últimos hemos hecho el análisis genérico hace ya tiempo, pero esta vez nos vamos a concentrar en los tres más emblemáticos dentro de la ciudad capital del Reino Unido. Así será a lo largo de tres entradas consecutivas, comenzando hoy con el legendario bar, restaurant y "grill room" Holborn, sito en la esquina de Kingsway y High Holborn, más precisamente en el número 129 de la primera. Desde 1874 hasta 1954 fue un destacado lugar de reunión para las clases pudientes, los hombres de negocios y todo tipo de gentelmen en el sentido más amplio que esa palabra tuvo durante el período victoriano. Allí, a lo largo de todo el día, se podía beber una copa, almorzar o cenar de acuerdo con las novísimas tendencias internacionales en el universo de la cocina y las bebidas.


Siendo un lugar extremadamente representativo del Londres decimonónico no resulta sorprendente que su mención sea una de las primeras en el acontecer literario del detective. De hecho, forma parte del encuentro entre el doctor Watson y su ex ayudante Stamford durante un almuerzo previo a la presentación formal de los protagonistas y su alquiler conjunto en Baker Street 221B, promediando las primeras páginas de Estudio en Escarlata (1). Es decir que hablamos de una locación canónica fundacional reverenciada por todos los fanáticos sherlockianos (aunque ya no exista físicamente), al igual que pueden serlo la mansión Baskerville o las estación Charing Cross. Desde ya que la referencia apuntada en el relato es puramente episódica, sin ningún dato adicional. Pero existen suficientes testimonios documentales sobre el Holborn como para ensayar una preparación genuina con los ingredientes propios de la cultura culinaria británica tradicional  y sus marcadas influencias extranjeras, que no eran pocas en una metrópolis tan heterogénea y cosmopolita.


Un menú del año 1913 me proporcionó cierta receta de neta raíz popular británica (carne con papas) conjugada con el aire afrancesado que se le daba a la presentación de los platos, tan propio de la época: Filet de Boeuf piqué Nicoise y Pommes Chateau, que traducido es bife de res con papas al horno adornado por el toque de condimentos al modo nizardo, o sea, de Niza (2). Tanto los ingredientes como la preparación son por demás simplísimos: se cocina un bife vacuno grillado o al horno (elegí lo que en Argentina llamamos cuadril, o sea el rabillo de España) y se acompaña con papas también horneadas (de preferencia, con breve hervor previo), teniendo la precaución de pintarlas antes con un abundante aderezo compuesto por aceite de oliva, orégano, perejil, ajo (sólo para perfumar), sal y pimienta. Cuando papas y carne están listas se sirven conjuntamente, incorporando encima de esta última el aderezo principal que le da el toque nicoise del Mediterráneo francés: pimiento rojo, tomate, aceitunas negras, perejil (todo picado) con aceite de oliva, sal y pimienta. Realmente queda delicioso, especialmente por la singular combinación entre aceitunas y carne, que no suele ser frecuente.


Watson y Stanford almorzaron en el Holborn antes de ir a ver a Sherlock Holmes por primera vez. ¿Por qué no con este plato tan sencillo y a la vez tan rico?

Notas:

(1) Hay otra mención posterior en Los tres gabletes, pero de carácter incidental, esta vez como el Bar Holborn (que también lo era).
(2) Como ejemplo, un menú mucho más antiguo (1881) presenta otro plato bastante similar basado en carne y papas, demostrando que dicha fórmula tan apetecida por ingleses, escoceses, galeses e irlandeses encontraba diferentes maneras de llegar a las mesas, desde las más humildes hasta las más opulentas.

Los cigarrillos egipcios del profesor Coram

Los lentes de oro (1) es un relato corto publicado en julio de 1904 por el Strand Magazine y compilado luego en La reaparición de Sherlock Holmes. Hacia el final de la historia nuestro detective se las ve cara a cara con el pérfido profesor Coram, un mañoso anciano sospechado de varios delitos. El susodicho se encuentra postrado en la cama de su dormitorio particular, pero Holmes parece abrigar sospechas sobre algunos asuntos poco claros de su conducta. Ahora bien, el decrépito erudito resulta ser un fumador pertinaz, tal cual describe el doctor Watson del siguiente modo: un cigarrillo brillaba en medio de la maraña de cabello blanco y el aire estaba fétido con humo de tabaco. Mientras le extendía la mano a Holmes percibí que también estaba manchada de amarillo con nicotina. Con todo, tamaño personaje no pierde sus modales invitando al protagonista con los cigarrillos Ionides que le son especialmente preparados y enviados "frescos" desde Alejandría. Holmes, otro fumador impenitente, acepta y consume rápidamente cuatro de ellos, a los que califica como "excelentes". (2)


De acuerdo a los señalado aquí y en la monografía de 221pipas, los escritos de Doyle acreditan un gran valor testimonial costumbrista. La presencia de cigarrillos egipicos constituye todo un dato de época, ya que dicha industria creció y prosperó significativamente durante el período en cuestión hasta originar cierta "moda" en todo el mundo occidental. Merced a la importación tabacalera de la cercana Turquía (los tabacos egipcios nativos no eran de buena calidad), un puñado de fábricas de Alejandría y El Cairo comenzó a manufacturar productos finos hacia fines del período decimonónico logrando un importante suceso de ventas y exportaciones, primero en el Reino Unido (Egipto era entonces colonia británica) y luego en el resto de Europa y Estados Unidos. La actividad de referencia perduró hasta fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando la masificación del consumo y la aparición de nuevos competidores fue marcando su ocaso hasta hacerla desaparecer casi por completo. No obstante, esa aureola de calidad continúa hasta nuestros días entre los tabacos llamados "orientales".


La narración original del Strand Magazine fue ilustrada por el insigne Sidney Paget, pero elegí adornar esta entrada con un dibujo casi contemporáneo realizado por Frederic Dorr Steel para la revista Collier's por tener una vista más completa de la escena que nos interesa. La misma imagen se asemeja mucho a los cuadros obtenidos en el capítulo correspondiente filmado noventa años después por Granada TV para la serie protagonizada por Jeremy Brett, bien conocida y festejada por su cuidadosa atención hacia los detalles canónicos. Pero no es el único caso en el que se hacen alusiones sobre los tabacos egipcios, turcos u orientales en general; de hecho, hay un par de casos adicionales para analizar (3). El más notorio se percibe en Vestida para matar (1946), donde observamos al emblemático Basil Rathbone haciendo algunas averiguaciones en cierta tienda del ramo. La propietaria habla allí de cigarrillos hechos en Egipto cuya mezcla incluye tabacos Latakia y Perique, todo ello con una enorme publicidad de la legendaria casa Peterson por delante.


Los hábitos tabaquísticos de Coram son otro ejemplo del prisma histórico que representa la saga del detective más famoso de todos los tiempos.

Notas:

(1) The golden pince nez en inglés. El término pince nez alude específicamente a los antiguos lentes sin varillas que se ajustaban por la nariz. En español se los denomina quevedos.


(2) Por supuesto, ello no es casual. El genial sabueso fuma mientras camina por la habitación, esparciendo una gran cantidad de ceniza sobre la alfombra. Dicha conducta lo ayudará luego a descubrir (por las marcas de pisadas) que en ese recinto hay una segunda persona oculta.
(3) El otro es el film La solución del siete por ciento (1976), una buena versión cinematográfica basada en la novela-pastiche de Nicholas Meyer con artistas de renombre como Nicol Williamson, Robert Duvall, Alan Arkin y Vanessa Redgrave.

El clarete añejo de los tiempos victorianos (degustación)

Dentro de las referencias vínicas plasmadas en los relatos canónicos hay tres ocasiones que aluden de manera concreta al tinto de Burdeos bajo su apelativo de época, es decir, clarete. Sin embargo, esa modesta participación no le hace justicia a la popularidad que tenía entonces entre el público británico. A fines del siglo XIX, las probabilidades de que cualquier vino rojo consumido en el Reino Unido fuese clarete bordelés (y no otra cosa) eran abrumadoramente mayoritarias, tal cual lo demuestran las estadísticas de importación y demás registros incontrovertibles (1). En lo que a Holmes se refiere, podemos apreciarlo disfrutando una botella durante cierto almuerzo con Watson (La caja de cartón) y bebiéndolo para acompañar bizcochos luego de un ayuno prolongado (El detective moribundo). Encontramos también una evidencia notoria sobre la fama recién mencionada, ya que el negocio de su importación adquiere relieve en la historia Un caso de identidad, donde se menciona a "Westhouse & Marbank, los grandes importadores de clarete de Fenchurch Street". ¿Podemos asumir entonces que era uno de los vinos predilectos de nuestro héroe?


Todo lo visto parece apuntar hacia la respuesta afirmativa, pero a ella debe añadirse un ingrediente adicional que vuelve aún más interesantes los gustos de Sherlock Holmes en materia enológica. Casi al finalizar El aristócrata solterón, llega a Baker Street cierta caja conteniendo una cena "bastante epicúrea" (en palabras de Watson) encargada por el propio detective. Amén de las viandas comestibles, el festín incluye un grupo de botellas viejas y cubiertas de telarañas. De tal modo, esta imagen suma la preferencia por los vinos añejos, lo cual tiene bastante sentido considerando las tendencias predominantes en aquel tiempo, especialmente en el caso de los recios Bordeaux tintos que necesitan varios años para limar sus asperezas juveniles. En sintonía con las historias originales de Doyle, algunas piezas cinematográficas relativamente recientas coinciden en ese punto -seguramente sin proponérselo- y vuelven así más consistente la idea del Holmes amante del vino Burdeos con estacionamiento prolongado (2).


Afortunadamente tenía en mi poder algunos ejemplares genuinos adquiridos durante viajes hechos a fines del siglo XX, capaces de responder con bastante solvencia frente al desafió de la cata. Entre los candidatos elegí Chateau La Fleur Cravignac 1994, un Saint Emilion Grand Cru compuesto por las típicas variedades Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot. Los 28 años de edad al momento de abrirlo (22 como mínimo en botella) me hicieron extremar todos los cuidados atendiendo -además del descorche "quirúrgico"- su debida decantación y aireación. En la copa logró exhibir todos los matices esperables en función de su estirpe, su perfil y su edad: un color dominado por los tonos de tipo teja o ladrillo que preanuncia aromas análogos al cuero, las especias, los frutos secos y el regaliz, todo ello sin ningún punto negativo del tipo mohoso. Esa vetusta franqueza quedó confirmada en el sabor, que bien podría ser definido como "terciopelo puro": muy amigable y equilibrado, pero a la vez cargado de complejidades para descubrir y saborear.


Ahora sabemos algo más sobre aquellos vinos legendarios que deleitaban a Sherlock Holmes en la ficción y a sus contemporáneos victorianos en la vida real. Porque la saga holmesiana, bien entendida, también es histórica


Notas:

(1) Más datos en la monografía de 221pipas.
(2) Se trata de Sherlock Holmes (2009) y su secuela Sherlock Holmes, Juego de Sombras (2012). En la primera hay una escena con Holmes e Irene Adler (Rachel McAdams) en la que abren una botella de Chateau Margaux 1858. En la segunda observamos al líder revolucionario Ravache bebiendo un tinto cosecha 1789 rápidamente identificado por Holmes. Si consideramos que ambas tramas se ubican alrededor de 1890, hablamos de añejamientos de tres décadas en un caso y poco más de un siglo en el otro.


Trenes, estaciones y buffets en la saga holmesiana

La primera locomotora a vapor encabezando un tren de pasajeros viajó a lo largo de la línea Stockton & Darlington en septiembre de 1825. Cinco años más tarde se inauguró el primer ferrocarril interurbano de importancia que unía Manchester con Liverpool. Esta temprana evolución tecnológica no se detendría durante el resto del siglo XIX: las estadísticas anuales de 1870 acusan 423 millones de pasajeros transportados a lo largo de casi 26.000 kilómetros de vías emplazados en Gran Bretaña. Para los tiempos victorianos finiseculares el tren era rey absoluto entre los modos terrestres de viajar, muy particularmente en Londres, donde estaban establecidas las terminales de las principales empresas junto con una compleja red subterránea que permitía enlazar diferentes puntos de la ciudad. Durante las historias canónicas los viajes ferroviarios de Holmes y Watson son ciertamente numerosos, pero hay un punto particular cuya ocurrencia se reduce a un puñado de casos: el paso por los buffets de las estaciones -también llamados salas de refrigerios- para almorzar rápidamente o tomar un té antes de continuar las labores investigativas o regresar a Baker Street.


La guía de viajeros London of Today: An Illustrated Handbook for the Season 1885 realiza un análisis revelador sobre los comercios del ramo señalando lo siguiente: con respecto a los restaurantes de terminales ferroviarias puede ser interesante notar que las compañías London and North Western, London and South Western, Greath Nothern, Great Western y Midland aministran sus propios bares de refrigerios, o más bien los administran contratistas. Allí un viajero puede asegurar una comida de carne asada caliente y verduras, el ala de un ave o un pastel salado, junto con vino, cerveza, café, té o leche, a un precio razonable. Varios de ellos son comedores muy populares, en particular la sala de refrigerios de la estación metropolitana Mansion House (...) El establecimiento del viaducto de Holborn (1) se ha vuelto popular últimamente, y merecidamente. Por lo visto, nada demasiado sofisticado pero más que completo para abastecer las necesidades de dos paladines en sus frecuentes andanzas ferroviarias por la ciudad, los suburbios y todo el sur de Inglaterra.


Algunos relatos presentan citas concretas sobre la habitualidad del "refrigerio al paso" tan típica en las grandes ciudades europeas de antaño. Por ejemplo, en El Jorobado, Holmes refiere haber cenado en la famosa estación Waterloo, también conocida como Estación Central. El dúo estelar toma un almuerzo apresurado en la misma terminal promediando la trama de El tratado naval, mientras que en La granja Abbey ambos héroes utilizan el buffet de la estación Charing Cross para tomar el té bien temprano por la mañana. Desde el punto de vista visual, la presencia del detective y el doctor a bordo de los trenes victorianos tiene una imagen icónica plasmada por Sidney Paget en Silver Blaze, que fue imitada hasta el hartazgo por otros dibujantes e incluso reproducida por el cine y la TV en sus más mínimos detalles. Como dato curioso, existe cierta ocasión cinematográfica en la cual vemos a nuestros héroes haciendo algo que no aparece en ninguno de los textos primigenios: comer a bordo de la formación (2). Se trata del film Terror by Night (1946), perteneciente a la célebre saga de catorce largometrajes protagonizados por Basil Rathbone y Nigel Bruce.


Holmes, Watson, comidas, bebidas, trenes, estaciones, niebla, suspenso y la ciudad de Londres en una atmósfera cien por ciento victoriana. En otras palabras, un paisaje sherlockiano casi paradisíaco...


Notas:

(1) El Holborn Viaduct es un cruce vial a desnivel entre dos importantes avenidas de Londres, inaugurado en 1874 por la mismísima Reina Victoria. Con idéntico nombre se conoció a una estación ferroviaria subterránea sita en las cercanías, que operó hasta su cierre en 1990.


(2) Ciertamente es notoria semejante ausencia durante las 60 historias del canon, puesto que dicha prestación ya estaba desarrollada en las últimas décadas del siglo XIX. El primer servicio de comidas y bebidas a bordo de un tren fue establecido exitosamente en 1879 por el Great Nothern Railway, al que muy pronto imitaron las demás compañías del rubro.

La exclusiva mezcla Grosvenor de Grant Munro (degustación)

En los primeros párrafos del relato La cara amarilla, Sherlock Holmes hace una demostración práctica de sus amplios conocimientos sobre tabacos y modos de fumar. Ello sucede cuando el cliente Grant Munro deja olvidada su pipa en Baker Street y el detective realiza la siguiente serie de observaciones encadenadas: a) es una antigua pipa de brezo con tallo largo de ámbar; b) cuesta unos siete chelines; c) ha sido reparada al menos dos veces con anillos de metal por valor superior a su costo; d) su dueño tiene la costumbre de encenderla con una lámpara y siempre por el mismo costado, que está chamuscado; e) en ella se ha fumado un exclusivo tabaco Grosvenor Mixture de ocho peniques la onza. Semejante repertorio de sapiencias nos indica que Holmes no sólo conoce bien la realidad pipera y tabacalera de la época (con detalles específicos de manufacturas, marcas y precios) sino que además es un experto en cuestión de cenizas, tal cual sabemos desde las primeras historias canónicas gracias a la mención de su monografía enfocada en 140 variedades diferentes, a las cuales reconoce con sólo un golpe de vista.


En contraposición a otras referencias de lugares o productos en las que Doyle parece divertirse apuntando datos reales y ficticios por igual, las variedades y marcas de tabaco señalados por el autor a lo largo de los textos originales son 100% auténticas, toda vez que su existencia en el pasado puede ser verificada fácilmente mediante la búsqueda de registros históricos. Así sucede con la mezcla de tabaco para pipa Grosvenor, elaborada por la prestigiosa casa Adkin & Sons, establecida en Londres desde 1795. El sitio web tobaccocollectibles.co.uk ha detectado (mediante búsqueda de publicidades y menciones en medios gráficos) que la presencia de dicho rótulo en el mercado británico se extendió desde 1890 hasta 1930 aproximadamente, aunque su fábrica tuvo un devenir bastante más prolongado en el tiempo. La pregunta queda servida: ¿por qué Doyle mencionó esa etiqueta particular y no cualquier otra entre las miles asequibles en aquel tiempo? No tenemos repuestas para semejante interrogante, ni tampoco han quedado datos concretos sobre las características, el aroma o el sabor de Grosvenor Mixture, más allá de su aparición en viejas listas de precios mayoristas del gremio.


Pero al menos tenemos cierta certeza sobre su valor -ocho peniques cada 28 gramos era un precio alto a fines del siglo XIX- y por eso podemos suponer razonablemente que su calidad estaba en la misma sintonía. Para ensayar una degustación alegórica opté entonces por el ejemplar más caro en mi poder: el buen (aunque no tan difundido) tabaco Chacom N° 1, elaborado en Alemania por la casa Kohlhase & Kopp. Se trata de una típica mixtura de los tipos virginia, oriental y black cavendish junto con algún ligero toque de latakia. El resultado es análogo a lo que exhiben innumerables marcas globales ofreciendo un perfil estilizado, fino, con mucho equilibrio, leve dejo dulce y sabores suaves sin estar desprovistos de matices. Hay perfumes que pueden ser comparados con frutos secos, maderas ahumadas y demás complejidades aromáticas. En otras palabras, algo decididamente selecto, elegante y exclusivo, propio de una persona con buen nivel económico, tal cual deduce Holmes sobre Grant Munro al decir: como puede obtener un excelente tabaco por menos de la mitad de ese precio, es evidente que no necesita practicar el ahorro.


Otro espécimen del consumo histórico plasmado en los relatos del investigador más celebre y otra cata destinada a entender (o al menos, tratar de hacerlo) cómo vivían los habitantes de la Inglaterra victoriana.

Chianti, Tokay y tabaco en narguile: los excéntricos gustos de Taddeus Sholto

¿Puedo ofrecerle una copa de Chianti, señorita Morstan? ¿O de Tokay? No guardo otros vinos. ¿Debo abrir una botella? ¿No? Pues bien, confío en que no tenga ninguna objeción al humo y el olor balsámico del tabaco oriental. Estoy un poco nervioso, y encuentro en mi narguile un sedante invaluable... En tan pocas líneas, con palabras proferidas por el propio personaje, Arthur Conan Doyle describe perfectamente a Taddeus Sholto, un "pequeño y espasmódico hombrecito" que resulta crucial durante la trama de El Signo de los Cuatro. Considerando el lugar y la época de los hechos (Londres a fines del siglo XIX), los gustos de Sholto bien pueden ser calificados como extravagantes dentro de una inclinación por todo lo foráneo, con acento especial en aquellos objetos y costumbres provenientes de la India. Algunos apuntes adicionales sobre la decoración interior de su residencia incrementan esa atmósfera indostánica, como las cortinas y tapices más ricos y brillantes, la alfombra de color ámbar y negro, las pieles de tigre, la lámpara con forma de paloma plateada, las pinturas sobrecargas y los jarrones orientales.


Ahora bien, ninguno de los suministros necesarios para dichos consumos era difícil de conseguir en la Inglaterra decimonónica. Ya hemos hablado en este blog sobre el vino húngaro Tokay, un dulce y costoso elixir bastante frecuentado por las clases altas europeas durante el período victoriano. Mucho más accesiblee aún era el celebérrimo Chianti, tan popular entre la abundante colectividad italiana existente entonces en el Reino Unido. La modalidad de fumar en narguile, por su parte, tenía fuerte sustento gracias a las colonias británicas ubicadas en remotos países desde donde proviene el hábito, sobre todo en las actuales India, Pakistán, Sri Lanka y Bangladesh. El narguile -también conocido como pipa de agua- es un artefacto diseñado para fumar diferentes tabacos de modo parecido al vapor, con un alto grado de humedad que permite además incorporar múltiples esencias florales, frutales o especiadas. Según el texto, Sholto utiliza para el caso agua de rosas. Repasando la escena tenemos vinos húngaros e italianos, tabacos orientales y un narguile con agua de rosas entre tapices, alfombras y pieles de tigre. Más estrafalario, imposible.


El Signo de los Cuatro fue publicada originalmente por Lippincot's Magazine en febrero de 1890 y tuvo un éxito relativamente interesante que allanaría el camino para las entregas posteriores del Strand. Con el tiempo se convirtió en uno de los "caballitos de batalla" del canon holmesiano junto a historias tales como El sabueso de los Baskerville o Escándalo en Bohemia, por citar un par de ejemplos. No es de extrañar entonces que haya sido adaptada reiteradamente para el cine y la televisión. El sitio www.arthur-conan-doyle.com contabiliza once obras realizadas entre 1913 y 2013 en Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania y Rusia con protagonistas de todo tipo y celebridad, desde los emblemáticos Peter Cushing o Jeremy Brett hasta actores mucho menos rutilantes. Ello incluye a quienes encarnaron al estrambótico Taddeus Sholto, de los cuales rescatamos tres para la foto que sigue: Paul Daneman, Richard Heffer y Ronald Lacey. Este último, según creo, es el más logrado por su notable similitud física frente a las descripciones canónicas.


En nuestros días, las costumbres de Sholto serían definidas como kitsch (pretenciosas, vulgares y decadentes), en perfecta concordancia con el perfil que quiso imprimir el autor al personaje. Bien entendida, semejante vigencia atemporal explica bastante bien por qué Sherlock Holmes sigue siendo un superhéroe de la cultura popular a 136 años de su primera aparición.