221pipas, la monografía

En busca del tabaco "shag" - Versión VI (degustación)

Los experimentos de aproximación sensorial al viejo tabaco shag fueron presentados en cinco versiones que subrayaron atributos de semejanza tales como antigüedad, ascendencia, composición, baratura, sencillez y fortaleza, aunque siempre enfocándonos en una o dos características por vez, ya que resulta difícil encontrar todo eso simultáneamente. Parece necesario probar varias marcas por separado y luego recurrir a la imaginación o la subjetividad para tener una idea de lo que fumaban, hace más de cien años, Sherlock Holmes en la ficción y millones de británicos en el mundo tangible. Aún así, rematando la entrada anterior nos preguntábamos si existiría algún ejemplar con la totalidad de cualidades integradas en un único "prototipo perfecto", una especie de combo ideal y definitivo. La respuesta llegó a través de un proverbial producto de origen francés (aunque ya no se fabrica allí), cuyo pasado incluye el interesante antecedente de haber sido el tabaco oficial provisto a la milicia en el transcurso de numerosas guerras.


La marca Scaferlati Caporal representa como pocas aquella preferencia de las clases bajas europeas (obreros, campesinos, soldados) por el tabaco natural oscuro, sencillo y poco trabajado, de escasa complejidad aromática pero con sabores y humos bien intensos. Semejante definición parece tomada textualmente de las descripciones que hace el Dr. Watson, aunque no es la única coincidencia que podemos hallar. A su carácter económico, rudimentario y potente se suma una mezcla compuesta por tabacos Virginia, Kentucky y Paraguay capaz de otorgar esa condición heterogénea que parece haber sido una constante histórica. Cierto estudio sobre el Caporal llevado a cabo por aficionados italianos (1) logró determinar varias fórmulas añejas con la participación de materias primas francesas, norteamericanas, sudamericanas, africanas y asiáticas en diferentes períodos desde 1820 hasta 2003. Como comprobamos en la monografía Un estudio en tabaco, el popurrí  de procedencias (siempre con predominio de USA) también era típico del shag durante los tiempos fundacionales del canon holmesiano, cuando Doyle delineó las costumbres tabaquísticas del personaje.


La reconocida casa danesa Mac Baren fabrica el Scaferlati Caporal de nuestros días manteniendo el espíritu implícito en las recetas ancestrales. A la vista se ve como una mixtura de hebras angostas e irregulares con colores que oscilan entre el dorado, el rojizo y el negro. El aroma en crudo recuerda vivamente a los cigarrillos negros franceses de antaño, combinando cierto tono ahumado con algo de terroso. No presenta problemas de encendido (su humedad es más bien baja) y necesita sólo un par de minutos para mostrar su franqueza de tabaco tan simple y espontáneo como corpulento y picante. Este último matiz se incrementa a medida que aumenta el calor de la combustión hasta llegar a un punto de fogosidad equiparable al adjetivo acre (áspero) tan utilizado en los relatos que nos convocan. Como suma de estímulos, tiene el volumen del Virginia, la fuerza tostada del Kentucky y el toque herbáceo del Paraguay. De acuerdo con los resultados obtenidos hasta ahora, no hay nada más parecido a lo que describen los documentos del siglo XIX y las propias alusiones canónicas.


Así cerramos nuestra búsqueda del tabaco shag, con la convicción de haber llegado bastante cerca de aquello que Sherlock Holmes quemaba en su pipa mientras barruntaba los casos en el célebre domicilio de la calle Baker.

Notas:

En busca del tabaco "shag" - Versión V (degustación)

Para mediados del siglo XIX, más del veinte por ciento del tabaco norteamericano provenía del estado de Kentucky, desde donde era transportado en grandes cantidades al puerto de Nueva Orleans para su envío al exterior. Considerando que Gran Bretaña era el principal mercado de la abundante producción tabacalera estadounidense, no debe extrañar que el tipo así llamado fuera (junto con Virginia) un componente muy común entre las mezclas disponibles en el Reino Unido. Pero la denominación Kentucky no es solamente geográfica, sino que alude además a cierto proceso típico de esa región llamado fire cured, que consiste en secar las hojas cosechadas mediante calor y humo del leña. Ello le otorga al producto final colores bien oscuros junto a una personalidad ahumada y mineral con elevado nivel de potencia. Tales cualidades se encuentran presentes en muchas picaduras para pipa y en algunos cigarros puros, como el célebre toscano italiano.


Los documentos antiguos no dejan dudas sobre la presencia de Kentucky en la fórmula shag de manufactura británica que se fumaba algunas décadas después (1), mientras eran publicadas las primeras obras del canon holmesiano y cobraban entidad los hábitos de su protagonista. Ahora bien, si queremos ser todavía más rigurosos, la data del pasado es contundente respecto a tres condiciones básicas que tenía aquel tabaco de Sherlock Holmes, sintetizadas con la sigla SFB: simple, fuerte y barato. Parafraseando al detective, nos movemos en aguas profundas, ya que la identidad del shag serpentea entre distintos vectores que involucran no sólo aroma y sabor, sino también origen, aspecto visual, mezcla y precio, todo ello dentro de una industria cambiante a lo largo de la centuria decimonovena. En principio, la participación mayoritaria de Kentucky y la pertenencia al segmento más económico parecen ser buenos puntos para abordar, mejor aún si se conjugan en un mismo prototipo. Hacia allí nos dirigimos, entonces, sin más demora.


La marca Forte constituye una tradición en el universo de los tabacos italianos. Muchas reseñas de consumidores regulares citan su humo evocador de efluvios característicos que retrotraen los sentidos a épocas pasadas, o sea que hablamos de un rótulo histórico. Está elaborado con tabacos Kentucky y Burley, lo que implica un blend adecuado al perfil que pretendemos reproducir. Y para completar el cuadro de semejanzas, es decididamente barato. Con sólo abrir el paquete ya se perciben los aromas de tipo ahumado (maderas tostadas) y terroso (hongos silvestres), que una vez en combustión se traducen en trazos torrefactos bien intensos, punzantes, casi agresivos. No es injusto evaluarlo como un tabaco rudimentario, nada sofisticado y muy fuerte, pero eso no es un problema sino todo lo contrario: gracias a las atinadas descripciones de Watson, sabemos que el detective prefería los especímenes de shag ubicados en el extremo superior de la fortaleza y el contenido nicotínico. De esa manera, el Forte parece evocar algo muy cercano al legendario "perfume" que saturaba las habitaciones de Baker Street 221b.


Sin embargo, aún hay un borde sensorial que nos falta añadir. Entre 1880 y 1900 el shag contenía pequeñas proporciones de algunos tabacos sudamericanos, africanos o asiáticos del Lejano Oriente. Las versiones I y II de esta serie transitaron por ese camino, pero en forma de componentes aislados. ¿Existe hoy alguna variante comercial que combine todo lo necesario en un mismo producto? Lo comprobaremos muy pronto, en la próxima y última entrada de nuestra búsqueda.

Notas:

(1) Las referencias al respecto son tantas y tan explícitas que resultan incontrovertibles, como ocurre con decenas de menciones en el informe Report of the Select Committee on Tobacco Trade, de 1844, entre otros testimonios documentales.


En busca del tabaco "shag" - Versión IV (degustación)

Durante los primeros tiempos de este blog publicamos una serie de entradas consecutivas tituladas En busca del tabaco shag. En ellas intentamos reproducir, apelando a marcas de nuestros días, los aromas y sabores del viejo producto que fumaban millones de británicos victorianos y que Arthur Conan Doyle decidió poner en la pipa de Sherlock Holmes. Ahora bien, desde aquellos posteos hasta hoy hubo un período de sondeos e investigaciones que lograron ampliar la perspectiva del tema y dieron lugar a la monografía Un Estudio en Tabaco. Por lo tanto, aunque los primeros intentos fueron válidos como aproximaciones al modelo histórico que nos proponemos reproducir, esta nueva nitidez me hizo direccionar la búsqueda hacia nuevos rumbos. Comenzamos así otra terna de catas con el propósito de revelar la gran incógnita tabaquística sherlockiana conjugando elementos reales y ficticios en tiempos diferentes: un personaje literario que fumaba en pipa, un artículo masivo del período victoriano y tres rótulos elaborados por la industria tabacalera del siglo XXI.


La revisión documental permite comprender los cambios que sufrió el significado de la palabra shag en la jerga tabacalera de habla inglesa. Para 1800 era un apelativo evocador de filamentos tan angostos que semejaban "pelusa" (de allí el nombre), pero varias décadas después hacía referencia al producto más barato, áspero y rudimentario del mercado, cortado de manera totalmente irregular. Esta última semblanza es la que mejor coincide con la publicación de las primeras novelas y relatos canónicos (1887-1891) y se ve confirmada por las propias reseñas de Watson cuando habla del tabaco oscuro y fuerte que consumía el detective, entre otros adjetivos del mismo tenor. Como señalamos, ya entonces había dejado de ser visualmente "peluche" y se veía más bien como una serie de tiras y fragmentos cortados toscamente, aunque la gran cantidad de fábricas existentes no permite descartar la posibilidad de que al menos una lo procesara distinto en vista del creciente consumo de cigarrillos de papel. Al filo del siglo XX, un shag de corte pequeño y delgado permitía el uso con doble propósito: para pipa o para liar, lo cual se volvería muy común luego de la Primera Guerra Mundial (1).


El Cheetah Kentucky es un típico espécimen para armar cigarrillos elaborado en Alemania con las variedades Virginia, Burley y Kentucky. Dicha mezcla añade una perspectiva renovada y permite ajustar el enfoque poniendo énfasis en el último componente, que no había sido probado durante las catas anteriores no obstante su frecuente mención en testimonios decimonónicos. Las fotos adjuntas muestran un aspecto casi capilar equiparable con aquella referencia de "pelusa", bien diferente a cualquier picadura para pipa confeccionada como tal. Luego del encendido y tras unos minutos aparece el borde aromático ahumado seguido por un sabor corpulento, con nervio, incluso algo mordaz hacia el final de la fumada. Sin dudas se trata de un ejemplar caracterizado por la fortaleza y el picor, lo cual suena muy familiar para todos aquellos holmesianos que hayan leído las historias originales. Entre muchos otros detalles descriptivos sobre los hábitos de Holmes, el de su tabaco vehemente resulta ser una constante que adorna la ambientación victoriana de los relatos.


Podemos decir que nos acercamos un poco más al modelo de tabaco shag que consumían los británicos hace más de ciento veinte años. Y en esa misma dirección nos seguiremos moviendo, muy pronto.

Notas:

(1) Reforzado, seguramente, por los hábitos adquiridos en la dura vida de trincheras. Muchos testimonios visuales del conflicto muestran a miles de soldados fumando profusamente tanto cigarrillos como pipas. Los propios ejércitos suministraban el tabaco -que por entonces era un artículo de primera necesidad- y no hace falta ser demasiado perspicaz para inferir que dicha provisión correspondía a un único tipo simple, económico y práctico, apto para cualquier modalidad de consumo.

Cushing, el Valle de Boscombe y la sidra de Hereford

El misterio del Valle de Boscombe es un relato corto publicado por el Strand Magazine en octubre de 1891 y compilado más tarde en Las aventuras de Sherlock Holmes. Su argumento transita determinada variante que sería común en la literatura posterior del género: un asesinato cuya culpabilidad parece recaer sobre algún personaje muy comprometido por las evidencias halladas. Desde luego, nada de eso convence al extraordinario sabueso humano de Baker Street, quien elabora una teoría totalmente opuesta (que será la acertada, naturalmente). El asunto se desarrolla en forma bastante dinámica, llevando al lector desde Londres hasta el paraje que da nombre a la historia, situado en cercanías del pueblo de Ross-on-Wye, perteneciente al viejo condado de Herefordshire. Esta variada geografía se amplifica con referencias a países lejanos como Afganistán y Australia, desde donde surgen elementos pasados que ayudan a desenmarañar la intriga de una manera que sólo nuestro héroe puede llevar a buen puerto.


Luego de la buena recepción obtenida por las doce entregas emitidas en 1964 y 1965 con Douglas Wilmer como protagonista, otra tanda de dieciséis historias fue producida y filmada por la BBC en 1968. El trabajo central estuvo esta vez a cargo de Peter Cushing, manteniendo a Nigel Stock en la piel de Watson. Lamentablemente, un total de diez capítulos se encuentran hoy perdidos debido a la costumbre de regrabar las cintas originales con otros programas luego de algunos años (muy común en la TV de la época). El misterio del Valle de Boscombe pertenece al afortunado grupo sobreviviente, y entre sus escenas podemos observar una curiosa referencia a cierto bebestible jamás mencionado en el canon literario. A poco de comenzar, el detective y el doctor se encuentran desayunando en Baker Street cuando el primero señala que irán "de excursión al campo". Luego especifica la ubicación en Herfordshire y el Valle de Boscombe, añadiendo: es una zona agrícola; el ganado y la sidra están entre sus productos más apreciados.


Minutos después sus palabras cobran entidad fáctica en cierta secuencia donde el dúo ingresa a una posada y pide dos jarras de sidra, todo enmarcado entre pequeños cascos de madera, porrones cerámicos y otros envases del mismo material. Como canal estatal de televisión, es bastante factible que la BBC tuviera por costumbre añadir ese tipo de comentarios en los guiones con propósitos de fomento turístico. La hipótesis cobra sentido considerando que las mazanas cuentan allí con una buena extensión de cultivo desde mediados del siglo XIX. Hacia 1870 comenzaron a operar varias fábricas sidreras y muy pronto la actividad cobró una fama extendida al resto del Reino Unido. Para el siglo XX existían marcas sumamente populares entre el público, particularmente Bulmers, que alcanzó fama internacional y envergadura exportadora. Sus agresivas campañas publicitarias, sus logos y todos los elementos de la parafernalia propagandística típica de la época son fácilmente hallables en la web. Semejante fenómeno continúa vigente en sus facetas industriales, comerciales e históricas, incluyendo un Museum of Cider en plena ciudad de Hereford.


El cine y las series han enriquecido el canon holmesiano sumando detalles pertenecientes a la temática que nos convoca en 221pipas. En este caso, el consumo de una antigua, rica y refrescante bebida no siempre apreciada en su justa dimensión.

Sherlock Holmes en Suiza: el puro final (degustación)

¿Qué aspecto tienen las cataratas de Reichenbach desde lo alto? La siempre evocadora pluma de Watson dibuja el panorama del siguiente modo: de hecho, es un lugar aterrador. El torrente hinchado por la nieve derretida se hunde en un inmenso abismo del que la espuma se eleva como humo de una casa en llamas. El pozo donde se precipita el río es un enorme despeñadero bordeado por rocas brillantes, negras como el carbón (...) La larga extensión de agua verde rugiendo para siempre hacia abajo, junto a la espesa y parpadeante cortina de rocío silbando para siempre hacia arriba, marean al hombre con su grito medio humano... Lo que se dice el lugar ideal para el encuentro de dos archienemigos que buscan eliminarse, y es exactamente el marco paisajístico en donde Holmes y Moriarty acabarán enfrentándose la mañana del 4 de mayo de 1891. Pero antes nos falta conjeturar un último elemento de la cena final en el Englischer Hof. Ya divagamos acerca de platos y bebidas espirituosas: St. Galler Bratwusrt con papas rösti y Eau de Vie de Poire Williams.


En presencia de dos fumadores regulares -uno moderado y otro frenético- lo que falta es tabaco. Tampoco hay aquí demasiadas dudas sobre la identidad del producto suizo típico para tal fin, abundante y asequible a finales del siglo XIX. Hablamos del cigarro llamado Brissago o Virginia (cigarro de la paja en los países de habla hispana), muy famoso en todo el Occidente decimonónico debido a su curiosa silueta conformada por una longitud generosa, un calibre reducido y una hebra vegetal que lo atraviesa de lado a lado. Esta última característica constituyó siempre el sello inconfundible del producto y perseguía cierta finalidad práctica: mantener un canal de aire para evitar obstrucciones que dificultan el tiraje, tan comunes en otros modelos largos y finos. Aunque su fabricación a gran escala fue iniciada en Austria alrededor de 1844, lo que nos interesa es la manufactura continuada poco después en Brissago, la localidad suiza homónima a una de sus denominaciones. Actualmente perdió su antigua fama internacional, pero continúa produciéndose de forma localizada en el centro de Europa.


Hace varios años, un imprevisto paso por el aeropuerto de Viena me permitió adquirir y atesorar algunas cajas de este artículo singular en diversos rótulos comerciales. Para la ocasión seleccioné un ejemplar de la casa suiza Villiger, célebre mundialmente por su variopinta oferta de cigarros con precios accesibles. La evaluación comenzó retirando la hebra vegetal (que el modernismo sustituyó por plástico), imprescindible antes de acercar la llama. Su diámetro estrecho como un cigarrillo no impidió el encendido cómodo y un tiro perfecto de principio a fin. Los matices aromáticos evocan tonos terrosos y amaderados mientras desarrolla un sabor de cuerpo medio, rico en volumen pero nada agresivo. Por su configuración angosta y estilizada no produce las grandes cantidades de humo tan comunes en otros módulos de formatos habaneros tradicionales, como robustos y coronas. Llevándolo con calma, el tiempo total de combustión puede estimarse aproximadamente en una hora, suficiente para apreciar sus cualidades de manera reflexiva.


Así creemos que fumaron Holmes y Watson aquella noche previa al día más dramático de todo el acontecer sherlockiano original. Y así lo evocamos luego de ciento treinta años.

Sherlock Holmes en Suiza: el trago final (degustación)

La aparente muerte de Sherlock Holmes tras su lucha con Moriarty en El problema final (diciembre de 1893) produjo una verdadera conmoción entre el público británico (1). Durante varios meses muchos ciudadanos llevaron un brazalete negro en señal de luto mientras el Strand Magazine asistía a la mayor crisis de ventas desde su salida al mercado: en poco tiempo fueron canceladas 20.000 suscripciones. Los lectores se negaban a aceptar la desaparición del gran detective y su creador debió soportar una avalancha de correspondencia plagada de condolencias, súplicas e insultos por igual. Actualmente todo forma parte de la afición sherlockiana y podemos juzgarlo como un incidente más en la carrera del personaje, tal vez porque pasaron ciento treinta años o porque sabemos bien que una década después reapareció vivo y saludable. Pero nada de eso podían predecir entonces aquellos miles de victorianos entusiastas. En ese momento histórico, la sola mención de Suiza, el pueblo de Meiringen o las cataratas de Reichenbach debió haber sido una puñalada certera en pleno corazón de sus afectos literarios.


Siguiendo los acontecimientos reseñados en la entrada anterior, tenemos al protagonista y su inseparable compañero cenando (de acuerdo a nuestras especulaciones) un plato suizo típico en el Englischer Hof la noche del 3 de mayo de 1891. Quizás bebieron vino o tal vez cerveza, pero podemos suponer con bastante convicción que la comida fue seguida por alguna bebida espirituosa apta para calmar los ánimos -entre tanto peligro inminente- antes de ir a dormir. Si consideramos su ubicación circunstancial en una aldea alpina a fines del siglo XIX, la posibilidad con mayores chances históricas es un Eau de Vie. Este aguardiente se elabora mediante la fermentación y doble destilación de algún jugo de frutas hasta obtener alcohol transparente de alta pureza. Un antiquísimo procedimiento que se remonta a la Edad Media, cuando fue descubierto, perfeccionado y puesto en práctica por los monjes europeos, utilizando como materia prima las frutas de estación disponibles en diferentes regiones del Viejo Mundo.


Para la ocasión elegí el llamado Eau de Vie de Poire Williams (aguardiente de peras en español, pear brandy en inglés), muy tradicional en el cantón de Valais y bien conocido en toda Suiza. Se trata de un ejemplar argentino marca Christallino, hecho con frutas patagónicas de primera calidad. La mayor parte de su producción se exporta (precisamente a Europa), aunque es posible conseguirlo localmente en cantidades limitadas. Servido frío, tal cual recomiendan sus elaboradores, presenta un color transparente con levísimos destellos verdosos que delatan la naturaleza frutada de las peras Williams. Algo similar ocurre en la nariz, donde exhibe los consabidos efluvios de alcoholes prolijamente destilados sumados a un delicado toque de frescura que va más allá de lo meramente etílico, ya que sus 40 grados no le quitan delicadeza ni estilo. Podemos decir que sin tener el color, el cuerpo ni la profundidad de los brandys vínicos o whiskys tan frecuentados en Inglaterra, es una excelente alternativa para cerrar todo tipo de cenas.


Sólo le faltaría la compañía del tabaco, más aún tratándose de un fumador inveterado como Sherlock Holmes. ¿Qué producto estaría disponible por los Alpes helvéticos en tiempos decimonónicos? A eso nos vamos a referir en la próxima entrada, muy pronto.

Notas:

(1) ¿Puede un hecho imaginario producir semejante reacción? La literatura, el cine y otras artes están llenas de ejemplos que así lo demuestran. Lo cierto es que cada vez que Watson habla de algún caso (muchas veces citando fechas) el lector siente que es una cuestión de historia. Como bien asegura un colega blogger holmesiano: "es la suspensión de la incredulidad en su máxima expresión".

Sherlock Holmes en Suiza: la cena final (degustación)

Él es el Napoleón de crimen, Watson. Es el organizador de la mitad del mal y de casi todo lo que pasa desapercibido en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene un cerebro de primer orden. Está sentado inmóvil, como una araña en el centro de su tela, pero esa tela tiene mil ramificaciones y él conoce bien el movimiento de cada una de ellas... Así describe Sherlock Holmes a su archienemigo Profesor Moriarty, personaje creado especialmente por Arthur Conan Doyle para un último encuentro fatal (que finalmente no lo sería) en las cataratas suizas de Reichenbach. Todo forma parte del vigésimo sexto relato del canon, llamado El problema final, nombre suficientemente elocuente como para inferir que el autor había decidido acabar para siempre con su creación más célebre y exitosa. Pero quizás por aquello de "cada hombre tiene una segunda oportunidad", el detective volvió a aparecer sano y salvo varios años después -para deleite de sus fanáticos- con el fin de retomar sus aventuras hasta completar otras treinta y cuatro historias.


El famoso salto de aguas constituye un sitio real en el cantón de Berna, al oeste del país helvético. A un kilómetro de allí se ubica el pueblo de Meiringen (1), hacia donde el detective y el doctor se dirigen luego de salir apresuradamente de Londres en un sinuoso periplo que los lleva primero por Bruselas, Estrasburgo y el Valle del Ródano. Según puntualiza Watson, el arribo se produce el 3 de mayo, es decir en la jornada anterior al desenlace del argumento. También sabemos que se hospedan en el Englischer Hof, regenteado por Peter Steiler. Ergo, queda claro que pasan al menos una noche en el lugar, con la razonable suposición de que ello incluye la cena. Comenzamos así una serie de tres entradas consecutivas destinadas a especular sobre lo que Holmes y Watson comieron, bebieron y fumaron en aquella histórica oportunidad. Nuestra hipótesis se basa más que nada en el lugar y la época, concluyendo que tanto platos como bebidas y tabacos debieron ser muy típicos de Suiza a finales del siglo XIX. Hacia allá vamos entonces, empezando por una vianda tan tradicional como apetitosa.


Las St. Galler Bratwurst y las papas rösti son dos preparaciones emblemáticas de esa cocina nacional que pueden conjugarse perfectamente en una misma pitanza. Tenemos salchichas parrilleras por un lado y cierta especie de pequeñas "tortillas" de papa rayada por otro. Lo más parecido que pude conseguir a los embutidos en cuestión fueron unas genuinas Thuringen Bratwürste (2) hechas a base de carne de cerdo tierna tocada por un ligero condimento de cardamomo, macis, jenjibre y pimienta. Para preparar las rösti hay que rallar papas -secándolas luego con un paño para evitar el exceso de agua- y agregarles pizca de manteca, sal y pimienta mientras se amasan, aplastan y cortan hasta lograr discos de 6 o 7 centímetros de díametro y 1 de espesor. Normalmente se realizan las correspondientes cocciones completas en parrilla, plancha o sartén, pero preferí inciar el proceso en horno para terminar con un dorado final en sartén, según ilustran las fotos del caso. El resultado fue muy rico, pletórico de sensaciones que combinan el sabor delicado de las salchichas (nada picantes) con la consistencia crujiente de las papas.


Una cena simple pero completa, seguida con seguridad por la sobremesa de bebidas bajativas y tabaco: el momento reflexivo ideal para sobrellevar días signados por la intriga y el peligro. Seguiremos con este hilo en la próxima, acompañando a los héroes.

Notas:

(1) La actual comuna de Meiringen no ha desaprovechado las enormes posibilidades turísticas que ofrece el hecho de ser un espacio de culto para los entusiastas sherlockianos. Sus atractivos, además de las cataratas, incluyen estatuas alegóricas y un museo temático con réplica propia de Baker Street 221B.


(2) De la marca Bratwurst Argentina. www.bratwurst-argentina.com