221pipas, la monografía

El sagaz Pompeyo y la pista de anisado

Dentro del segmento de productos para consumo directo de la población, las bebidas alcohólicas ocupaban un lugar destacado entre las importaciones británicas a fines del siglo XIX. Múltiples tipos de vinos, aguardientes y licores recalaban en los puertos del Reino Unido para abastecer a una creciente y sedienta masa de bebedores regulares. Las procedencias eran ciertamente diversas, pero todo aquello elaborado en Europa tenía una lógica prevalencia por razones de cercanía geográfica y compatibilidad histórica. En ese contexto, no debe sorprender que Francia ocupara el primer lugar en las estadísticas, ya que por ese entonces ningún otro país contaba con una industria vitivinícola y alcoholera de semejante envergadura, a lo que se añadía un prestigio cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Independientemente de marcas o precios, cualquier botella etiquetada con la inclusión de la frase Produit de France era una contraseña de calidad a los ojos del consumidor victoriano típico.


Las llamadas bebidas anisadas o licores anisados se habían vuelto bastante célebres desde los albores del siglo XIX. En sus comienzos fueron utilizadas al modo de tónicos curativos para las tropas (ya hemos visto en otras entradas que el alcohol como medicina era algo común por entonces), pero su sabor agradable pronto las convirtió en una buena alternativa productiva a escala comercial. Hacia las décadas finales decimonónicas los anisados franceses al estilo del Pastis de Marseille eran muy requeridos en todo el territorio europeo continental, sobre todo entre las clases acomodadas y los círculos artísticos. En Inglaterra, si bien las costumbres no los hacían tan abundantes como el brandy, el whisky o el gin, resultaban bastante fáciles de conseguir. Sherlock Holmes nos brinda una inesperada pauta de esta realidad histórica en el relato El tres cuartos desaparecido, publicado por el Strand Magazine en agosto de 1904. Se trata de una curiosa y simpática estampa que, paradójicamente, no pertenece al grupo de los consumos humanos que aquí solemos analizar... sino al de los estimulantes caninos.


El asunto inicia cuando Holmes se ve obligado a seguir el recorrido de un carruaje que realiza el mismo viaje todos los días en una zona descampada. Por obvias razones, no puede hacerlo personalmente sin ser visto. La reproducción de algunos fragmentos del texto explica bien lo que ocurre algunas horas después en el sitio desde donde el vehículo inicia su camino. El detective, munido de un perro "rechoncho, de orejas caídas, color blanco y fuego, algo entre un beagle y un foxhound", le dice a Watson: permítame presentarle a Pompeyo, el orgullo de los sabuesos de arrastre locales. No es un gran corredor sino un acérrimo sabueso que busca rastros. Al instante de olisquear el lugar, el perro echa a andar calle abajo tirando su correa en un esfuerzo por ir más rápido. Watson pregunta entonces: ¿qué ha hecho usted Holmes? La respuesta del detective es simple y contundente: entré en el patio esta mañana y disparé mi jeringa llena de anisado sobre las ruedas traseras del carruaje. ¡Un sabueso seguirá el anisado desde aquí hasta John O'Groats! (pueblo de Escocia).


El tres cuartos desaparecido nunca fue llevado a la pantalla (1), pero en El signo de los cuatro existe una secuencia similar, esta vez con el perro Toby y sin bebidas de por medio, muy bien filmada y ambientada por Granada TV a mediados de los años ochenta. Holmes, Watson, Pompeyo y una aromática pista de anisado. Otro interesante cuadro de la saga sherlockiana.

Notas:

(1) No considero la versión realizada durante la época del cine mudo en la serie de películas protagonizadas por Eille Norwood durante la década de 1920. Es demasiado antigua, oscura y alejada de la trama original como para tenerla en cuenta.

Probando la comida rústica del "Champion Jack" (degustación)

El colegio Priory es un relato corto publicado por el Strand Magazine en febrero de 1904 y compilado más tarde en la colección El regreso de Sherlock Holmes. Lo hemos mencionado aquí varias veces debido a la presencia de Reuben Hayes, un siniestro mesonero que regentea la sórdida posada The Fighting Cock mientras fuma su pipa de arcilla. Hacia allí se dirige el dúo estelar durante ciertas investigaciones de campo en parajes situados al norte de Inglaterra. Ahora bien, el texto original sólo indica que pasan por el lugar, sospechan algo y deciden quedarse a cenar sin perder la oportunidad de echar un vistazo. No hay mayores aclaraciones sobre lo que comen o beben más allá de algunas referencias relativas al horario (se había hecho casi de noche) y otros pormenores que hacen a la trama central del caso. Pero la excelente interpretación televisiva de Granada TV del año 1986 se toma algunas libertades respecto al argumento primigenio. Un verdadero alborozo para nuestro blog, ya que tales diferencias tienen mucho que ver con los detalles gastronómicos que tanto nos interesan en este espacio.


Según el prestigioso serial británico, los protagonistas arriban a un pequeño caserío campestre y dan con el comercio en cuestión, señalado en este caso bajo el apelativo análogo de Champion Jack, que también alude a un gallo de pelea. Previa consulta sobre la posibilidad de conseguir "algún refrigerio" la escena nos muestra el interior del local con ambos paladines sentados a la mesa. Luego de un intercambio de palabras entre ellos y Hayes aparece la sufrida esposa (personaje creado por la TV) con un plato que contiene, según sus propias palabras en inglés, white pudding, swedes and nips. La comida es sólo para Watson, ya que Holmes prefiere fumar un cigarrillo y beber cerveza. Es entonces cuando el detective le pregunta a su compañero cómo está la comida, a lo que éste responde textualmente: esto está asqueroso, Holmes. Una duda surge de inmediato: ¿era ese cocido tan poco apetitoso por la naturaleza de sus componentes, porque estaba mal preparado o por un poco de ambas cosas? Para responder el interrogante me dispuse a cocinarlo según la más simple de las modalidades posibles.


El white pudding inglés no es otra cosa que la butifarra o morcilla blanca española, un embutido de cerdo sin la sangre característica de su similar negro. Los swedes y nips son diferentes variantes del nabo redondo, propio y típico de todo el continente europeo. Aquí en Argentina es posible conseguir la butifarra, aunque no se producen los nabos redondos sino el llamado nabo japonés, de forma similar a la zanahoria. A los citados sumé un poco de rábanos, que también pertenecen a la familia de las coles. La cocción fue un hervor de veinte minutos en caldo simple con aderezo final de sal, pimienta, pizca de aceite y toque de perejil. En otras palabras, nada muy elaborado. ¿Qué se puede decir? La butifarra, de naturaleza suave, no tiene el picor ni la gracia de otros embutidos mucho más sabrosos como chorizos o longanizas. Los nabos tampoco se destacan por ser muy estimulantes, aunque queda claro que resulta bastante sencillo mejorar el resultado con apenas un poco de imaginación y creatividad: algo de salsa para la butifarra o un gratinado con queso para los nabos, por ejemplo, serían avances considerables.


El corolario es que se trata de una preparación muy básica, incluso algo anodina, pero perfectamente comestible. Sin embargo, es mejor valorar los diálogos de la escena por su contexto de ubicación y época: una posada pueblerina sombría, burda y mal atendida en los albores del siglo XX, cierta cocinera no muy dedicada e incluso -quizás- la existencia de comidas preparadas hace días a la espera de algún ocasional cliente. Teniendo en cuenta ese cuadro, desde aquí adherimos al comentario vituperante del doctor Watson en su visita al Champion Jack.

Puros secos, tabaco reciclado y pipas chamuscadas: los peores hábitos tabaquísticos de Sherlock Holmes

Durante las primeras entradas de este blog hablamos sobre la condición tabaquística chapucera del héroe bajo el título El mejor detective, el peor fumador. Decíamos allí que, lejos de utilizar su saber técnico erudito (1) para sublimar el propio placer de fumar, Sherlock Holmes contaba con casi todos los defectos que hacen al típico adicto nicotínico compulsivo: abuso cuantitativo, desinterés cualitativo, apresuramiento, descuido en la limpieza de utensilios, desaprensión por las formas. Ello abarca no solamente la emblemática pipa sino también a los cigarros puros, lo cual contrasta fuertemente con su actitud sibarita frente al consumo de alimentos y bebidas tan evidente en muchas ocasiones canónicas. Así como resulta notoria su afición por los buenos restaurantes y los vinos de renombre, el protagonista de la saga fuma el tabaco más barato, tosco y masivo disponible en la Inglaterra victoriana -incluso reutilizándolo luego de quemado-, carboniza sus pipas y seca sus puros.


En esta ocasión vamos a analizar con más detenimiento lo peor de tales hábitos, empezando por la práctica matutina de fumar su primera pipa cargada con los restos del día anterior "cuidadosamente secados y recogidos en la repisa de la chimenea", tal cual lo describe el doctor Watson promediando el relato El pulgar de ingeniero. Más allá de lo poco edificante que suena de por sí semejante costumbre, vale decir que sólo es factible recuperando aquellas hebras de tabaco que hayan quedado sin incinerar o parcialmente quemadas entre los residuos de ceniza. ¿Se imaginan al gran detective con su lupa y una pequeña pinza de precisión realizando dicha labor? Por cierto, no es imposible (alguna vez lo hice) y el resultado tiene ese sabor pesado, alquitranado y rancio del tabaco que ha sufrido combustiones defectuosas. Hace falta señalar que Doyle se apunta aquí un acierto manteniendo la lógica del fumador frenético que pensó para el personaje, ya que los desechos de tabaco a medio quemar son consecuencia inevitable de una fumada desprolija, apresurada e incompleta. O sea, cien por ciento al modo Sherlock Holmes.


Tales zafiedades no le van en zaga al trato físico que dispensa a sus pipas. La cosa va más allá del consabido desaseo e incluye un aparente empeño por achicharrarlas de formas que cualquier aficionado escrupuloso no dudaría en calificar como crueles. La estampa más conocida (2) se produce en Copper Beeches, cuando toma una brasa incandescente de la chimenea y prende con ella su larga pipa Cherrywood. Algo del mismo tenor sucede en La aventura de Charles Augustus Milverton, poniendo de manifiesto otra práctica bien dañina: el encendido en llamas laterales (en este caso una lámpara de gas), capaces de chamuscar irremediablemente los costados y bordes de las cazoletas. Pero el sabueso de Baker Street también fumaba puros. ¿Acaso los conservaba en lugares frescos y dotados de una buena humedad? Nada de eso: en El ritual de los Musgrave, Watson deja bien claro que el sitio elegido es nada más y nada menos que un balde de carbón junto al fuego, con lo cual se asegura el deterioro rápido por calor y deshidratación. Por lo visto, no tenía problemas en consumir cigarros secos y agrietados.


Pero así era él. Un cerebro magistral para el razonamiento y la deducción, un bohemio despreocupado para la vida cotidiana.

Notas:

(1) No hay razón para dudar del calificativo frente al autor de una monografía sobre las características y diferencias de 140 variedades de tabaco.
(2) Varias veces reproducida por el cine y la TV en el marco de distintas historias. El sabueso de los Baskerville (1959) la exhibe incluso dos veces: una al comienzo, en Baker Street, y otra en la mansión Baskerville, con el argumento avanzado. Para este último caso la brasa utilizada tiene un tamaño grotesco -varias veces superior a todo el cuerpo de la pipa- y además presenta llama viva directa.

Whisky con soda, esa costumbre victoriana (degustación)

Creo que tomaré un whisky con soda y un cigarro después de este interrogatorio... Las textuales palabras pertenecen al detective ficticio más exitoso de todos los tiempos en el relato El aristócrata solterón, aunque no es la única cita de su tipo que podemos hallar en las historias originales. Bien al contrario, la vieja bebida espirituosa acredita una respetable cantidad de alusiones directas e incontrovertibles (1). Podemos observar referencias sobre su consumo en Estudio en Escarlata (2), El signo de los cuatro, La liga de los pelirrojos, El aristócrata solterón y El negro Peter. El dispendio whiskero no constituye un dato menor debido a su reiteración y al hecho de que, excepto un único caso, siempre ocurre dentro del domicilio central de la saga, es decir en Baker Street 221B. Lo bebe Holmes y también Watson, quienes a su vez no dejan de convidar a terceras personas, como el inspector Tobías Gregson de Scotland Yard. En resumen: el whisky parece ser algo tan común allí como el café, el té, el tabaco o los desayunos rotundos de la señora Hudson.


Buena parte de las marcas y destilerías escocesas mejor reconocidas en la actualidad nacieron en la centuria decimonovena, como Glenlivet (1823), Cardhu (1824), Talisker (1831), Glen Scotia (1832), Glenmorangie (1843) y Knockando (1898), por citar algunos ejemplos dentro de un total mucho mayor. Hacia el filo del 1900, la tendencia se veía fortalecida gracias a una agresiva campaña de publicidad encarada por las empresas más importantes del sector. No es de extrañar que durante dicha etapa el whisky se fuera consolidando como el licor favorito de los anglosajones en detrimento del tradicional brandy. Esta es una de las tantas postales de época que nos brinda la saga sherlockiana sobre el acontecer social y económico de aquel tiempo, y por eso decidí encarar una degustación figurativa al modo más común que se acostumbraba en las décadas de 1880 y 1890, o sea, agregándole una cierta cantidad de soda (o agua en su defecto), tal cual lo señalan casi todas las ocasiones reseñadas. Descarté el hielo, ya que hablamos de un período en el que aún no había sistemas domésticos de refrigeración (los primeros datan de 1913).


Tampoco existían por entonces los segmentos y jerarquías de calidad tan comunes a las marcas actuales. Por lo general, cada empresa tenía un único ejemplar en el mercado. En semejante contexto, ¿qué whisky para consumo corriente podía procurarse un hombre de clase media como Sherlock Holmes? Quizás uno simple, accesible, fácil de encontrar en las tiendas del ramo. Hoy, dichos rasgos se aplican perfectamente a Johnny Walker Red Label, un rótulo famoso, bastante antiguo y cualitativamente aceptable para millones de personas. A causa de esa misma fama no hay mucho para decir sobre él que no sea ya conocido, pero el meollo del asunto está en el agregado de soda muy característico entre los victorianos. ¿Cuál es el resultado de esta práctica? Un trago de buen tenor alcohólico pero a la vez refrescante y abordable en cualquier momento del día, apto para acompañar charlas, asuntos de negocios o para relajarse luego de la jornada diaria. Pensada en esos términos, el agua burbujeante disminuye la pesadez alcohólica y otorga frescor sin afectar demasiado el sabor primario. Más aún tratándose de un escocés modesto pero noble, como el afamado "etiqueta roja".


Holmes, el whisky y la soda. Otra faceta costumbrista escondida en la saga del gran investigador.

Notas:

(1) Al igual que en la monografía de 221pipas, no contabilizo las menciones que transcurren fuera del Reino Unido.
(2) En Estudio en Escarlata y El Valle del Terror existen partes de la trama que acontecen en Estados Unidos con numerosas citas del producto, todas ellas designadas inequívocamente como whiskey y no como whisky. Ello lleva a pensar que Doyle conocía las diferencias nominales y regionales entre los especímenes americanos y el auténtico whisky escocés. Aún así, la primera referencia de Estudio en Escarlata (ubicada en Baker Street) está apuntada como whiskey y es la única que parece encontrarse "fuera de lugar": todas las demás que transcurren en Inglaterra hablan de whisky. Sin embargo, el nombre whiskey también se utiliza para designar a los ejemplares elaborados en Irlanda, lo que vuelve un poco más creíble su presencia en Londres a fines del siglo XIX.

Ron, tasajo y galleta: tres consumos marinos en dos relatos holmesianos

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Reino Unido vivía un tiempo de grandes cambios impulsados por el extraordinario avance del conocimiento científico y las innovaciones tecnológicas. En ese orden de cosas no tardó en desarrollarse cierta literatura popular llamada novela de aventuras, reconocible por los relatos de viajes y descubrimientos enmarcados en riesgosas travesías. El fenómeno resultó extensible a muchos autores europeos célebres de la época, como los franceses Julio Verne y Alejandro Dumas o los ingleses Herbert G. Wells y Robert Louis Stevenson, entre otros. No obstante la diversidad de naciones involucradas en dicha tendencia, resulta evidente que la épica marinera británica tuvo mucho que ver con el color y la atmósfera del género. Las historias sherlockianas originales no son ajenas a ello; bien al contrario, abundan en referencias sobre el universo náutico, sus personajes y sus costumbres, en parte por aquella realidad y también por la propia experiencia de Arthur Conan Doyle como médico de la marina mercante.


Tal vez el relato más consustanciado con el mar sea La Gloria Scott, ambientado en 1875, durante los años de juventud de Holmes. La trama merodea en torno a los turbulentos recuerdos del anciano juez de paz Trevor, que incluyen cierto viaje por los mares del sur cargado de intrigas y asesinatos. En la narración se habla de un grupo de amotinados expulsados del navío y abandonados a su suerte a bordo de un bote, todo ello con el único suministro de tres barriles: uno de agua, otro de tasajo (junk) y otro de galleta (biscuits). Como muchos saben, estos parcos alimentos formaron parte de la dieta naval durante siglos. El tasajo no era otra cosa que carne cortada en lonjas y conservada en sal (1), cuyo desagradable sabor cuenta con innumerables testimonios literarios desde la antigüedad. La galleta, conocida fuera del ambiente como galleta marinera, estaba conformada por piezas extremadamente duras, secas y saladas, pero muy útiles por su notable capacidad de conservación, que podía alcanzar largos meses y hasta años.


Ahora bien, más allá del alimento, cualquier hombre de mar victoriano le hubiera otorgado mayor importancia a otro antiquísimo suministro de los barcos. En efecto, el legendario aguardiente de caña conocido como ron, rum o rhum fue establecido como parte de las raciones alrededor del año 1700 y continuó siendo un derecho del personal a bordo hasta 1970, cuando la Royal Navy decidió abolir definitivamente esta antigua costumbre (2). Hacia sus últimos años se trataba de un casi anecdótico octavo de pinta diaria (60 cc) frente a la media pinta del siglo XVIII (casi 250 cc), dos veces por día y al grito de ¡manténganse firmes por el Espíritu Santo! La elección de una bebida específica responde a cierta lógica geográfica y económica: el ron era barato, abundante y fácilmente asequible por las colonias del caribe. Su aparición en el canon holmesiano se produce en El negro Peter, donde vemos una botella abierta y dos vasos en la escena del crimen, ocurrido durante una áspera reunión entre viejos marineros con amplia experiencia en barcos balleneros y foqueros. Es decir, toda una estampa de la época.


Como hemos visto, no sólo se trata de trenes, carruajes, restaurantes urbanos o cálidas posadas campestres. En la saga de Sherlock Holmes también hay duras historias de barcos, cerriles comestibles y ásperos alcoholes.

Notas:

(1) No confundir con la carne secada al sol conocida en América como charque o charqui, exclusiva de los elevados y desérticos valles andinos e imposible de elaborar por medios naturales en regiones húmedas.
(2) Pusser's, una popular marca británica, se atribuye hoy la exclusividad en elaboración de rones con la vieja impronta naval, incluyendo la categoría del ardoroso gunpowder proof y sus 55 grados alcohólicos.


Un tabaco para la caja truculenta (degustación)

La caja de cartón es un relato corto publicado por el Strand Magazine en enero de 1893. De acuerdo al orden respetado siempre para posteriores compilaciones en libro debería formar parte de las Memorias de Sherlock Holmes, pero nunca fue así. El motivo de semejante ausencia responde a un criterio moral: debido a su temática controvertida para las costumbres victorianas fue incluido recién en Su última reverencia, una colección lanzada en 1917, veinticuatro años después de aquella aparición primigenia. Este caso de sobresalto cronológico es único en el devenir literario holmesiano y constituye una verdadera curiosidad por sí mismo, pero desde luego que nos interesa más otro punto relacionado con los consumos tabaquísticos según el propio título de la historia. El contenido de esa caja misteriosa enviada por correo al domicilio de cierta mujer es bastante macabro (una oreja humana conservada en sal), aunque nuestra mirada se enfoca en lo que dicho envase portaba originalmente, de fábrica, según la inequívoca descripción del inspector Lestrade: media libra de tabaco honeydew.


En la industria tabacalera de nuestros días, el nombre honeydew (rocío de miel) alude a una variedad poco frecuentada por fabricantes y consumidores, casi siempre edulcorada y aromatizada con melaza, vainilla u otros componentes similares. Pero las cosas eran bien diferentes a finales del siglo XIX, cuando el producto en cuestión se contaba entre los tabacos para pipa más populares del Reino Unido. Un somero escrutinio numérico realizado sobre la completa lista del sitio tobaccocollectibles.co.uk da como resultado la existencia de cincuenta y ocho productos diferentes rotulados como honeydew en el mercado de aquel tiempo (1), elaborados por múltiples manufacturas. Las descripciones técnicas asequibles en documentos antiguos (2) dejan claro además que el honeydew decimonónico era una especie de cavendish de color más claro, bastante fuerte en sabor, a veces endulzado y otras no. O sea que a pesar del nombre tan evocador de azúcares y mieles, su perfil organoléptico transitaba por el lado de la potencia.


Considerando entonces que ninguno de los ejemplares así denominados actualmente responde bien a dicha silueta, decidí interpretar el asunto libremente para realizar una cata simbólica. ¿Qué tabaco moderno podría ser parecido a un cavendish, pero no muy dulce, de color más claro y cierta robustez en el sabor? Desde mi punto de vista, lo único cercano por disponibilidad y precio al momento de encarar el análisis fue el blend Holger Danske Original, compuesto mayormente por los tipos Virginia y Black Cavendish. Tal mixtura le otorga la señalada característica más clara, no por serlo íntegramente sino por tener una mayoría de hebras bastante pálidas (de Virginia) con otras pocas oscuras (de Cavendish). En el aroma y el paladar se condice bien con ese "término medio" que podría representar al honeydew de antaño, mostrando algún leve toque de dulzor dentro de valores muy equilibrados, naturales y plenos de sabor, pero sin ningún tipo de condimento exacerbado. Ello explica satisfactoriamente su antigua popularidad entre los fumadores británicos, consecuente con su amplia profusión por los comercios.


Si bien aquella caja apuntada por la pluma de Doyle acabó su vida útil con un propósito siniestro, sabemos que en sus orígenes contuvo un artículo presente en miles de pipas y humos de la vieja Inglaterra.

Notas:

(1) Tomando como base el período 1880-1920.
(2) Por ejemplo, The Tobacconist: A Practical Guide to the Retail Tobacco in all its Branches. W.R. Loftus (1881)

Las pipas de Downey Jr.

En entradas pasadas nos hemos referido al dueto de películas protagonizadas por Robert Downey Jr. estrenadas hace poco más de una década con gran suceso comercial: Sherlock Holmes (2009) y Sherlock Holmes, Juego de Sombras (2011). Ambas piezas constituyen un buen material para este blog, ya que resultan muy prolíficas en cuanto a los elementos gastronómicos y tabaquísticos que acostumbramos analizar. Hay en ellas menciones y escenas relativas a restaurantes, comidas, bebidas y tabacos, sin olvidar desde luego las pipas que toda pieza del género holmesiano debe incluir para ser considerada mínimamente genuina, al menos para quien suscribe. En el caso que nos ocupa podemos decir que la gracia no está tanto en la variedad, sino en lo singular y colorido de los modelos elegidos para adornar la figura del gran detective. De hecho, a mi entender, ninguna producción ha sido tan original al respecto. Varios filmes y series lograron presentar un repertorio pipero bastante amplio, pero veremos a continuación que en el caso de Downey Jr. hay un par de curiosidades para destacar por su carácter infrecuente.

Comenzaremos por los dos ejemplares que muestran el costado inaudito del que hablamos, plasmados en la secuela del año 2011. El primero se presenta en la parte inicial de la película, donde vemos al personaje central disfrazado de inmigrante chino. En cierto momento, durante el transcurso de una subasta pública, las circunstancias lo obligan a provocar intencionalmente un principio de incendio recurriendo a su pipa de bambú, cuya identidad queda bien revelada no obstante lo breve del pantallazo. La cosa adquiere mucho sentido considerando la citada simulación de identidad, dado que el bambú es originario del extremo oriente. Más tarde, en medio de balaceras a bordo de un tren (y con Holmes disfrazado de nuevo), podemos apreciar otra cachimba no menos desusada en las historias de nuestro héroe: una pipa india, llamada así por no por la antigua colonia británica de Asia sino por corresponder a un formato típico de los nativos americanos. Eventualmente se la conoce también como pipa cherokee, pipa lakota o pipa sioux, aunque existen diversas matrices con distintos tamaños y decoraciones (1). No hace falta remarcar que ningún relato canónico presenta nada por el estilo, ni tampoco otras obras del cine o la televisión. Lo que se dice toda una audacia creativa.


Por supuesto, nunca faltan los arquetipos clásicos consustanciados con el estilo europeo. Así sucede en muchas escenas del primer film que contienen la pipa recta de estilo tradicional, líneas sobrias y tamaño regular. No es difícil hallar su filiación marcaria y modelo exacto gracias a numerosos aficionados expertos que vuelcan sus conocimientos en la web: se trata de una reconocida Savinelli King Cross Featherweight. A diferencia de las inusuales rarezas reseñadas antes, esta pipa remite a algunos de los dibujos realizados por Sidney Paget para adornar los textos primigenios publicados a fines del siglo XIX. Finalmente, breves instantes antes del cuadro final en Juego de Sombras, Holmes hace uso de cierto espécimen muy elegante y estilizado: la pipa Butz Choquin L1116, que contiene algunos rasgos de las alargadas churchwarden dentro de un tamaño más reducido. Para quienes no están en el tema, tanto Savinelli como Butz Choquin se cuentan entre los rótulos de mayor calidad y prestigio a nivel internacional. Tratándose de una superproducción millonaria, al parecer, no escatimaron en gastos.


Otra faceta del detective analítico y sagaz por antonomasia en la pantalla grande. Las dos cintas han sido elogiadas por algunos y defenestradas por otros sin detrimento de una recaudación que las convirtió en éxitos resonantes. Desde aquí podemos asegurar que con las pipas, al menos, lograron cierto toque de distinción.

Notas:

(1) No es difícil obtenerlas en nuestros días, nuevas, a precios muy módicos. Se fabrican con diferentes maderas, múltiples ornamentos tallados y dimensiones casi siempre pequeñas.