221pipas, la monografía

Probando un cocktail victoriano típico en Northumberland Avenue (degustación)

De acuerdo con la opinión de varios historiadores especializados, la coctelería del mundo occidental ha vivido tres "épocas doradas" bastante definidas cronológicamente. La primera tuvo lugar durante los orígenes mismos de la especialidad, a fines del siglo XIX y principios del XX, cuando la alegre y decadente belle époque se encontraba en su apogeo. Una segunda instancia se produjo entre fines de la Segunda Guerra Mundial y comienzos del decenio de 1960 merced al redescubrimiento conceptual de los placeres y el ocio. La tercera, por supuesto, se verifica ahora mismo, mientras experimentamos un auge de todas las expresiones globales relacionadas al mundo de las bebidas. De aquel primitivo despertar decimonónico se conservan algunos registros documentales (verdaderos tesoros para los estudiosos) como manuales, menciones publicitarias y referencias en cartas de bares o restaurantes. Y también, de tanto en tanto, es posible encontrar citas muy puntuales que plasmaron los escritores victorianos, tal cual sucedió con Arthur Conan Doyle en la historia El aristócrata solterón.

El argumento gira en torno a la misteriosa desaparición de la rica heredera Hatty Doran luego de su señorial matrimonio con Lord Saint Simon. Sin entrar en detalles, lo que nos interesa es cierto fragmento de factura de hotel con un par de ítems relacionados a nuestro tema bloguero, incluyendo descripción y precios: concretamente un cocktail (1 chelín) y una copa de jerez (8 peniques). El documento está incompleto (obviamente le falta el membrete), pero el precio abultado de los artículos sugiere al gran detective que se trata de un establecimiento selecto, lo cual lleva sus pesquisas a la exclusiva Northumberland Avenue de Londres. Y no es para menos, ya que en dicha arteria se erigían entonces algunos de los hoteles más lujosos de la época como el Victoria, el Grand y el Metropole, donde los clientes podían disfrutar de todo el confort y los mejores artículos disponibles. Ahora bien, al no haber mayores pormenores excepto la sola mención genérica de cocktail, el interrogante que nos convoca está referido a los tipos asequibles en una gran capital europea hacia 1880-1900. Para ello ensayé una probable respuesta, degustación mediante.


En el Bartender's Manual de Harry Johnson, publicado por primera vez en 1882, hay una receta que me pareció perfecta para reflejar la idea victoriana de lujo sin necesidad de recurrir a bebidas exóticas o ingredientes complicados. De hecho, se trata de una versión tan genuina como simple del Champagne Cobbler, trago que aún se practica en las barras de todo el mundo según fórmulas muy diversas. La que propone Johnson consta de 1/4 de vaso de agua, 1 y 1/2 copa de champagne (elegí un espumante 100% Pinot Noir), 2 piezas pequeñas de naranja por un lado, 1 rodaja de naranja ornamental por otro, una cucharada de azúcar (no muy grande) y algunas bayas para decorar, en este caso cerezas, pero pueden ser uvas, arándanos o las que dicte el gusto personal. Todo se prepara y se vierte ordenadamente en un vaso alto con hielo, según consta en las fotos adjuntas. La conclusión remite a algo bien sabido por los investigadores costumbristas: la gente de la belle époque sabía disfrutar el momento. Este espécimen de la coctelería antigua resultó un verdadero deleite por su carácter equilibrado, sabroso y refrescante por donde se lo mire, o mejor dicho, se lo pruebe.


Los relatos canónicos de Sherlock Holmes y sus consecuentes derivados del cine y la TV están salpicados permanentemente con detalles que hablan de un tiempo muy especial en la historia. Y los cocktails victorianos también fueron parte de ella.

Raciones de supervivencia en el páramo de Dartmoor

Como bien describe Raúl Blanco en la edición argentina de Terramar, "no había transcurrido un año desde el inicio del nuevo siglo (1) cuando a las puertas del Strand Magazine se formó una larga cola que daba vuelta toda la manzana. El público aguardaba por un lugar -y muchos llegaron a pagar por él- en la presentación del mayor evento editorial de las últimas décadas: el regreso de Sherlock Holmes en la novela El sabueso de los Baskerville". Vale añadir que semejante éxito no fue meramente temporal, ni muchos menos: a partir de entonces se convirtió en la narración más publicada, leída, conocida y adaptada para el cine y la TV de todo el canon holmesiano. También es el mejor ejemplo aventurero del detective y el doctor fuera de Londres, en un paraje rocoso y yermo llamado Dartmoor, en el condado de Devon, al sudoeste de Inglaterra (2). Aparte del excelente argumento en sí mismo, la clave de su celebridad reside en la atmósfera profundamente lúgubre, tenebrosa y oscura creada por la pluma de Doyle y los 60 dibujos del genial Sidney Paget que adornaron los textos originales.


Sin profundizar demasiado en la trama, basta decir que durante buena parte de la aventura Watson debe permanecer en la mansión Baskerville mientras Holmes se queda en Londres para atender otros asuntos impostergables. Pero claro, como no podía ser de otra manera, ello no es más que una triquiñuela del gran detective para viajar él también de incógnito y merodear por la zona sin ser visto durante varios días. Incidentalmente el buen doctor acaba descubriendo su escondite en cierta cueva del páramo, incluyendo el inventario de las viandas de supervivencia allí dispuestas: textualmente, una hogaza de pan, una lengua enlatada y dos latas de duraznos en conserva. No abundaremos en la hogaza de pan por ser un alimento básico conocido desde la más remota antigüedad, pero es interesante señalar que las conservas enlatadas se hallaban entonces en sus tiempos de apogeo. Luego de un inicio titubeante hacia las primeras décadas del siglo XIX (los envases metálicos no eran biológicamente seguros al principio), varios adelantos obtenidos en el último período de dicha centuria lograron asegurar una fuente casi inagotable de alimentos que se podían guardar por tiempos prolongados, en grandes cantidades y a precios accesibles mucho antes de los sistemas caseros masivos de refrigeración.


Siendo una historia tan popular y perdurable (con un personaje central que no lo es menos), existen decenas de versiones televisivas y cinematográficas que se remontan al decenio de 1920 y continúan hasta nuestros días. Observando varias de ellas resulta curioso el enfoque diferente que ofrece cada una respecto al momento en cuestión, es decir, cuando Watson descubre la cueva y se encuentra con Holmes (3). La somera selección de cuatro exégesis comienza en 1939 con el insigne dúo estelar Basil Rathbone y Nigel Bruce en una gruta bien lograda ambientalmente respecto al relato original. Veinte años después, en cambio, Peter Cushing y André Morell parecen situarse en una especie de abadía abandonada, aunque el efecto tétrico es igualmente efectivo. Para 1983 tenemos al detective encarnado por Ian Richardson acicalándose bajo el fondo luminoso de un páramo con reflejos azules. Finalmente, la prestigiosa interpretación de Jeremy Brett en 1988 añade algunos cacharros en los que Holmes parece haber improvisado cierto estofado definido por Watson (Edward Hardwicke) como "asqueroso".


Sherlock Homes frecuentaba los mejores restaurantes londinenses de su época, pero también podía soportar estoicamente las privaciones de un ambiente poco amigable. Cosas de héroe, sin dudas.

Notas:

(1) La historia apareció primero por capítulos mensuales en las ediciones del Strand entre mediados de 1901 y principios de 1902. La novela completa fue lanzada en libro en marzo de ese último año.
(2) No demasiado lejos de donde se sitúan los legendarios dólmenes neolíticos de Stonehenge (unos 160 kilómetros).


(3) Es bueno aclarar que el doctor ingresa sin tener idea de quién habita la caverna hasta que el propio detective lo sorprende allí, o sea que en realidad no se trata de Watson descubriendo a Holmes, sino al revés.

El barco humeante de Watson (degustación)

¿Le molesta el olor del tabaco fuerte?, pregunta Holmes. Yo mismo fumo siempre Del Barco, responde Watson. Dicho diálogo constituye la primera referencia tabaquística del canon sherlockiano, apuntada en las páginas iniciales de Estudio en Escarlata (1). Durante décadas, la cita en cuestión ha despertado mucha curiosidad entre expertos, historiadores, críticos literarios y lectores en general. Los interrogantes son tan naturales como obvios: ¿qué era ese producto de nombre enigmático y pintoresco? ¿Por qué razón se llamaba Del Barco un simple tabaco para pipa? (2) En principio, parece tentador relacionar semejante apelativo con alguna marca simbolizada por la imagen de un navío, pero su origen -que no tuvo ninguna motivación industrial o comercial- es mucho más antiguo. Básicamente hablamos de cierta manufactura casera realizada durante siglos por los hombres de mar a bordo de sus mismos buques, aprovechando algunos insumos muy típicos del lugar y la época: tabaco, agua, sogas y lona. Dicho de otra manera, se las arreglaban con lo que tenían a mano.


Aunque existen numerosas menciones en textos de los siglos XVIII y XIX, la mejor explicación sobre el modo de preparar tabaco Del Barco aparece a comienzos del siglo XX, cuando un cronista incidental describe muy bien las labores involucradas en el proceso (3). En sus palabras, el bloque de hojas enteras se moja primero y se envuelve en lona de barco (...) A horcajadas (entre las piernas) el marinero le va ajustando una soga alrededor hasta que la lona queda completamente cubierta. Luego define el resultado visual como un "torpedo" de tabaco compacto que lógicamente debía ser cortado y desmenuzado antes de fumarse. Afortunadamente se conservan algunos escasos pero muy ilustrativos testimonios fotográficos del producto terminado, tal cual se observa en las dos imágenes arriba de este párrafo. En una podemos ver el "torpedo" completo (con cierta etiqueta que muestra su nombre alternativo Naval Corded Plug) y en la otra se aprecia a dos marineros en plena faena de elaboración sobre la cubierta de lo que parece ser un buque de guerra británico.


Si bien ya no hay Del Barco hecho a la usanza marina de antaño, aún se puede conseguir alguno de sus émulos en la modalidad denominada twist o rope, es decir "giro" o "soga", que consiste en una especie de salchicha de tabaco prensado. El producto -siempre de manufactura rústica- es bastante abundante en el sur de Brasil, Paraguay, el norte de Argentina y Uruguay, por lo cual me propuse conseguir un ejemplar emblemático para su evaluación, en este caso proveniente de la provincia argentina de Misiones. Primeramente procedí a cortar la salchica en "monedas" angostas para después desmenuzarlas en copos. Ya en la pipa tuvo alguna que otra tardanza para completar su encendido (posee un grado de humedad bastante alto), pero una vez caliente no hubo problemas para saborear su humo espeso, corpóreo, bien acorde con los aromas que recuerdan a la carne o los embutidos en combustión junto con un marcado toque mineral. Sin dudas tiene todas la características de los tabacos intensos, con mucha presencia, aunque no es tan áspero ni picante como aparenta; más bien se trata de un contundente "bloque" de sabor. Su silueta tampoco esconde sutilezas dulces o especiadas: es honesto y directo de principio a fin.


Arthur Conan Doyle trabajó algunos años como médico en naves de la marina mercante. Seguramente por eso tuvo un contacto directo con este viejo tabaco de los mares, al que luego plasmó en sus escritos.

Notas:

(1) Varios años después de aquella alusión temprana, el tabaco Del Barco (ship's tobacco) vuelve a aparecer en la historia El negro Peter. Su vínculo con la vida náutica se hace aquí mucho más evidente: quien lo fuma es un viejo marinero con larga trayectoria en buques balleneros.
(2) En esos tiempos, la expresión Del Barco se hacía extensiva para cualquier producto consumido por el gremio naval. Un caso emblemático es el ron, bastante recurrente en crónicas antiguas y del que aún subsisten algunos émulos meramente nominales.


(3) The Handyman afloat and ashore (George Goodenough, UK, 1901)

Dos Borgoñas en Londres

La intensa relación histórica de amor-odio en Francia y Gran Bretaña se remonta a la Edad Media. Entre tantos siglos de guerras, invasiones, conquistas, alianzas e intrigas políticas (al fin y al cabo, interacciones humanas), terminaron consolidándose fuertemente los lazos comerciales y culturales. Desde la segunda mitad del siglo XIX ambas naciones pasaron a ser aliadas, pero lo cierto es que el comercio de vinos entre una (productora) y otra (consumidora) es tan antiguo como ellas mismas, vigente incluso durante los períodos de mayor rivalidad. Para una imperio naval como Gran Bretaña, la cercanía de Francia fue siempre un gran atractivo en vista de su sólida reputación como tierra de buenos productos. Durante todo el período victoriano las importaciones vínicas inglesas estuvieron claramente encabezadas por las procedencias francesa, portuguesa y española, aunque la primera constituía casi el 65% del rubro hacia 1890. En los textos holmesianos originales existen numerosas alusiones a los vinos galos, con un leve predominio del tinto bordelés (1), tan afamado en aquellos tiempos. Pero, ¿sólo ese? ¿Qué otro podemos encontrar?


Borgoña ha sido la única región francesa capaz de rivalizar con el renombre de Burdeos, su "competidora" histórica, junto a la cual componen el dúo de áreas vitivinícolas más prestigioso del mundo. Aunque cuenta con una producción mucho menor (la cuarta parte) y siempre corrió con desventajas logísticas (2), pudo enfrentar durante siglos al coloso comercial de Aquitania. Algunos viñedos comunales y ciertos vinos borgoñones han logrado una categoría de leyenda comparable a la de los Grands Crus Classes del Medoc. Ciertamente no hay cita específica alguna de sus míticas etiquetas en el canon (o sea, marcas), pero sí aparecen al menos los nombres de dos apelaciones geográficas muy reconocidas en el corazón mismo del territorio, que son Beaune y Montrachet. La primera produce un delicado tinto que Watson señala haber consumido durante su almuerzo en El signo de los cuatro. La otra es célebre por sus sofisticados vinos blancos a los que Holmes y Watson hacen honor mediante una botella abierta para acompañar perdiz fría en el relato La inquilina encubierta.


No hay manera de saber lo que Watson comió en aquel almuerzo ya que no hay referencias adicionales, pero podemos asegurar que la elección de Holmes para madirar con el ave de caza fría es digna de un sommeliere bien entrenado. De hecho, ese tipo de viandas resulta muy típica de la gastronomía europea continental extendida al Reino Unido, donde perdices, codornices, faisanes, gansos, patos y becadas han sido especies que vistieron sus mesas desde la antigüedad (3). En semejante contexto, los vinos de Borgoña se perfilan como "ideales" para dichas ocasiones, especialmente considerando el caso concreto que nos ocupa. Con su carne de sabor intenso pero también equilibrado, la perdiz fría -seguramente cocinada al horno- constituye un matrimonio perfecto junto al Montrachet, blanco originado de la uva Chardonnay que crece en terrenos calizos y pedregosos para producir vinos frescos y a la vez profundos, de sabores minerales, complejos, definidos y prolongados en el paladar.


Por lo visto, las sapiencias del detective iban más allá de lo meramente profesional y de sus aficiones conocidas por el violín, la química o la arqueología. También sabía de vinos.

Notas:

(1) Hablamos de clarete, tema del cual nos vamos a ocupar muy pronto.
(2) Mientras que Borgoña se ubica en el centro-este de Francia (antiguamente la ausencia de vías navegables implicaba dificultades de transporte), Burdeos está pegada al mar y posee un gran puerto operativo desde el siglo XII.
(3) Por supuesto, eso ha cambiado en nuestros días merced al peligro de extinción que sufren algunas de ellas.

Sandwiches, la pasión gastronómica de Sherlock Holmes (degustación)

Como hemos mencionado anteriormente, una de las peculiaridades del dúo estelar radica en su constante movimiento por las calles de Londres, los suburbios de la ciudad y ciertos pueblos de campiña próximos a la gran metrópoli. En numerosas oportunidades podemos observar al detective y el doctor pasando de una derrengada inactividad a súbitos itinerarios cuya duración resulta difícil de pronosticar. A veces son sólo minutos, otras varias horas y en ocasiones el día completo, o varios. Nuestros héroes, juntos o individualmente, salen y llegan, van y vienen, caminan largas cuadras, toman coches de alquiler (carruajes) y efectúan trayectos ferroviarios de forma casi permanente. Todo ello sin ningún patrón cronológico o climático establecido: puede ocurrir a primera hora de la mañana, a mitad del día o después de la cena; con calor o frío, en días lluviosos, soleados, brumosos, nevados, calmos o ventosos. Nada para sorprenderse, por cierto, ya que dicho ajetreo está relacionado natural y directamente con el trabajo detectivesco, sus vigilancias, sus seguimientos, su búsqueda de testigos y demás peripecias propias de la actividad.


En ese orden de cosas, las referencias sobre comidas al paso, colaciones frías, tentempiés y bocados de toda índole son bastante abundantes a lo largo de las 60 historias originales. Queda claro que nuestros héroes no siempre tenían el tiempo necesario para sentarse a la mesa y disfrutar una comida caliente. Watson soporta estoicamente dichas incomodidades ajenas a su carácter sereno y previsor, pero Holmes va un paso más allá y parece disfrutar esa falta de seguridad respecto a qué, cuándo y dónde comerá cada vez que se encuentra inmerso en la resolución de un caso. Seguramente por eso adora los sandwiches, tal cual queda bien referenciado a lo largo de los textos canónicos. Por ejemplo, podemos apreciar al protagonista llegando a Baker Street y preparándose "un pedazo de carne entre dos rebanadas de pan" (La corona de berilos) o entrando en una posada pueblerina a tomar té sin dejar de adquirir un papel de sandwiches (1) para el camino (El tratado naval). Para confirmarlo por completo basta mencionar una cita reveladora de Watson refiriéndose a Holmes, cuando asegura que "devora sandwiches a todas horas" (La segunda mancha).


Intentando revivir esos sabores y ponerme en la piel del mejor detective imaginario de todos los tiempos me propuse una degustación evocadora de tres típicos sandwiches británicos. Descartando en principio aquellos ejemplares de miga de que se sirven con el té (llamados english tea sandwiches) opté por algunos tipos de consumo casero, con un pan acorde: el barm cake, bastante parecido a lo que en estas latitudes sudamericanas denominamos figazza de manteca. (2) En cuanto a los ingredientes, todas las referencias indican que son tres los prototipos más consumidos históricamente, y así los preparé. El primero de salmón ahumado y queso crema, el segundo de huevo duro, pepino y manteca, y el tercero de pollo, tomate y mayonesa. La cosa parece simple, pero debo decir que estaban realmente muy ricos, al punto de llevarme a pensar que cada combinación es el fruto de largas décadas de prueba y error. Cualquier intento de trastocar algún ingrediente entre ellos hubiera resultado un fracaso, porque son perfectos así como fueron pensados. Sin dudas, hubo un largo camino desde el siglo XVIII, cuando el Conde de Sandwich ordenó a sus sirvientes servir una colación sencilla para poder continuar jugando cartas con sus invitados.


Y también para adornar las andanzas de dos aventureros de las justicia. Como bien dijo alguna vez el escritor Esketh Pearson (3) definiendo a Sherlock Holmes: como Don Quijote, es un caballero errante que rescata a los desafortunados y lucha con una sola mano contra los poderes de las tinieblas. Y como él, tiene a su Sancho Panza en la persona del doctor Watson.

Notas:

(1) La expresión inglesa a paper of sandwiches era típica del siglo XIX para indicar que los mismos estaban envueltos en papel o dentro de una bolsa hecha con ese material.
(2) El original barm cake se elaboraba con levadura de cerveza y adición de lúpulo. Hoy en día se hace mayormente con harinas, levaduras y métodos comerciales.
(3) Autor de la polémica biografía Conan Doyle, su vida y su arte (1945).

Nieblas, humos azules y notas de habitación

En la jerga de los aficionados a la pipa, el término "nota de habitación" (room note) remite a las opiniones de aquellas personas -excepto el propio fumador- que perciben los aromas de un tabaco determinado. Dicho de otro modo, es lo que tienen para decir quienes huelen el humo de alguien que está fumando. Por obvias razones, la cuestión resulta muy importante para los consumidores regulares que frecuentan o directamente conviven con terceras personas como familiares, parejas y amigos, por lo que este dato nunca falta en los sitios donde presentan reseñas de tabacos. Las picaduras muy potentes sin aromatizar suelen obtener las peores consideraciones, pero ello no es para nada excluyente. Existen decenas de perfiles aromáticos azucarados, frutales, herbáceos, balsámicos, especiados, ahumados, rústicos y un largo etcétera, que pueden producir reacciones muy diferentes en distintas personas. Las impresiones dulces, por ejemplo, gustan con bastante frecuencia, pero no siempre. Sin ir más lejos, el autor de estas líneas considera que los tabacos afrutados son los más "apestosos" de todos. Al fin y al cabo, hablamos de una cuestión de gustos.


Tanto Holmes como Watson eran fumadores regulares, pero el primero lo hacía (como ya hemos visto) de manera casi desaforada. Nuestro detective consumía profusamente pipas, puros y cigarrillos, en diferentes circunstancias y a toda hora del día. El frenesí de semejante adicción hizo que las sesenta historias canónicas originales estén salpicadas con comentarios al respecto. Una somera revisión acusa tanto alusiones a los aromas en sí mismos como a la densidad y el aspecto del humo, e incluso a la apariencia poco edificante que presentaban los utensilios tabaquísticos de Sherlock Holmes. En El Signo de los Cuatro, por ejemplo, Watson se refiere a las gruesas guirnaldas azules que se elevan sobre la vieja pipa de brezo del héroe, lo cual reitera en Escándalo en Bohemia cuando habla de una "gran nube azul" de humo, pero esta vez generada por cierto cigarrillo. La misma analogía se repite en Las cinco semillas de naranja con los "anillos azules de humo" que producen Holmes y su cachimba.


El sabueso de los Baskerville contiene una estampa mucho más cruda y destemplada sobre la cuestión. Al ingresar en el apartamento de Baker Street, Watson señala lo siguiente: fueron los vapores acre (1) del tabaco áspero y fuerte los que me agarraron por la garganta y me hicieron toser. A través de la bruma tuve una vaga visión de Holmes enrollado en el sillón con su negra pipa de arcilla en los labios. Y no sólo se trata de humo; en El colegio Priory el sufrido doctor describe al detective analizando un mapa, fumando sobre él y señalando los puntos de interés con el ámbar apestoso de su pipa (2). Finalmente, promediando El pintor retirado hay otra descripción del humo holmesiano que, según las palabras de su inseparable compañero, se enrosca en lentas guirnaldas de tabaco acre. Desde el punto de vista técnico del tabaco, todos estos comentarios se condicen muy bien con lo que seguramente conjugaban la apariencia y el aroma del tabaco shag en combustión: una espesa humareda hedionda y penetrante. Nada muy distinto, en definitiva, a la polución ambiental de la metrópolis londinense en aquellos años.


Tanto críticos literarios como lectores entusiastas coinciden en señalar la gran habilidad de Doyle para crear esa atmósfera particular, algo gótica, un poco lóbrega y a veces melancólica, pero siempre costumbrista y representativa de su época.

Notas:

(1) Acre (adjetivo): áspero, picante al gusto y el olfato.
(2) El ámbar es una resina vegetal fósil cuyo color suele variar en tonos que van del amarillo pálido hasta el marrón. Se la considera una piedra semi-preciosa y fue utilizada durante siglos para confeccionar diferentes utensilios y piezas de joyería. Las boquillas de ámbar eran muy comunes a fines del siglo XIX.


Sobremesa en el restaurante Goldini con curaçao y cigarros italianos (degustación)

Durante el relato Los planos del Bruce-Partington, Holmes se reúne con Watson en el restaurante italiano Goldini, de Kensington Road. Dicho encuentro se produce luego de la cena del primero (Watson llega más tarde), por lo cual no comparten la comida completa sino sólo una sobremesa bien regada con café y curaçao. En ese momento el detective le sugiere al doctor lo siguiente: pruebe uno de los cigarros del propietario. Son menos venenosos de lo que parecen. La afortunada escena plasmada en el texto resulta invalorable al enunciar varios retazos sobre las costumbres gastronómicas y tabaquísticas en el Reino Unido decimonónico. Son tres los ejes centrales para el análisis considerando el contexto urbano de Londres a fines del siglo XIX: la existencia de locales gastronómicos italianos, el consumo de licores exóticos y la posibilidad de que alguien tan compenetrado con las tradiciones inglesas como Sherlock Holmes (o sus contemporáneos en la vida real) fumase toscanos u otros prototipos cigarreros peninsulares. Con el fin de reforzar la argumentación histórica realicé también una cata actual de los productos involucrados.


Los emprendimientos gastronómicos italianos en la antigua metrópolis londinense están ampliamente documentados y se sustentaban por sí mismos gracias a la numerosa colectividad allí presente. Con todo, no hay ningún registro sobre alguno en particular llamado Goldini, por lo que no sería más que un nombre imaginario creado por Doyle (1). Tampoco debe extrañar el consumo de curaçao, un licor originario de la isla y colonia holandesa homónima del Caribe. Se obtiene por una triple destilación de cáscaras de naranja y su abundancia en las tiendas europeas de antaño puede equipararse a muchas otras bebidas espirituosas igualmente populares en la época. Los cigarros italianos parecen conformar una hipótesis menos probable, pero de hecho no es así: para 1900 ya funcionaba en Londres una oficina del gobierno de Italia (Monopolio di Stato) encargada de introducir, promocionar y comercializar los tabacos de la península. A la habitual venta de productos típicos en los resturantes de colectividad se suma un dato que ayuda a revelar la identidad del misterioso espécimen tabacalero: la ironía plasmada al decir que los cigarros "son menos venenosos de lo que parecen". Según mi modo de entender, la frase, por lógica, habla de toscanos (2).


Luego de entrar en ambiente cenando un plato de spaghetti me dispuse a realizar una degustación alegórica echando mano a los elementos más genuinos que tenía a disposición: una vieja botella holandesa de curaçao y un legítimo Antico Toscano de manufactura itálica. El licor de Holanda fue adquirido a través de internet a un particular y pertenece a la legendaria casa Bols de Amsterdam. Como todo buen ejemplar de su categoría, presenta el tipico aspecto cromático incoloro (3) y sabores que retrotraen a otros tipos y marcas que tienen cierta familiaridad de estilo, como el Grand Marnier o el Cointreau. Rico, dulce, de marcada untuosidad y bien espirituoso, fue un excelente compañero para el toscano, dotado a su vez del perfil que le es tan propio y característico: potencia nicotínica, intensidad de sabor y ese inconfundible tono ahumado que proporciona el curato a fuoco del tabaco Kentucky. Personalmente creo que Watson hizo caso al consejo de Holmes, es decir que ambos fumaron aquellos cigarros del propietario. Algo muy coherente con sus respectivos gustos en tabacos para pipa, ya que tanto uno como otro consumían especímenes que se contaban entre los más potentes del mercado.


Puede decirse que, en mi caso, la sobremesa acabó siendo mucho más fastuosa que la propia comida por la excelencia de los ejemplares degustados. ¿Habrá sido así en el Goldini?


Notas:

(1) Algo semejante ocurre con el restaurante Marcini mencionado en El sabueso de los Baskerville.
(2) Debido a su formato singular, no caben dudas de que los toscanos deben haber llamado la atención del público británico acostumbrado a los modelos habaneros tradicionales (más información en la monografía).
(3) Lamentablemente abundan las siniestras versiones del llamado "blue curaçao", obtenidas mediante colorantes artificiales.