221pipas, la monografía

Sherlock Holmes en Suiza: la cena final (degustación)

Él es el Napoleón de crimen, Watson. Es el organizador de la mitad del mal y de casi todo lo que pasa desapercibido en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene un cerebro de primer orden. Está sentado inmóvil, como una araña en el centro de su tela, pero esa tela tiene mil ramificaciones y él conoce bien el movimiento de cada una de ellas... Así describe Sherlock Holmes a su archienemigo Profesor Moriarty, personaje creado especialmente por Arthur Conan Doyle para un último encuentro fatal (que finalmente no lo sería) en las cataratas suizas de Reichenbach. Todo forma parte del vigésimo sexto relato del canon, llamado El problema final, nombre suficientemente elocuente como para inferir que el autor había decidido acabar para siempre con su creación más célebre y exitosa. Pero quizás por aquello de "cada hombre tiene una segunda oportunidad", el detective volvió a aparecer sano y salvo varios años después -para deleite de sus fanáticos- con el fin de retomar sus aventuras hasta completar otras treinta y cuatro historias.


El famoso salto de aguas constituye un sitio real en el cantón de Berna, al oeste del país helvético. A un kilómetro de allí se ubica el pueblo de Meiringen (1), hacia donde el detective y el doctor se dirigen luego de salir apresuradamente de Londres en un sinuoso periplo que los lleva primero por Bruselas, Estrasburgo y el Valle del Ródano. Según puntualiza Watson, el arribo se produce el 3 de mayo, es decir en la jornada anterior al desenlace del argumento. También sabemos que se hospedan en el Englischer Hof, regenteado por Peter Steiler. Ergo, queda claro que pasan al menos una noche en el lugar, con la razonable suposición de que ello incluye la cena. Comenzamos así una serie de tres entradas consecutivas destinadas a especular sobre lo que Holmes y Watson comieron, bebieron y fumaron en aquella histórica oportunidad. Nuestra hipótesis se basa más que nada en el lugar y la época, concluyendo que tanto platos como bebidas y tabacos debieron ser muy típicos de Suiza a finales del siglo XIX. Hacia allá vamos entonces, empezando por una vianda tan tradicional como apetitosa.


Las St. Galler Bratwurst y las papas rösti son dos preparaciones emblemáticas de esa cocina nacional que pueden conjugarse perfectamente en una misma pitanza. Tenemos salchichas parrilleras por un lado y cierta especie de pequeñas "tortillas" de papa rayada por otro. Lo más parecido que pude conseguir a los embutidos en cuestión fueron unas genuinas Thuringen Bratwürste (2) hechas a base de carne de cerdo tierna tocada por un ligero condimento de cardamomo, macis, jenjibre y pimienta. Para preparar las rösti hay que rallar papas -secándolas luego con un paño para evitar el exceso de agua- y agregarles pizca de manteca, sal y pimienta mientras se amasan, aplastan y cortan hasta lograr discos de 6 o 7 centímetros de díametro y 1 de espesor. Normalmente se realizan las correspondientes cocciones completas en parrilla, plancha o sartén, pero preferí inciar el proceso en horno para terminar con un dorado final en sartén, según ilustran las fotos del caso. El resultado fue muy rico, pletórico de sensaciones que combinan el sabor delicado de las salchichas (nada picantes) con la consistencia crujiente de las papas.


Una cena simple pero completa, seguida con seguridad por la sobremesa de bebidas bajativas y tabaco: el momento reflexivo ideal para sobrellevar días signados por la intriga y el peligro. Seguiremos con este hilo en la próxima, acompañando a los héroes.

Notas:

(1) La actual comuna de Meiringen no ha desaprovechado las enormes posibilidades turísticas que ofrece el hecho de ser un espacio de culto para los entusiastas sherlockianos. Sus atractivos, además de las cataratas, incluyen estatuas alegóricas y un museo temático con réplica propia de Baker Street 221B.


(2) De la marca Bratwurst Argentina. www.bratwurst-argentina.com

Las pipas de Wilmer

Douglas Wilmer (1920-2016) fue un actor británico de teatro, cine y televisión. Su extensa carrera incluye trabajos en obras de Shakespeare y participaciones en películas muy bien galardonadas como Patton (1970), pero un papel que lo distinguió entre los pares de su generación fue el protagónico de la serie Sherlock Holmes durante las temporadas 1964 y 1965. Dicha labor no sólo goza de amplio reconocimiento entre coleccionistas y estudiosos en la materia, sino que además constituye todo un hito para la saga del gran detective. Hasta entonces -dejando de lado los filmes pertenecientes a la prehistoria cinematográfica (1)-, los únicos proyectos de alcance masivo extendidos en el tiempo habían sido 14 películas encabezadas por Basil Rathbone en la década de 1940 y el serial encarnado por Ronald Howard con 39 entregas emitidas entre 1954 y 1955. Un detalle no menor es que ambas se basaron casi por completo en guiones visiblemente alejados del canon escrito por Arthur Conan Doyle.


Puede decirse que el proyecto televisivo de los sesenta resultó ser un primer intento de llevar a la pantalla los relatos holmesianos auténticos con bastante fidelidad, sin historias inventadas ni personajes ajenos. Todo comenzó con un piloto de prueba de la BBC basado en La banda de lunares, cuyo éxito allanó el camino para otras doce adaptaciones posteriores. Sin embargo, más allá de la buena recepción que tuvo el programa entre el público británico, Wilmer no estaba conforme con ciertas condiciones de trabajo impuestas por la producción, especialmente debido a la baja calidad de los guiones (que debía reescribir él mismo, según relató años más tarde) y el escaso tiempo para estudiar sus diálogos. Así, Wilmer renunció al papel luego de trece capítulos que son hoy una joya en blanco y negro para los fanáticos (2). Habría que esperar hasta 1968 para que se rodaran otras 16 entregas, esta vez en color, manteniendo a Nigel Stock como Watson y con Peter Cushing en el papel central.


Tal cual era costumbre en las versiones realizadas promediando el siglo XX, la pipa ocupa un papel escénico destacado. Otra característica de época es el uso de ejemplares de brezo muy sobrios, con tamaños y formas tradicionales, nada extravagantes ni pintorescos. Se observan modelos rectos tipo billiard y algunas pipas curvas cercanas al estilo impuesto por Rathbone dos décadas antes. Como fumador, el Holmes encarnado por Wilmer muestra amplia solvencia en el acto de encender y echar humo por su cachimba, lo cual repite con la frecuencia suficiente como para acercarse al personaje literario de modo bastante convincente. Pero lo mejor desde el punto de vista "pipero" se encuentra plasmado en el transcurso del capítulo El hombre con el labio retorcido, cuando Watson y el detective deben pernoctar en la mansión St. Clair mientras este último fuma una onza completa de tabaco en el lapso aproximado de seis horas. Granada TV y Jeremy Brett volvieron a recrearlo en 1986, pero sin la misma precisión en los detalles.


Wilmer tuvo una larga vida, tanto actoral como biológica, y siempre conservó buenos recuerdos de su paso por la saga sherlockiana a pesar de los sinsabores profesionales. Por todo ello merece un brindis y una pipa en su memoria.

Notas:

(1) Entre otros, los de Eille Norwood y Arthur Wontner en las décadas de 1920 y 1930 respectivamente.

Jerez, el aperitivo británico de antaño (degustación)

Según afirma cierto periodista español en una buena nota de tinte histórico (1), Jerez llegó a ser un paraíso burgués gracias al vino. Aquella ciudad antaño conventual vivió su época gloriosa durante buena parte del siglo XIX, período en el que las grandes vinícolas hicieron fortunas con la exportación de miles de litros al Reino Unido. La estadísticas antiguas confirman el dato, si bien los mayores volúmenes se negociaron en el decenio de 1870 y comenzaron a decaer para fines de la centuria. De todas maneras, desde allí hasta 1900 el Puerto de Santa María siguió acusando grandes embarques del famoso vino andaluz hacia Inglaterra, que era su principal mercado. Muchas piezas de la literatura obran como testigos de aquella moda: el Jerez era un aperitivo infaltable en los hogares de las clases medias y altas, utilizado para abrir el apetito o como trago "a deshoras", acompañando todo tipo de charlas, reuniones y tertulias. Junto al brandy y el oporto fue, sin dudas, gran protagonista de las buenas mesas británicas de la época.


La saga sherlockiana es un perfecto reflejo de dichos hábitos, comenzando por un par de menciones específicas dentro del canon original. En El aristócrata solterón, Holmes cita al Jerez mientras examina cierta factura de hotel con el precio de ocho peniques la copa, indicativo de que no era un artículo barato. En La Gloria Scott forma parte de los turbulentos recuerdos de un viejo marinero que lo bebió a bordo de su barco. Luego, el cine y la TV continuaron rememorando la fama de la bebida, colocándola en numerosas escenas que presentan al detective, a Watson y a muchos clientes disfrutando sus respectivas "dosis" provenientes de elegantes botellones dispuestos para tal fin. Pero la más interesante de todas se produce en la versión 1959 de El sabueso de los Baskerville, donde vemos al obispo Frankland (personaje inventado para la pantalla y encarnado por el legendario Miles Malleson) como un fanático consuetudinaro del producto, especialmente del que atesora Henry Baskerville en su mansión, al que califica como "el mejor en Devonshire".


Así las cosas decidí efectuar una degustación en base a un ejemplar español auténtico, en este caso perteneciente a la marca Marqués del Real Tesoro, de la categoría Cream. Ello implica un tipo encabezado dulce y oscuro se que corresponde perfectamente (a mi entender) con la mayoría de los jereces de los viejos tiempos (2). La descripción antedicha puede ampliarse hasta un interesante y profundo abanico de sensaciones que brinda en la nariz y el paladar: frutos secos, higos, uvas pasas y ese dejo infaltable que recuerda a algún tipo de torrefacción, incluso del azúcar misma de las uvas. En definitiva, la esencia de la vieja "fórmula" del Jerez no ha variado a través de los siglos: uvas muy maduras provenientes de viñedos beneficiados por un clima seco y bien soleado, combinadas con una vinificación prolija y una crianza que le brindan esa terminación inconfundible. Seguramente por eso los victorianos británicos lo tenían entre sus vinos favoritos, tal cual expresan las historias del detective imaginario más famoso de todos los tiempos.


Dejando de lado los argumentos detectivescos, Doyle supo describir toda una época en base a las costumbres victorianas abarcando buena parte de lo que los británicos comían, bebían y fumaban en aquella etapa de la historia.

Notas:

(1) Jerez, la ciudad a la que el vino convirtió en edén burgués. Carlos Doncel - El País, 29 de marzo de 2021.
(2) La explicación sería muy larga, con ribetes técnicos, pero digamos que los métodos de elaboración y transporte de aquellos años no permitían la supervivencia de los vinos más frescos y delicados por mucho tiempo. El Jerez, en sus tipos amontillados, olorosos y dulces, era apto para los viajes por mar y tierra gracias a su carácter robusto y dulzón, de buen tenor alcohólico.

Un restaurante vegetariano en Saxe-Coburg Square

Saxe-Coburg Square es una plaza ficticia referida en el relato La liga de los pelirrojos. Más allá de ser una de las historias fundacionales del canon sherlockiano y que su trama está considerada entre las mejores escritas por Arthur Conan Doyle, buena parte del texto remite a diferentes lugares del centro financiero londinense. Ello le brinda un valor histórico adicional en función del constante movimiento de los protagonistas por las calles de la ajetreada y cosmopolita capital del Reino Unido. Como corolario, cierto párrafo deja entrever un dato gastronómico costumbrista no demasiado conocido en nuestros días: la existencia de restaurantes "libres de carne". Así lo describe Holmes al llevar su mente hacia esa cuadra específica de la metrópolis: me gustaría recordar el orden de las casas aquí... Es una de mis aficiones tener un conocimiento exacto de Londres. Está Mortimer's, el estanco, la pequeña tienda de periódicos, la sucursal Coburg del City and Suburban Bank, el restaurante vegetariano y la fábrica de carruajes de McFarlane.


La simple cita de un local de comida vegetariana permite conjeturar todo un movimiento cultural, social y filosófico vinculado a las ideas pacifistas y socialistas pioneras de la época, cuya existencia se encuentra ampliamente documentada. De hecho, varias publicaciones temáticas y algunas asociaciones tenían como propósito concientizar a la población y atraer inversores hacia el sector (1). Una lista contemporánea al relato en cuestión apunta ocho sitios sólo en Londres: The Alpha (Oxford Street), The Food of Health (Farrington Road), The Garden (Jewin Street), The Reform (Kingsland Road), The Arcadian (Queen Street), The Shaftesbury Hall (Aldersgate Street), The Field (Paternoster Square) y The Apple Tree (London Wall), a los que se agregan numerosas opciones en otras ciudades británicas y comercios proveedores del mismo tipo. Por lo visto, la alusión del vegetarianismo en una historia de Sherlock Holmes no tiene nada de casual o incidental. Bien al contrario, es un nítido reflejo de la realidad cotidiana en la Inglaterra decimonónica que vivió y experimentó su creador.


Pero, concretamente, ¿cuál era la oferta de platos? Considerando la inexistencia de técnicas e implementos que se usan hoy en la culinaria de vanguardia para transformar sabores y texturas (nitrógeno líquido, deconstrucción, cocción en frío o al vacío, espumas, terrificación), cierto menú del citado Alpha (2) muestra una serie de alternativas acordes a lo que podían lograr los cocineros del año 1889 conjugando sus métodos tradicionales con un poco de ingenio. El repertorio comienza por las sopas de lentejas, vegetales, arvejas y leche de tapioca. Luego se enumeran los purés o papillas (de avena, trigo y maíz, entre otras opciones dulces y saladas) y a continuación está el detalle de las tapas que hacen las veces de platos principales, como la "chuleta" de lentejas, salsa y frijoles, los macarrones con omelette o salsa de tomate, los guisantes salados con salsa de perejil y la "médula vegetal" en varias formas. También hay postres (incluyendo unas originales natillas de sagú), tartas dulces (manzana, durazno, grosellas), frutas, quesos y bebidas, todas sin alcohol.


Ciertas costumbres no han cambiado mucho, o al menos lo hicieron sólo en las formas. Después de todo, los "camuflajes" de origen cárnico siguen siendo muy comunes a la hora de presentar viandas compuestas por ingredientes vegetarianos o veganos. En los aquellos días eran chuletas y médulas, hoy son salchichas y hamburguesas.

Notas:

(1) Cranks, clerks and suffragettes: the Vegetarian Restaurant in British culture and fiction, 1880-1914. Elsa Richardson, 2021
(2) No confundir con el Alpha Inn señalado en la historia El carbunclo azul, que era una típica posada inglesa del estilo pub.

Los émulos del Trichinopoly (degustación)

Al momento de visitar cierta escena del crimen, Sherlock Holmes afirma lo siguiente: recogí un poco de ceniza esparcida por el suelo. Era de color oscuro y escamosa, como la que sólo produce un Trichinopoly. Semejante sapiencia se basa en su estudio sobre la materia, volcado en la célebre monografía que abarca 140 variedades correspondientes a tabacos para pipa, puros y cigarrillos. Ahora bien, aunque los cigarros mencionados aparecen de manera explícita únicamente durante la trama de Estudio en Escarlata y El signo de los cuatro, su amplio consumo entre el público británico victoriano se encuentra muy documentado, tal cual vimos hace tiempo en la entrada Los cigarros de Trichinopoly, un furor victoriano. Allí también apuntamos la gran atomización de esa industria, con casi 4000 productores acreditados en informes y estadísticas de época. A falta de ejemplares actuales que puedan aproximarnos al antiguo estilo de los tabacos indios (1), la pregunta queda servida. ¿Cómo serían aquellos singulares puros mencionados por Doyle y fumados por millones de británicos a fines del siglo XIX? ¿Es posible hallar algo parecido en nuestros días?



Según entiendo, el sondeo debe apuntar hacia especímenes que no provengan de las regiones tabacaleras más tradicionales, en especial el Caribe y Centroamérica. Un perfil considerado exótico tiene mejores equivalencias en países que no forman parte del "olimpo" habanero ni de sus miles de imitaciones globales. En otras palabras, lo ideal es buscar productos típicos, de alcance local, elaborados en modo artesano (o apenas industrializados), que conforman prototipos menos acreditados pero más singulares e infrecuentes, tal cual eran -y siguen siendo- los de la India. Por supuesto, para hacer una degustación, debe agregarse forzosamente que yo tenga dichos cigarros a mi alcance. Afortunadamente así fue: unos recios puros paraguayos, por un lado, y unos deliciosos caliqueños valencianos, por otro. Las propias diferencias  entre ellos (bastante pronunciadas) suman además sendas siluetas para analizar en función del tema que nos convoca.


El modelo paraguayo pertenece a la empresa familiar de Juan Fretes, ubicada en el municipio de Caazapá, al sudeste del país. Se elabora con el vehemente y rústico tabaco local, cultivado allí desde los tiempos de la colonia española. El ejemplar español proviene de Valencia, más precisamente de la zona denominada Canal de Navarrés, en este caso bajo la manufactura de la fábrica homónima. La comarca también tiene una larga tradición en plantaciones de tabaco Burley y fabricación de puros conocidos como caliqueños. Una vez encendidos y tras unos minutos de consumo comienzan a percibirse dos trazos aromáticos bien dispares pero igualmente aplicables (ambos) a lo que pudo haber sido el cigarro Trichinopoly en los tiempos de Sherlock Holmes. El paraguayo se presenta agreste, con tonos herbáceos positivos, levemente especiado y provisto de bastante fuerza en su humo denso de color gris amarronado. El caliqueño valenciano muestra una personalidad civilizada propia del tabaco estacionado y trabajado, sin rasgos indómitos, con dejos dulces muy sutiles, tonos almendrados y un humo igualmente robusto pero mucho más cremoso que su contraparte del Nuevo Mundo.


Los "trichys" eran juzgados de maneras muy opuestas: algunos aseguraban que eran suaves y fragantes mientras otros los definían como abominables. Esa aparente incongruencia estaba originada, seguramente, en el alto número de productores elaborando con múltiples métodos y calidades. Mediante un puro paraguayo montaraz y otro valenciano de sabor redondo nos hemos acercado un poco a los viejos Trichinopolys, los mismos cuya ceniza era reconocida con un simple golpe de vista por el detective ficticio más exitoso de la historia.

Notas:

(1) Como industria, la producción cigarrera India ha desaparecido casi por completo, excepto una única manufactura oficialmente constituida y algunos torcedores callejeros que fabrican y venden a los turistas en pequeños puestos urbanos. Merced a ese turismo, tal vez pueda resurgir en el futuro.

El sagaz Pompeyo y la pista de anisado

Dentro del segmento de productos para consumo directo de la población, las bebidas alcohólicas ocupaban un lugar destacado entre las importaciones británicas a fines del siglo XIX. Múltiples tipos de vinos, aguardientes y licores recalaban en los puertos del Reino Unido para abastecer a una creciente y sedienta masa de bebedores regulares. Las procedencias eran ciertamente diversas, pero todo aquello elaborado en Europa tenía una lógica prevalencia por razones de cercanía geográfica y compatibilidad histórica. En ese contexto, no debe sorprender que Francia ocupara el primer lugar en las estadísticas, ya que por ese entonces ningún otro país contaba con una industria vitivinícola y alcoholera de semejante envergadura, a lo que se añadía un prestigio cuyos orígenes se remontan a la Edad Media. Independientemente de marcas o precios, cualquier botella etiquetada con la inclusión de la frase Produit de France era una contraseña de calidad a los ojos del consumidor victoriano típico.


Las llamadas bebidas anisadas o licores anisados se habían vuelto bastante célebres desde los albores del siglo XIX. En sus comienzos fueron utilizadas al modo de tónicos curativos para las tropas (ya hemos visto en otras entradas que el alcohol como medicina era algo común por entonces), pero su sabor agradable pronto las convirtió en una buena alternativa productiva a escala comercial. Hacia las décadas finales decimonónicas los anisados franceses al estilo del Pastis de Marseille eran muy requeridos en todo el territorio europeo continental, sobre todo entre las clases acomodadas y los círculos artísticos. En Inglaterra, si bien las costumbres no los hacían tan abundantes como el brandy, el whisky o el gin, resultaban bastante fáciles de conseguir. Sherlock Holmes nos brinda una inesperada pauta de esta realidad histórica en el relato El tres cuartos desaparecido, publicado por el Strand Magazine en agosto de 1904. Se trata de una curiosa y simpática estampa que, paradójicamente, no pertenece al grupo de los consumos humanos que aquí solemos analizar... sino al de los estimulantes caninos.


El asunto inicia cuando Holmes se ve obligado a seguir el recorrido de un carruaje que realiza el mismo viaje todos los días en una zona descampada. Por obvias razones, no puede hacerlo personalmente sin ser visto. La reproducción de algunos fragmentos del texto explica bien lo que ocurre algunas horas después en el sitio desde donde el vehículo inicia su camino. El detective, munido de un perro "rechoncho, de orejas caídas, color blanco y fuego, algo entre un beagle y un foxhound", le dice a Watson: permítame presentarle a Pompeyo, el orgullo de los sabuesos de arrastre locales. No es un gran corredor sino un acérrimo sabueso que busca rastros. Al instante de olisquear el lugar, el perro echa a andar calle abajo tirando su correa en un esfuerzo por ir más rápido. Watson pregunta entonces: ¿qué ha hecho usted Holmes? La respuesta del detective es simple y contundente: entré en el patio esta mañana y disparé mi jeringa llena de anisado sobre las ruedas traseras del carruaje. ¡Un sabueso seguirá el anisado desde aquí hasta John O'Groats! (pueblo de Escocia).


El tres cuartos desaparecido nunca fue llevado a la pantalla (1), pero en El signo de los cuatro existe una secuencia similar, esta vez con el perro Toby y sin bebidas de por medio, muy bien filmada y ambientada por Granada TV a mediados de los años ochenta. Holmes, Watson, Pompeyo y una aromática pista de anisado. Otro interesante cuadro de la saga sherlockiana.

Notas:

(1) No considero la versión realizada durante la época del cine mudo en la serie de películas protagonizadas por Eille Norwood durante la década de 1920. Es demasiado antigua, oscura y alejada de la trama original como para tenerla en cuenta.

Probando la comida rústica del "Champion Jack" (degustación)

El colegio Priory es un relato corto publicado por el Strand Magazine en febrero de 1904 y compilado más tarde en la colección El regreso de Sherlock Holmes. Lo hemos mencionado aquí varias veces debido a la presencia de Reuben Hayes, un siniestro mesonero que regentea la sórdida posada The Fighting Cock mientras fuma su pipa de arcilla. Hacia allí se dirige el dúo estelar durante ciertas investigaciones de campo en parajes situados al norte de Inglaterra. Ahora bien, el texto original sólo indica que pasan por el lugar, sospechan algo y deciden quedarse a cenar sin perder la oportunidad de echar un vistazo. No hay mayores aclaraciones sobre lo que comen o beben más allá de algunas referencias relativas al horario (se había hecho casi de noche) y otros pormenores que hacen a la trama central del caso. Pero la excelente interpretación televisiva de Granada TV del año 1986 se toma algunas libertades respecto al argumento primigenio. Un verdadero alborozo para nuestro blog, ya que tales diferencias tienen mucho que ver con los detalles gastronómicos que tanto nos interesan en este espacio.


Según el prestigioso serial británico, los protagonistas arriban a un pequeño caserío campestre y dan con el comercio en cuestión, señalado en este caso bajo el apelativo análogo de Champion Jack, que también alude a un gallo de pelea. Previa consulta sobre la posibilidad de conseguir "algún refrigerio" la escena nos muestra el interior del local con ambos paladines sentados a la mesa. Luego de un intercambio de palabras entre ellos y Hayes aparece la sufrida esposa (personaje creado por la TV) con un plato que contiene, según sus propias palabras en inglés, white pudding, swedes and nips. La comida es sólo para Watson, ya que Holmes prefiere fumar un cigarrillo y beber cerveza. Es entonces cuando el detective le pregunta a su compañero cómo está la comida, a lo que éste responde textualmente: esto está asqueroso, Holmes. Una duda surge de inmediato: ¿era ese cocido tan poco apetitoso por la naturaleza de sus componentes, porque estaba mal preparado o por un poco de ambas cosas? Para responder el interrogante me dispuse a cocinarlo según la más simple de las modalidades posibles.


El white pudding inglés no es otra cosa que la butifarra o morcilla blanca española, un embutido de cerdo sin la sangre característica de su similar negro. Los swedes y nips son diferentes variantes del nabo redondo, propio y típico de todo el continente europeo. Aquí en Argentina es posible conseguir la butifarra, aunque no se producen los nabos redondos sino el llamado nabo japonés, de forma similar a la zanahoria. A los citados sumé un poco de rábanos, que también pertenecen a la familia de las coles. La cocción fue un hervor de veinte minutos en caldo simple con aderezo final de sal, pimienta, pizca de aceite y toque de perejil. En otras palabras, nada muy elaborado. ¿Qué se puede decir? La butifarra, de naturaleza suave, no tiene el picor ni la gracia de otros embutidos mucho más sabrosos como chorizos o longanizas. Los nabos tampoco se destacan por ser muy estimulantes, aunque queda claro que resulta bastante sencillo mejorar el resultado con apenas un poco de imaginación y creatividad: algo de salsa para la butifarra o un gratinado con queso para los nabos, por ejemplo, serían avances considerables.


El corolario es que se trata de una preparación muy básica, incluso algo anodina, pero perfectamente comestible. Sin embargo, es mejor valorar los diálogos de la escena por su contexto de ubicación y época: una posada pueblerina sombría, burda y mal atendida en los albores del siglo XX, cierta cocinera no muy dedicada e incluso -quizás- la existencia de comidas preparadas hace días a la espera de algún ocasional cliente. Teniendo en cuenta ese cuadro, desde aquí adherimos al comentario vituperante del doctor Watson en su visita al Champion Jack.