221pipas, la monografía

Las pipas de Whitehead

Geoffrey Whitehead (1939) es un actor británico de radio, cine y televisión cuya carrera estuvo enfocada en el Reino Unido, con algunas colaboraciones para películas norteamericanas durante la década de 1970. Uno de los últimos papeles que realizó fue el de Wilburn Newbold en la comedia de situación Still Open All Hours, emitida por la BBC entre 2015 y 2019. Pero el principal componente de su fama proviene de una obra televisiva hecha hace más de cuarenta años, llamada Sherlock Holmes and Dr. Watson, donde encarnó al gran detective de Baker Street. La serie de 24 capítulos resultó ser una de las menos conocidas de la saga debido a su historia accidentada y llena de curiosidades (1). Todo comenzó en 1979 por idea de Sheldon Reynolds, el mismo que produjo la recordada Sherlock Holmes de 1954/1955 con Ronald Howard a la cabeza del elenco. Ahora bien, si en la década de los cincuenta fue llamativa la elección de Francia como país de rodaje (siendo una producción pensada para el mercado de USA), el segundo caso resulta todavía más notorio: nada menos que Polonia y a fines de los setenta, es decir, en plena época de la "cortina de hierro".


El hecho es que Reynolds llegó a un acuerdo con la televisión estatal polaca y se puso manos a la obra. Además de Whitehead en el personaje estelar, la serie contó con artistas reconocidos como Donald Pickering (Watson) y Patrick Newell (Inspector Lestrade), además de figuras invitadas en capítulos específicos: Glynis Barber, Victoria Tennant y Kay Walsh, entre otras. En términos generales, los guiones son muy cercanos a los de su serie antecesora, conformando una mixtura que combina elementos canónicos con ideas y personajes creados ad hoc, mientras los pormenores transcurren dentro de una Londres victoriana bastante bien reproducida en las calles de Varsovia. El resultado no están nada mal para una producción de bajo costo, aunque los problemas empezaron a surgir enseguida, cuando varios directivos de la TV polaca fueron procesados por corrupción y las cintas resultaron confiscadas. Dicho escándalo retrasó la distribución del producto, en ciertos casos para siempre: la serie nunca fue estrenada en Gran Bretaña, donde incluso se había lanzado un comic alusivo que hoy es material de culto para coleccionistas.


Por fortuna, muchos años después la tecnología puso a disposición de los fanáticos el repertorio completo de capítulos en soportes como Internet o el DVD. Fue entonces que muchos críticos vieron en esta obra una representación verdaderamente fiel de los personajes creados por Conan Doyle: el Holmes joven, activo y analítico junto al Watson sereno, observador e inteligente. Todo ello en el marco de una ambientación bastante preocupada por los detalles. La cuestión pipas tiene un buen tratamiento, comenzando por la acertada frecuencia fumatoria de los protagonistas: ambos lo hacen con bastante habitualidad, pero un poco más la estrella del programa. Luego, los ejemplares seleccionados recuerdan los usos de Howard dos décadas y media antes: pipas clásicas de brezo, con mayoría de formatos curvos y algunos diseños rectos, pero siempre dentro de los tipos más tradicionales. Para un tiempo en que la aparatosa calabash parecía estar en boca de todas las representaciones del gran detective, este voto por la prolijidad histórica resulta un bálsamo.


Así recordamos a otro intérprete y sus utensilios para echar humo, esta vez poniendo nuestra mirada en un serial olvidado durante largos años.

Notas:

(1) No confundir con la serie rusa del mismo nombre y filmada en la misma época.

Calamares a la siciliana en el Pellegrini (degustación)

Como señalamos en la entrada anterior, las doce aventuras publicadas durante el decenio de 1950 por Adrian Conan Doyle se basan en sendas "historias no contadas" de los relatos canónicos originales. El siguiente es el repertorio de esos nexos, mencionando en primer lugar el título asignado en Las hazañas de Sherlock Holmes y luego el "caso no contado" que se vincula (1). Tenemos así Los siete relojes (El asesinato de Trepoff), La saboneta de oro (El envenenamiento de Camberwell), Los jugadores de cera (La sustitución de Darlington), El milagro de Highgate (Mr James Phillimore), El baronet negro (La desafortunada Madame Montpensier), La habitación sellada (La locura del coronel Walburton), Foulkes Rath (La tragedia de Addleton), El rubí de Abbas (El Club Nonpareil), Los ángeles oscuros (Los documentos Ferrers), Las dos mujeres (El chantaje de uno de los nombres más venerados de Inglaterra), El horror de Depthford (Wilson, el entrenador de canarios) y La viuda roja (El castillo Arnsworth).


También apuntamos el respeto demostrado por el autor hacia los textos de su padre al mantener los personajes, las costumbres y los ambientes tradicionales, incluyendo todo lo referido al consumo de comidas, bebidas y tabacos por parte del elenco protagónico. Para quienes estudiamos dicho tópico, no pasa desapercibida la concurrencia del detective y el doctor a ciertos restaurantes italianos de Londres. En el canon original los establecimientos visitados son el Marcini (El sabueso de los Baskerville) y el Goldini (Los planos del Bruce Partington), mientras que en Las hazañas de Sherlock Holmes podemos hallar al Pellegrini (La habitación sellada), el Frati (Las dos mujeres) y el Frascati (El horror de Deptford) (2). Un caso específico añade la afortunada mención de cierta vianda típica de acuerdo con la siguiente propuesta del héroe principal a la hora de almorzar: "Watson, veo que es más de la una. Un plato de calamari alla siciliana en el Pellegrini no vendría nada mal". Excelente sugerencia, por cierto, y una gran oportunidad para cocinar, degustar y reseñar el experimento, que de eso se trata este blog.


Sería ingenuo pensar que dentro de una isla del tamaño de Sicilia existe una sola receta. Bien al contrario, cada zona o pueblo tiene su propia fórmula con diferentes modos de preparación según el producto base (calamares enteros, calamares rellenos, anillos de calamar), la cocción (fritos, al horno) y toda la variedad de salsas, aderezos y acompañamientos imaginables. Entre semejante oferta elegí -como siempre- algo sencillo y fácil recurriendo a la opción calamari alla messinese, es decir, de la bonita ciudad de Messina. La lista de ingredientes es igualmente simple y escueta: calamares cortados en anillos, puré de tomates, tomate natural pisado, ajo picado, perejil, vino blanco, aceite de oliva, sal y pimienta. Primero se fríen los ajos en un poco de aceite de oliva y luego se agregan los calamares para una cocción inicial de diez minutos. Luego se incorporan el vino blanco, los dos tipos de tomate y se procede a salpimentar. Pasada media hora se añade el perejil y se deja en el fuego los últimos cinco minutos completando un total de cuarenta y cinco, que es el tiempo mínimo necesario para ablandar debidamente los moluscos.


Como resultado queda un plato rico, sabroso, con ese toque de sofrito italiano que combina el sabor a mar con ajo, perejil y tomate. Así lo deben haber comprobado Holmes y Watson cierto mediodía en el Pellegrini, durante un descanso de sus memorables hazañas.

Notas:

(1) La lista completa de casos no contados se encuentra disponible en 
Category:Untold Stories - The Arthur Conan Doyle Encyclopedia (arthur-conan-doyle.com)
(2) De los cinco sólo uno corresponde nominalmente a cierto lugar que tuvo existencia documentada: el restaurante Frascati, según consta en la Guía Baedeker de Londres del año 1894. Resulta notable la cercanía de fechas entre su inauguración (1893), el comentario en la guía (1894) y el año en que Adrian Conan Doyle sitúa la historia El horror de Deptford (1895). Hacia 1910 era un establecimiento suntuoso inclinado por la cocina francesa, pero tal vez haya tenido mayor relación con la culinaria italiana durante sus primeros tiempos.

Historias con textura victoriana en "Las hazañas de Sherlock Holmes"

Se iniciaba la década de 1950 cuando Adrian Conan Doyle, hijo del insigne creador de Sherlock Holmes, tuvo la idea de asociarse con el célebre escritor John Dickson Carr (ampliamente reconocido en el mundo de la literatura detectivesca) para realizar una serie de relatos basados en el personaje concebido por su padre (1). Como fruto de dicha colaboración nacieron doce historias cortas (2) publicadas individualmente por las revistas Life y Collier's entre diciembre de 1952 y octubre de 1953, y posteriormente reunidas en un volumen titulado Las hazañas de Sherlock Holmes. Queda claro que hablamos de un pastiche, pero no de uno cualquiera: a mi modo de ver, se trata del conjunto de aventuras más identificadas con el estilo original de Arthur Conan Doyle. Ello constituye un mérito notable frente a los miles de refritos editados a lo largo de los siglos XX y XXI, caracterizados -muchas veces- por fallidos intentos de originalidad mediante la ubicación de los protagonistas en épocas diferentes, lugares distantes o situaciones absurdas.


En este caso, los textos transcurren a fines del período victoriano, en los mismos entornos del canon primigenio y con idénticos personajes. Además del detective y el doctor están presentes la señora Hudson y los inspectores Lestrade y Gregson. Los pormenores suceden en el Gran Londres y algunos pueblos cercanos de la campiña inglesa donde hay niebla, lluvia y viajes en tren. La chimenea, el reloj en la repisa, el ruido de los carruajes transitando por la calle y los héroes sentados en el sofá encarnan la atmósfera típica de Baker Street 221b, demostrando así un respeto casi reverencial por los ambientes y panoramas fundacionales de la saga, muy bien reproducidos por las ilustraciones de Robert Fawcett (3). Para muestra va el siguiente párrafo del relato "El horror de Deptford": al descender del landó que nos había llevado hasta allí (4) nos encontramos entre un conjunto de casas desvencijadas, según pude juzgar a través de la niebla amarillenta que parecía rezumar la orilla del río. A un lado había un muro de ladrillos descascarado y carcomido, con una verja de hierro, por encima de la cual divisamos un sólido caserón en medio de una especie de jardín. ¿No es acaso la descripción perfecta del característico paisaje sherlockiano de los suburbios?


Lo bueno de todo es que esa misma veneración por los tiempos y lugares tradicionales se verifica también en los temas que aquí nos interesan. Podemos apreciar los desayunos rotundos con tostadas, mantequilla, huevos, jamón y tocino, así como las cenas frías de apuro cuando hay alguna investigación en marcha. Incluso se mencionan un par de restaurantes italianos, de esos a los que la dupla protagónica suele concurrir cada tanto. No faltan en Baker Street el café, el té, el brandy ni el whisky con soda, como tampoco los vinos Beaune y Montrachet durante las comidas y el oporto para la sobremesa. En materia tabaquística hay -como no podía ser de otra manera- muchas referencias a las pipas y a los respectivos tabacos favoritos de ambos paladines: shag y Del Barco. Tampoco se omiten la zapatilla/tabaquera persa de Holmes ni el cubo de carbón conteniendo los cigarros puros. Podemos afirmar entonces que Las hazañas de Sherlock Holmes conforman una legítima continuación editorial del espíritu canónico, precisamente porque respetan su naturaleza.


En el transcurso de próximas entradas, seguramente, desarrollaremos un poco alguna de estas genuinas estampas sherlockianas.

Notas:

(1) Con diferentes nombres, todos corresponden a "casos no contados" del canon original.
(2) Dickson Carr colaboró en las primeras seis historias de la serie. Las seis restantes fueron escritas exclusivamente por Adrian Conan Doyle.
(3) Famoso y respetado artista especializado en ilustrar libros y revistas. En el caso de las historias detectivescas para Collier's, la clave de su estilo está en los rasgos coloridos pero a la vez lúgubres, casi góticos.


(4) Landó: carruaje cubierto de cuatro ruedas y dos caballos.

Un vaso de grog para Peter Carey (degustación)

El negro Peter es un relato corto publicado originalmente en USA y UK por las revistas Collier's y Strand Magazine respectivamente (1), con sendas ilustraciones de Frederic Dorr Steele y Sidney Paget. Junto con La Gloria Scott integra el dueto de historias con mayor espíritu naval de todo el canon holmesiano. Su trama gira en torno al asesinato de cierto capitán de buque llamado Peter Carey, apodado "el negro" y reconocido en el gremio por su carácter irascible y violento. Aunque el hecho sucede en tierra firme, la escena del crimen exuda elementos vinculados a la vieja vida del mar. Para empezar, Carey encuentra su muerte atravesado por un arpón ballenero, mientras que en el lugar son hallados otros elementos del mismo tenor, como una tabaquera de piel de foca con tabaco Del Barco y un tántalo (2) con botellas de brandy y whisky. Sin embargo, lo que víctima y victimario estaban consumiendo al momento de los sucesos (de acuerdo a una tercera botella y a los restos hallados en ambos vasos) no era ninguno de estos brebajes, sino la más marinera de todas las bebidas antiguas: el ron.


El origen del ron como bebida navegante data del siglo XVII y se relaciona con el establecimiento de colonias británicas en Barbados, Jamaica, Trinidad y Guyana, donde abundaba la caña de azúcar. Con el correr del tiempo, los problemas disciplinarios causados por el alcohol hicieron que las raciones puras fueron achicándose y diluyéndose paulatinamente. Para este último fin se decidió el corte con agua al cincuenta por ciento y más tarde el agregado de jugo de lima o de limón, favoreciendo la ingesta de vitamina c que previene el escorbuto. Ya no era entonces aquella "bomba" etílica sino el resultado de cierta fórmula bautizada grog, que se mantuvo vigente como un derecho de las tripulaciones por casi doscientos años, más precisamente hasta 1970. Aunque el grog pertenecía al suministro de los buques de guerra, queda claro que su consumo estaba igualmente extendido entre el personal de la marina mercante. Para los tiempos victorianos, sin dudas, un veterano capitán de carrera como Peter Carey estaba familiarizado con el producto, en virtud de lo cual me decidí a prepararlo con ingredientes asequibles en nuestros días.


Hoy se lo considera un cocktail clásico con decenas de variantes que incluyen ingredientes para endulzarlo, aromatizarlo, texturizarlo e incluso calentarlo al estilo ponche, lo cual es muy lógico en vista del carácter parco, recio y austero que presentaba la verdadera receta original, compuesta sólo por ron, agua y jugo de lima. En esa línea lo preparé recurriendo a una marca de bebida espirituosa sumamente famosa y fácil de conseguir: el ron Havana Club Añejo Especial Dorado. Dicha elección apunta a una calidad buena sin ser superior considerando la evidente sencillez de los rones utilizados en la antigüedad, carentes por completo de exclusividad o sofisticación (3). Cortado a la mitad con agua y tocado por un buen porcentaje suplementario de jugo cítrico (alrededor del 20%) concluye en un trago para paladares fuertes, con el alcohol moderado por la dilución, aunque la lima le otorga cierto temperamento ácido de naturaleza filosa, vibrante y bastante refrescante. Lo únicos agregados "modernos" que no existían a bordo de los buques del siglo XIX fueron un pedazo de hielo, una rodaja decorativa de lima y el vaso de vidrio, dado que los marineros bebían sus raciones en simples jarros metálicos.


En los relatos de Sherlock Holmes son frecuentes las alusiones al mar y los barcos, pero en El negro Peter las costumbres cotidianas del gremio naval están particularmente bien delineadas.


Notas:

(1) Con muy poco tiempo de diferencia entre ambas, aparecidas en febrero y marzo de 1904. Estos lanzamientos casi simultáneos de las ediciones norteamericanas y británicas fueron una constante entre 1903 y 1908.
(2) El tántalo (tantalus en inglés) era un pequeño mueble portable muy popular en el siglo XIX. Sus fines eran tanto decorativos como prácticos, ya que servía para guardar o transportar botellas y garrafas de vidrio.


(3) Actualmente existen controversias sobre cómo eran los rones elaborados en aquellos tiempos. Además de rústicos, todo indica que también eran jóvenes, es decir que se los consumía a los pocos meses de su elaboración. Podemos suponer así que tendrían menos color y complejidad (pero no menos alcohol) en comparación con el tipo utilizado para esta entrada.

Tres influencias extranjeras en la gastronomía de los relatos holmesianos

Existe cierta imagen estereotipada que presenta a la cocina típica inglesa como pobre, aburrida y falta de variedad. La idea puede ser relativamente cierta comparándola con sus similares francesa, italiana o española (surgidas en países mucho más agraciados por el clima y el suelo), pero no parece tan así al ponerla en paralelo con países equiparables en términos de latitud y geografía, como Polonia, Alemania, Holanda o las naciones escandinavas. También es verdad que los pueblos mediterráneos le asignan a la comida un valor de enorme significado cultural, lo que explica en gran medida sus respectivos desarrollos culinarios, mientras que los británicos suelen ser menos apasionados a la hora de alimentarse. Pero hay otro costado del asunto que muchas veces se olvida, y es que el Reino Unido de la época victoriana era la mayor potencia económica, naval y militar del mundo, con acceso a un incontable número de materias primas provenientes de los cinco continentes, sin olvidar la impronta de las colectividades foráneas instaladas en aquel país, que ciertamente no eran pocas.


Las historias originales de Sherlock Holmes dan cuenta de este fenómeno en formas que van desde la mención explícita de preparaciones caseras con toques exóticos hasta el estilo opulento y cosmopolita de los restaurantes londinenses visitados por el dúo estelar. Si nos concentramos en las alusiones manifiestas, lo más notorio surge de la India, Francia e Italia. El componente indio (1) resulta casi obvio tratándose de la mayor colonia imperial y se basa en productos como en el té, las especias, los aceites y determinadas técnicas de cocción. En los relatos de Doyle, un prototipo bien conocido es el pollo al curry para desayunar referenciado en El tratado naval, mientras que la cinematografía tiene sus propias menciones alusivas, como el chutney que aparece en Sherlock Holmes, juego de sombras (2012). Desde luego, el mundo real de la época contaba con una nomenclatura mucho más amplia merced a platos como la sopa mulligatawny, los aceites de mostaza o sésamo, los hornos del tipo tandoor y diversas mezclas de especias, por mencionar sólo algunos ejemplos.


En el caso de Francia, su influencia no parece tan evidente a simple vista (no hay viandas francesas mencionadas explícitamente a lo largo del canon) (2), pero bien sabemos que Holmes y Watson frecuentaban algunos restaurantes prestigiosos de Londres como el Criterion o el Simpson's, donde las costumbres del período imponían un "afrancesamiento" casi obligado. De esa manera, los platos estaban muy afectados por la cultura gala en sus nombres y su preparación, con superabundancia de souflees, mayonnaises, omelettes, consommés y civets, entre otros. La usanza de entonces queda demostrada también por la plétora de libros sobre cocina francesa para el público inglés, ubicados siempre entre los mayores éxitos editoriales. Por último, no podemos omitir la presencia del arte culinario itálico, bien destacado a través de los restaurantes Marcini (El sabueso de los Baskerville) y Goldini (Los planos del Bruce Partington), donde el detective y el doctor asistían para deleitarse -seguramente- con propuestas elaboradas a partir de ingredientes inusuales en la cocina local, como el tomate, el ajo y el aceite de oliva.


Así repasamos otro borde costumbrista de la saga sherlockiana, cuyos detalles de época también pertenecen a la historia.

Notas:

(1) Entendiendo como indio a todo lo surgido en el extenso territorio colonial que abarcaba entonces dicha denominación, correspondiente hoy a la suma de India, Pakistán, Bangladesh y Birmania.


(2) Se podría sugerir como excepción el pastel de foie gras de El aristócrata solterón, pero en realidad se trata sólo de cierto ingrediente principal con ascendencia francesa (el foie gras)  dentro de un plato casi universal (el pastel).

Los cigarrillos de Bradley, en Oxford Street (degustación)

Si de veras quiere despistarme, es preciso que cambie de tabaquería. Cuando veo la colilla de un cigarrillo con la marca "Bradley - Oxford Street", sé que mi amigo Watson anda por los alrededores. Puede ver la colilla allí, junto al sendero. Seguramente la tiró en el momento de abalanzarse hacia el refugio vacío. La frase del genial detective marca un momento clave en El sabueso de los Baskerville, más precisamente cuando doctor es descubierto por Holmes dentro de su escondite provisorio. Hay varios puntos interesantes respecto al párrafo anterior, empezando porque no es la única cita alusiva a dicho comercio. Bastante antes, mientras los héroes aún se encuentran en Londres, el protagonista le pide a su compañero que al pasar por Bradley encargue el envío de una libra del tabaco shag más fuerte. Estas referencias parecen indicar que el establecimiento era proveedor habitual de algunos artículos concretos (1) para ambos personajes. Hemos dedicado varias entradas y una monografía completa a la picadura shag de Holmes, pero nunca abordamos los cigarrillos que consumía su compinche de aventuras (2). ¿Cómo serían aquellos productos? ¿Es posible intentar una recreación a partir de materias primas actuales?


Aunque no parece haber existido ninguna tienda del ramo llamada Bradley en la ajetreada Oxford Street durante los tiempos victorianos, su simple condición de estanco tiene muchos ingredientes que nos hablan sobre las costumbres de la época. Desde el patentamiento de la primera máquina para enrollar cigarrillos de papel (1880), la industria había comenzado un acelerado proceso de mecanización. Pero como toda gran transformación económica y tecnológica, no se produjo de inmediato. Era todavía la era de las cigarrerías tradicionales, de las tiendas que generaban una clientela fiel merced a sus pequeñas producciones exclusivas y artesanales con marcas propias, sobre todo en los segmentos de precio alto. Por eso, a pesar de ser un establecimiento imaginario, la mención de Bradley parecen apuntar hacia una de aquellas manufacturas limitadas en volumen pero reconocidas en calidad, capaces de satisfacer la demanda por artículos superiores a la media industrial. Así me propuse saborear algo dentro de esa línea, aprovechando el presente furor tipo revival por el consumo de cigarrillos armados.


Para la ocasión aproveché los buenos oficios de un amigo que prepara sus propios ejemplares según fórmulas y mezclas que varían de acuerdo a distintos papeles y marcas de tabacos. De ese modo pude acceder a dos "recetas" muy interesantes. La primera presenta una mezcla de tabacos Pepe Zware y Argento Negro, lo que implica un blend de variedades Virginia, Criollo y "tabacos negros aromáticos" (en palabras del fabricante) sin especificar, todo ello enrollado en papel de maíz, con resultado rico, de sabor pronunciado y cuerpo medio, que se consume relativamente rápido. La segunda, contenida en papel clásico de combustión lenta, incluye también el Pepe Zware junto a Don José, es decir un mix parecido de Criollo y Virginia pero en diferentes proporciones. Resulta más ahumado, firme e intenso (es decir más potente), con un tiempo de consumo prolongado. No obstante, uno y otro se equiparan al expresar el equilibrio que se logra conjugando tabacos honestos en proporciones sabiamente calculadas, más aún cuando se emplean papeles naturales de calidad.


No hay manera de conocer las composiciones que utilizaban la imaginaria tabaquería Bradley o sus contemporáneas del mundo real (que eran muchas), pero pudimos acercarnos un poco al estilo artesanal, exclusivo y personal de sus creadores. En otras palabras, al gusto de Watson.

Notas:

(1) ¿O de todos? Sabemos que los dos fumaban pipa, cigarros puros y cigarrillos de papel. ¿Comprarían solamente en Bradley, o cada uno acudiría a otras tiendas específicas según el tipo de producto?
(2) La versión de El sabueso de los Baskerville realizada por Granada TV en los ochenta no sólo nos muestra la escena de la colilla en el páramo, sino que además nos regala varios cuadros anteriores donde vemos a Watson fumando los cigarrillos en cuestión, e incluso hay una vista fugaz de su elegante cigarrera metálica.

Navidad de 1888 con cerveza, vino y un tabaco misterioso

¿Qué historia canónica transcurre durante la época navideña? Frente a semejante interrogante, ningún aficionado sherlockiano de la vieja escuela dudará en responder El carbunclo azul con absoluta seguridad. En efecto, este relato publicado por el Strand Magazine en enero de 1892 transcurre entre la navidad y el año nuevo de un año indeterminado (1). Su temática gira alrededor del insólito descubrimiento de cierta piedra preciosa en el buche de un ganso, lo cual no deja de ser una contundente señal costumbrista acerca del amplio consumo de aves en la Gran Bretaña victoriana para aquellos típicos festejos cristianos. Además de la abundante información histórica sobre la crianza y comercialización de dichos animales, tanto el relato original como sus derivaciones posteriores en la televisión nos ofrecen un puñado de momentos con presencia de bebidas, tabacos y comercios típicos que vale la pena pormenorizar. Por si no fuera suficiente, también tenemos al Watson televisivo haciendo obsequios de navidad a Holmes, algo que difícilmente haya imaginado jamás el propio Arthur Conan Doyle.


La narración cuenta con varios pasajes que son verdaderos clásicos (las deducciones acerca del sombrero o la visita al mercado de Covent Garden, por ejemplo), pero nuestro interés inicial se enfoca en el paso de los protagonistas por el Alpha Inn, un bar ubicado en el vecindario de Bloomsbury (2), donde piden cerveza. Yendo a las versiones de televisión, la serie de Granada TV reproduce muy bien aquel ambiente que hoy asociamos con los viejos pubs, incluyendo barriles, jarras de gres y otros detalles ornamentales de época. Al final del episodio, la cena en Baker Street vuelve sobre las bebidas sin hacer ninguna mención en los diálogos, aunque la botella con formato burdeos (3) sobre la mesa sugiere que se trata del característico vino tinto clarete bordelés. Un dato no menor es que durante las sesenta historias del canon la cerveza apenas se menciona en dos oportunidades y de manera genérica, mientras el vino cuenta con decenas de referencias, muchas de ellas bien puntualizadas en cuanto a clases y procedencias. Una vez más nos preguntamos si esta abrumadora diferencia numérica no será acaso un reflejo de los propios gustos de Doyle, trasladados inconscientemente a sus obras.


Como ocurre siempre con los relatos más populares de Sherlock Holmes, no faltan los reversionamientos y las modificaciones, desde cambios profundos en la trama hasta pequeños detalles circunstanciales. Entre estos últimos, el capítulo de la BBC de 1968 esconde una verdadera "perla" tabaquística, cuando Watson le presenta a Holmes su inesperado obsequio de navidad. El sorprendido detective agradece efusivamente, abre el paquete, huele su contenido y comienza a preparar una pipa. Es allí cuando su compañero realiza la siguiente aclaración: me temo que no es su mezcla habitual, ese terrible black shag, pero creo que le gustará. Al no haber ningún otro comentario revelador sobre la identidad del producto, una primera inferencia lógica es que podría tratarse del célebre tabaco Arcadia fumado en ese entonces por el buen doctor. Sin embargo, esta deducción se derrumba enseguida porque sabemos positivamente que Holmes conocía bien dicha marca y la fumaba mediante convites ocasionales de Watson (4). Parece claro que es una mezcla nueva para el obsequiado, pero: ¿cuál? Nunca lo sabremos, desde luego, tratándose de algo inventado por un guionista televisivo hace más de medio siglo.


Así, mientras realizamos un viaje por libros en papel y viejas series de televisión, podemos imaginar las navidades en Londres, sus bares y sus calles, pero muy especialmente en el 221 de la calle Baker.

Notas:

(1) El texto sólo puntualiza "dos días después de navidad" (27 de diciembre), sin más datos. Los cronólogos sugieren distintas posibilidades entre 1887 y 1890. Personalmente adhiero a 1888.
(2) Aunque no hay precisiones sobre el domicilio exacto del comercio, uno de los mejores candidatos actuales a ser lugar de referencia (o lo que allí existía en el siglo XIX) es el Museum Tavern sito en la esquina del 49 Great Russell Street. https://gazetteer.sherlock-holmes.org.uk/places/museum-tavern/


(3) Cilíndrica de bordes rectos y hombros altos, bien definidos.
(4) Como sucede en El Jorobado.