Existe cierta imagen
estereotipada que presenta a la cocina típica inglesa como pobre,
aburrida y falta de variedad. La idea puede ser relativamente cierta
comparándola con sus similares francesa, italiana o española
(surgidas en países mucho más agraciados por el clima y el suelo),
pero no parece tan así al ponerla en paralelo con países
equiparables en términos de latitud y geografía, como Polonia,
Alemania, Holanda o las naciones escandinavas. También es verdad que
los pueblos mediterráneos le asignan a la comida un valor de enorme
significado cultural, lo que explica en gran medida sus respectivos
desarrollos culinarios, mientras que los británicos suelen ser menos
apasionados a la hora de alimentarse. Pero hay otro costado del
asunto que muchas veces se olvida, y es que el Reino Unido de la
época victoriana era la mayor potencia económica, naval y militar
del mundo, con acceso a un incontable número de materias primas provenientes
de los cinco continentes, sin olvidar la impronta de las
colectividades foráneas instaladas en aquel país, que ciertamente
no eran pocas.
Las historias originales de Sherlock
Holmes dan cuenta de este fenómeno en formas que van desde la
mención explícita de preparaciones caseras con toques exóticos
hasta el estilo opulento y cosmopolita de los restaurantes
londinenses visitados por el dúo estelar. Si nos concentramos en las
alusiones manifiestas, lo más notorio surge de la India, Francia e
Italia. El componente indio (1) resulta casi obvio tratándose de la
mayor colonia imperial y se basa en productos como en el té, las
especias, los aceites y determinadas técnicas de cocción. En los
relatos de Doyle, un prototipo bien conocido es el pollo al curry
para desayunar referenciado en El tratado naval, mientras que la
cinematografía tiene sus propias menciones alusivas, como el chutney
que aparece en Sherlock Holmes, juego de sombras (2012). Desde luego,
el mundo real de la época contaba con una nomenclatura mucho más
amplia merced a platos como la sopa mulligatawny, los aceites de
mostaza o sésamo, los hornos del tipo tandoor y diversas mezclas de
especias, por mencionar sólo algunos ejemplos.
En el caso de Francia, su influencia no
parece tan evidente a simple vista (no hay viandas francesas
mencionadas explícitamente a lo largo del canon) (2), pero bien sabemos
que Holmes y Watson frecuentaban algunos restaurantes prestigiosos de
Londres como el Criterion o el Simpson's, donde las costumbres del
período imponían un "afrancesamiento" casi obligado. De
esa manera, los platos estaban muy afectados por la cultura gala en
sus nombres y su preparación, con superabundancia de souflees,
mayonnaises, omelettes, consommés y civets, entre otros. La usanza
de entonces queda demostrada también por la plétora de libros sobre
cocina francesa para el público inglés, ubicados siempre entre los
mayores éxitos editoriales. Por último, no podemos omitir la
presencia del arte culinario itálico, bien destacado a través de
los restaurantes Marcini (El sabueso de los Baskerville) y Goldini
(Los planos del Bruce Partington), donde el detective y el doctor
asistían para deleitarse -seguramente- con propuestas elaboradas a
partir de ingredientes inusuales en la cocina local, como el tomate,
el ajo y el aceite de oliva.
Así repasamos otro borde costumbrista
de la saga sherlockiana, cuyos detalles de época también pertenecen
a la historia.
Notas:
(1) Entendiendo como indio a todo lo
surgido en el extenso territorio colonial que abarcaba entonces dicha
denominación, correspondiente hoy a la suma de India, Pakistán,
Bangladesh y Birmania.
(2) Se podría sugerir como excepción el pastel de foie gras de El aristócrata solterón, pero en realidad se trata sólo de cierto ingrediente principal con ascendencia francesa (el foie gras) dentro de un plato casi universal (el pastel).